COMBONIANUM – Spiritualità e Missione

Blog di FORMAZIONE PERMANENTE MISSIONARIA – Uno sguardo missionario sulla Vita, il Mondo e la Chiesa MISSIONARY ONGOING FORMATION – A missionary look on the life of the world and the church

FP Español 8/2013

FP Español 8/2013

Eucaristia e Ecologia2Estimados amigos:
En este periodo de vacaciones (para algunos!) en que buscamos un contacto saludable con la naturaleza, les propongo una bella reflexión del teólogo católico australiano Denis Edwards sobre “Eucaristía y Ecología”.
Él dice que cuando los cristianos se reúnen para la Eucaristía, llevan a la Mesa la Tierra y todas sus criaturas y, de alguna manera, todo el universo. Una reflexión estimulante para nuestra Eucaristía.
Manuel João

Eucaristía y Ecología

Denis Edwards

 Eucaristia e Ecologia4En qué manera temas ecológicos, como por ejemplo el cambio climático, afectan nuestras celebraciones de la Eucaristía? ¿Cómo el culto eucarístico está relacionado con acciones ecologistas y con las formas de vivir? ¿Qué quiere decir vivir una vocación ecologista ante el Dios de Jesucristo? ¿Cuál es la relación entre la práctica ecologista y la espiritualidad cristiana? En este último capítulo trataré de contestar a estas preguntas, primero acogiendo algunas sugerencias para una teología ecológica de la Eucaristía y de ahí algunas sugerencias sobre la espiritualidad y la práctica.

 Hacia una Teología ecológica de la Eucaristía

La propuesta que aquí  presentamos es que, cuando los cristianos se reúnen para la Eucaristía, llevan a la mesa la Tierra y todas sus criaturas y de alguna forma todo el universo. Exploraré esta propuesta a lo largo de cinco etapas: la Eucaristía considerada como el ascenso de toda la creación, como memoria viva de la creación y de la redención a la vez, como sacramento del Cristo cósmico, como participación de todas las criaturas de Dios en la Comunión de la Trinidad, como antelación de la participación de todas las criaturas de Dios en la vida de la Trinidad y como solidaridad con las víctimas del cambio climático y de las otras crisis ecológicas.

 La elevación de toda la Creación

John Zizioulas, un distinguido teólogo y obispo del Patriarcado Ecuménico de la Iglesia ortodoxa, ha explicado su teología  ecologista en una serie de ponencias dadas en el Kings College en Londres[1]. Él afirma que la crisis ecológica no se enfrentar solo desde temas basados sobre la razón.  Queda claro que éstos tienen su importancia, sin embargo se necesita mucho más. Zizioulas insiste en que, si nosotros esperamos cambiar de prioridades y estilos de vida, necesitaremos una cultura distinta  así como valores y actitudes distintos. Como teólogo cristiano, Zizioulas está convencido de que lo imprescindible son los valores litúrgicos. Mientras la conversión ecológica puede inspirarse de muchas fuentes como el cristianismo, creo que Zizioulas tiene razón en reconocer en la comunidad cristiana la posesora de los fundamentos para radicar los valores ecologistas en su espiritualidad eucarística.

Igual que muchos teólogos ortodoxos, él ve a los seres humanos como si fueran llamados por Dios para ser “sacerdotes de la creación.” Distingue este papel sacerdotal de las ideas expiatorias del sacerdocio que él relaciona con la teología romana católica medieval. Él considera a cada persona bautizada como llamada a ser, igual que Cristo, un ser plenamente personal. Eso implica ser relacionales en lugar de cerrados en sí mismos, capaces de salir de sí mismos para abrirse a los demás, en lo que él llama ek-stasis.

Las personas son siempre estáticas, en el sentido de que adquieren la esencia de persona solamente en comunión con los demás. Los seres humanos son individuos relacionales. Su vocación es la de relacionarse a Dios, a los demás y a las otras criaturas de Dios de forma muy personal.

Según Zizioulas, la humanidad y el resto de la creación adquieren plenitud en la vida de Dios mediante cada individuo.

Cuando las personas van a la Eucaristía, llevan a la mesa eucarística los frutos de la creación, y de alguna manera la creación entera. En la Eucaristía, la creación  asciende a Dios bajo forma de ofrenda y de acción de gracias. En los países del Este, la oración eucarística principal se la conoce como Anáfora, una palabra que significa elevación. Los dones de la creación se presentan a Dios y se invoca al Espíritu para que transforme esos dones, igual que a la asamblea reunida, en el Cuerpo de Jesucristo. El ejercicio de este sacerdocio no está limitado a las personas ordenadas, sino que es el papel dado por Dios a todos los fieles. No está limitado a las celebraciones litúrgicas sino más bien debería cubrir la vida entera. Debe involucrar todas las interrelaciones humanas con el resto de la creación. La “elevación” de la creación debería ser vivida en el planeta entero de forma continua y por cada ser humano. Básicamente esta tarea sacerdotal no es nada más y nada menos que un amor auténtico para  las demás criaturas cada una en su esencia, un hondo sentimiento humano para ellas y su celebración en Dios. Nuestra postura hacia el resto de la creación, nuestro personal compromiso como seres enteramente relacionales, es una dimensión fundamental en nuestras vidas ante Dios y la salvación en Jesucristo.

La crisis ecológica requiere los más altos recursos de la colectividad humana. De acuerdo con Zizioulas, creo que en la Eucaristía los cristianos poseen un importante fundamento para una cultura y unos valores auténticamente ecológicos[2]. La práctica cristiana de la Eucaristía, cuando se comprende y se vive en toda su profundidad, es capaz de sustentar  una conversión continua hacia una posición personal y tierna hacia el resto de la creación. No proporciona respuestas a las preguntas concretas que nos enfrentan, sin embargo ofrece una motivación y unos valores auténticamente ecológicos[3].

 La memoria viva de la Creación y de la Redención a la vez

El concepto de anamnesis es fundamental para la teología eucarística. Esta palabra griega se puede traducir con memorial o simplemente memoria, pero pienso que la traducción mejor sería memoria viva. En cada Eucaristía, recordamos los acontecimientos de nuestra salvación en Cristo, de tal manera que resulten presentes a nosotros de forma poderosa aquí y ahora y de forma que anticipen  la transformación de todas las cosas en Cristo. Esta forma de memoria no solamente remite al pasado sino que actúa con fuerza en el presente y abre hacia el futuro de Dios. En la Eucaristía, la comunidad cristiana se centra de forma espontánea en la muerte liberadora y en la Resurrección de Cristo, sin embargo lo que a menudo se olvida es que cada Eucaristía es un memorial de acción de gracias a Dios por su labor de creación y por su redención.

Hace tiempo Louis Bouyer hizo notar que las primeras oraciones eucarísticas cristianas tuvieron sus orígenes y sus modelos en las formas de rezar de lo judíos usadas en las sinagogas y sobre todo en las casas, sobre todo durante la comida de Pascua[4].  Estas oraciones empiezan con la bendición de los dones de la creación. Se basan en la memoria de la labor de Dios y en la acción de gracias por la misma que involucra tanto la creación como la salvación. Tanto las oraciones de los judíos como las primeras oraciones eucarísticas cristianas implican una anamnesis de la creación y de la redención[5]. Zizioulas hace notar lo mismo, insistiendo en que todas las antiguas liturgias eucarísticas empezaban con la acción de gracias por la creación y de ahí seguían con la acción de gracias por la redención en Cristo, y todas ellas se centraban en la elevación de los dones de la creación al Creador[6]. Esto es de fundamental importancia en una época en la que la acción humana está modificando radicalmente el clima con efectos desastrosos para los seres humanos y las otras criaturas de la Tierra. Cuando vamos a la Eucaristía, nos llevamos a las criaturas de la Tierra. Recordamos al Dios que ama a cada una de ellas. Nos entristecemos por los daños que les ocasionamos. Sentimos con ellas. Podemos empezar a aprender los valores y actitudes de los que habla Zizioulas, valores que producen una distinta forma de actuar.

Esta antigua teología sigue presente en los textos litúrgicos actuales.  En cada Eucaristía, empezamos llevando la creación a la mesa, el pan y el vino, “fruto de la Tierra y del trabajo del hombre”[7]. Nuestras oraciones eucarísticas cotidianas ponen de manifiesto la sustancial relación interior de la acción de Dios en la creación y la redención: “Él es la Palabra mediante la cual hiciste el universo, el Salvador que enviaste para rescatarnos” (Segunda Oración Eucarística). Ellas nos hacen entender claramente que cuando vamos a la Eucaristía llevamos a la creación con nosotros y alabamos a Dios en nombre de todas las criaturas de la Tierra: “te alaban todas las criaturas” (Tercera Oración Eucarística); “En nombre de todas las criaturas que están bajo el cielo, nosotros también te alabamos” (Cuarta Oración Eucarística).

En cada Eucaristía, recordamos los acontecimientos de la vida, de la muerte y de la resurrección de Cristo y experimentamos su fuerza para llevar curación y salvación. Recordamos también todo lo bueno creado por Dios, los 14 mil millones de años de historia del universo, los 4700 millones de años de la historia de la Tierra y de la aparición de la vida sobre la Tierra en toda su diversidad y belleza. Recordamos la vulnerable condición de la comunidad de la vida en la Tierra hoy y se la llevamos a Dios. El misterio de Cristo celebrado  en cada nuestra Eucaristía abarca todo esto.

En la gran doxología al final de la oración eucarística, nosotros elevamos la creación entera, mediante, con y en Cristo, “en la unidad del Espíritu Santo”a la eterna alabanza y gloria de Dios”[8].

 El Sacramento del Cristo cósmico

El Cristo que encontramos en la Eucaristía es el resucitado, él en el cual todas las cosas fueron creadas y en el cual todos somos reconciliados (Col 1,15-20). La eterna sabiduría de Dios y su plan para la plenitud de los tiempos es “reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra,
bajo un solo jefe, que es Cristo” (Ef 1,10). Incluso cuando, en la Eucaristía, el centro del memorial está en la muerte y resurrección de Cristo, esta memoria no nos aleja de la creación, al contrario, nos involucra directamente en ella. Nos pone en relación con la tierra y con todas las criaturas.

Cuando recordamos la muerte de Cristo, recordamos a una criatura de nuestro universo, que forma parte de la interconectada historia de la evolución de nuestro planeta, que ofrece  libremente su entera vida y su existencia personal en el misterio de un Dios que ama. Cuando recordamos la resurrección, recordamos una parte de nuestro universo y una parte de la historia de nuestra evolución elevada hacia Dios mediante el Espíritu. Eso es el comienzo de la transformación de toda la creación en Cristo. Según dice Rahner, esta resurrección de Jesús no es solamente la promesa sino también el principio de la glorificación y divinización de la realidad entera[9].

La Eucaristía es el símbolo y el sacramento del Cristo resucitado que es el principio de la transfiguración de todas las criaturas en Dios. Comiendo y bebiendo en su mesa, participamos del Cristo resucitado (1 Co 10,16-17). El pan y el vino son el sacramento del Cristo que trabaja en la creación. Para la fe cristiana, lo que es simbólico se hace presente de un amanera maravillosa. Y lo que se ha hecho presente es Cristo en la fuerza de la resurrección, no solamente como la promesa sino también como el principio de la transfiguración de todas las cosas. Cada Eucaristía es al mismo tiempo señal y fermento del trabajo de transformación del Cristo resucitado en toda la creación.

Creo que este tipo de teología sacramental representa el contexto que permite interpretar hoy la oración de Teilhard de Chardin en su Mass on the World:

Todo lo que en el mundo hoy verá aumentar su valor, todo que lo verá disminuir, – incluso todo lo que morirá, – todo esto, Señor, trato de reunir entre mis brazos, para entregártelo como ofrenda. Esta es la sustancia de mi sacrificio; la única que tú deseas [10].

Para cualquier cosa que es viva y que va a nacer, crecer, florecer, madurar durante este día repite las palabras: “Este es mi Cuerpo”. Y para cualquier fuerza mortal que está  a punto de corroer, marchitar, matar, pronuncia otra vez tus autoritarias palabras que expresan el misterio supremo de la fe: Esta es mi Sangre[11].

Conforme la oración de Teilhard se desarrolla, él ve el poder de Dios realizarse en Cristo y lo ve presente en la Eucaristía transformando la Tierra desde su interior. Como la Palabra se hizo carne, ninguna parte del universo físico queda no afectada. La materia entera es el lugar de Dios. Todo está divinizado. Todo está transformado en Cristo: “Mediante tu propia encarnación, Dios mío, a partir de ahora toda la materia es encarnada”[12]. Por eso, la Tierra, el sistema solar y el universo entero se convierten en el lugar para el encuentro con el Cristo resucitado: “Ahora, Señor, mediante la consagración del mundo, la luminosidad y el perfume que invade el universo asumen para mí  cuerpo y facciones – en ti.”

La Eucaristía es una oración eficaz para la transformación del universo en Cristo. Ella indica y anticipa la divinización del universo en Cristo. Él que encontramos como sacramento en la Eucaristía es el en quien todas las cosas fueron creadas y en quien todo será transfigurado. La acción humana, que es una expresión de amor y de respeto para las criaturas vivas, la atmósfera, los mares y la tierra de nuestro planeta, se pueden considerar no solamente como en continuidad con la labor del Cristo eucarístico, sino también, de alguna manera, como parte de ella.  Contribuir intencionadamente a la destrucción de las especies, o aumentar cada vez más el nivel de dióxido de carbono en la atmósfera, no puede no ser visto como una negación de Cristo. Es una negación del significado de todo lo que celebramos cuando nos reunimos para la Eucaristía.

Participar, con todas las criaturas de Dios, de la Comunión de la Trinidad

Cada Eucaristía es un acontecimiento escatológico, o sea es un acontecimiento del Espíritu que anticipa el futuro cuando todas las cosas se unirán en la Comunión divina. La Eucaristía es profundamente trinitaria. Nuestra comunión eucarística, nuestra comunión unos con otros en Cristo es siempre un compartir y un probar la divina comunión de la Trinidad, en la cual todas las cosas serán transfiguradas y encontrarán su eterno significado y su verdadera casa. Esta comunión trinitaria que nosotros compartimos, es el origen de toda la vida en la Tierra; es lo que hace capaz una comunidad viva de aparecer y de evolucionar; y de formas que van más allá de nuestra imaginación y comprensión, es lo que hará alcanzar la plenitud de todas las criaturas de nuestro planeta, y todas las maravillas de nuestro universo. Cuando participamos en la Eucaristía, probamos con antelación la plenitud de todas las cosas elevadas a la vida eterna de la Trinidad.

Eso quiere decir, según dijo Tony Kelly, que el “momento más intenso de nuestra comunión con Dios es al mismo tiempo un intenso momento de nuestra comunión con la tierra”[13].

A través de nuestra elevación a Dios, quedamos atrapados en el amor de Dios para las criaturas de nuestra comunidad planetaria. Eso empieza a determinar nuestra imaginación ecológica: “La Eucaristía educa la imaginación, la mente, y el corazón a percibir el universo como un universo de comunión y de conexión en Cristo”. En esa imaginación eucarística, pueden tomar forma una especial visión ecológica y un compromiso.[14]

Con ese tipo de imaginación que trabaja en nosotros, podemos ver a las otras criaturas de la Tierra como nuestros familiares, como profundamente enlazados con nosotros en una sola comunidad de vida terrestre ante Dios. Podemos empezar a ver de forma crítica- ver  más claramente lo que le está ocurriendo a la Tierra. Somos llevados a participar de los sentimientos de Dios hacia las formas de vida de nuestro planeta. Una auténtica imaginación eucarística conduce a unos valores, a una cultura y a una acción ecologistas.

 Solidaridad con las Víctimas

La Eucaristía siempre supone el recuerdo de la cruz. El teólogo Johannes Metzhabla habla de eso como de una memoria “peligrosa”[15]. La cruz de Jesús es un reto que se cumple en todo tipo de complacencia antes el sufrimiento de los demás. Lleva a los que sufren al verdadero centro de la fe cristiana. Ella cuestiona justificaciones interesadas e ideológicas de las miserias de los pobres y de las víctimas de las guerras de la opresión y de los desastres naturales. La resurrección ofrece una visión dinámica de la esperanza para los que sufren en el mundo, y sin embargo no embota su recuerdo. Ellos están siempre presentes, para siempre representados en las heridas del Cristo resucitado.

Esta memoria crítica y peligrosa ofrece una nueva forma de ver y de actuar. Lleva a la solidaridad, a estilos de vida alternativos y a una acción personal y política.  El  Concilio ecuménico de las Iglesias, en sus reflexiones sobre la solidaridad a las víctimas del cambio climático, señala a las numerosas comunidades de personas, sobre todo en el hemisferio sur, que son muy vulnerables frente a los cambios climáticos: “A pesar de que su contribución per cápita a las causas del cambio climático sea insignificante, padecerán las consecuencias en un grado mucho más alto.”[16]

El cambio climático junto a otros aspectos de nuestra crisis ecológica empeoran las injusticias sociales y económicas entre ricos y pobres en nuestra comunidad global. Contribuir en destruir vidas, casas,  medios de existencias y comunidades “no solamente  es un pecado contra los débiles y los desamparados, sino también pecado contra la tierra – don divino de la vida.[17]

La Eucaristía, memoria viva de todos los que sufren, llama a la comunidad cristiana hacia una nueva solidaridad tanto con todas las víctimas humanas como con los animales y las plantas que destruidos o amenazados. La solidaridad implica un  compromiso personal y político en las dos estrategias que se han identificado como respuestas al cambio climático: la atenuación de efectos y la adaptación. Adaptación significará reorganizar la sociedad, planear presupuestos a la espera de desastres ecológicos, formar al personal y asignar recursos. En particular eso implicará también, por una cuestión de justicia, la hospitalidad a los refugiados ecologistas.

Cuando nosotros los cristianos australianos nos reunimos para las celebraciones eucarísticas, lo hacemos en solidaridad con los cristianos que se reúnen para la Eucaristía en Kiribas, en Tuvalu y en Bangladesh. Nos reunimos en solidaridad con los que comparten otras formas de fe religiosa en el Pacífico, en el sureste de Asia, en África, y en todas las regiones de nuestra comunidad global. Recordamos también a los que ya se han desplazados de sus viviendas y de su patrimonio. No podemos no participar en el dolor de la amenaza que muchos millones de personas corren. Estamos desafiados a no olvidar el aporte de Australia al efecto invernadero, de nuestra riqueza creada con el carbón, de nuestro uso de los vehículos a motor. Rezamos en solidaridad junto a la comunidad global, a fin de que la Eucaristía, que nos lleva a la paz y a la comunión con Dios, pueda “hacer avanzar la paz y la salvación del mundo entero” (Tercera Oración Eucarística). Seguimos comprometiéndonos en el seguimiento de Cristo, en vivir valores, un estilo de vida, una política y una acción ecológicas, como personas de la esperanza pascual.

Peter Scott ha dicho que en la  Eucaristía, “la comunidad eucarística es ligada por la sociabilidad a la más amplia sociedad ecologista, la interpreta y clarifica”. Él describe la Eucaristía como un acontecimiento de la hospitalidad divina e indica que esta hospitalidad “no tiene restricciones eclesiásticas y abarca lo no humano.”[18] Este autor ve la Eucaristía como un poderoso recurso político que el Cristianismo ofrece en la era ecológica. En cada Eucaristía, nos reunimos en un mismo lugar con todas nuestras limitaciones y todo lo normal que tenemos. Tomamos los frutos de la tierra y el trabajo de las manos del hombre. Encontramos a Jesús, en todo el amor sanador, liberador que sale de su vida y de su muerte y conocemos una vez más su presencia de resucitado que transforma todas las cosas desde el interior.  Bajo el poder del Espíritu, la asamblea se hace una cosa sola en Cristo, en comunión con Dios que no tiene fronteras, y que, al contrario, consigue amar a todas las criaturas de Dios. Cada Eucaristía nos llama a la conversión y a la acción ecológicas.

 Espiritualidad y Práctica

La conversión es fundamental en la vida cristiana. Nunca es algo hecho, terminado. Nos aparece siempre como una invitación y una gracia ofrecida en las siempre nuevas circunstancias que se presentan. Según afirma Brennan Hill: “la espiritualidad cristiana es un viaje sobre la tierra que llama constantemente a la conversión y a la maduración”[19]. Este libro argumenta ampliamente que el seguimiento de Jesús en el siglo XXI incluirá una conversión ecológica continua.

El alcance y la intensidad de la crisis ecológica nos desafían de forma radical. Ninguna otra generación ha tenido que enfrentarse con el cambio climático global producido por los hombres, y con la conciencia de que su acción o inacción determinarán el futuro de la vida en el planeta. Además, según Sean McDonagh indica, ninguna otra generación ha tenido que aceptar la responsabilidad de la supervivencia de la biodiversidad del planeta:

El papel consiste simplemente en tomar medidas de forma decisiva para evitar la extinción de las especies  que puede que esterilice el planeta. Si esta generación no actúa, ninguna generación futura podrá anular los daños que esta generación le ha ocasionado al planeta. Es  un momento extraordinario y formidable en el que el comportamiento de una sola generación  de humanos puede tener efectos tan profundos e irreversibles, no solamente sobre la historia humana, sino también sobre la vida del planeta.[20]

La conversión ecológica a la cual estamos llamados implica una nueva manera de ver, pensar  y actuar. Independientemente del propio sistema de valores de una persona – ya sea el Judaísmo, el Islam, el Budismo, el Cristianismo o las tradiciones religiosas autóctonas australianas o alguna forma de humanismo -, el estado del planeta representa un desafío a una conversión profunda que de la mente y del corazón a la vez, de la forma de vivir y de gobernar. Imagino  que cualquiera de las grandes tradiciones religiosas tiene sus propios recursos para llevar a cabo esta labor de conversión continua, y creo que se exige una respuesta por parte de todas nuestras tradiciones y una colaboración entre todas ellas. Espero que este libro pueda funcionar como un parcial esbozo de cómo esta labor de conversión ecologista pueda hallar inspiración a partir del interior de la tradición de la fe cristiana, como parte de esta conversión más amplia.

El camino hacia la sabiduría

Los que consideran su vida como seguimiento de Jesucristo, lo ven no solamente como quien vivió en Galilea hace dos mil años, proclamando la compasión de Dios y la llegada del Reino de Dios por sus palabras y hechos, sino también como la Sabiduría de Dios, la Palabra eterna que se hizo carne, el crucificado y resucitado que es el principio de la transformación de la creación entera. Estoy afirmando que ser seguidores de Jesús significa seguir el camino hacia la sabiduría y que esto implica respeto y amor por todas las criaturas de Dios. No intentaré presentar una ética ecologista desde la perspectiva de la Sabiduría, algo planteado por Celia Deane-Drummond en varias de sus obras,[21] sino simplemente un perfil, un enfoque teológico de la práctica ecológica.

Pablo no solamente ve a Jesús crucificado como la verdadera sabiduría de Dios (1 Co 1,24, 30), sino también ve a los seres humanos como partícipes de la verdadera sabiduría, porque en Cristo ellos descubren la revelación de la escondida intención de la creación (1 Co 2,7-10). Nosotros los humanos podemos poseer la sabiduría, pero esta viene como un don, el don del Espíritu que “todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios” (1 Co 2,10).  En la Carta a los Efesios leemos: ”en toda su sabiduría  e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo designio que en Cristo se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1,8-10). La sabiduría es “el misterio escondido desde tiempos en Dios, creador del universo” (Ef 3,9-10). Nosotros participamos de esta sabiduría divina mediante una iluminación de los “ojos del corazón” que nos hace capaces de conocer  la esperanza a la cual hemos sido llamados (Ef 1,18). La base de esta esperanza es el Cristo resucitado que trabaja en el universo más allá de los poderes cósmicos (Ef 1,22-23).[22]

El camino de la sabiduría implica la iluminación y la acción. Se trata de una iluminación que lleva frutos en la acción. La iluminación brota de nuestra esperanza que todo será tomado y transfigurado  en el Cristo resucitado. Es una visión y una evaluación de todas las cosas con respecto a Cristo y una acción fiel a esa luz. Seguir a Jesús-Sabiduría es ver a cada gorrión como sujetado y amado por Dios. Quiere decir también ver a cada gorrión y a cada árbol grande y alto como creados en la Sabiduría de Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret. Vivir en la sabiduría, en el pleno sentido cristiano, quiere decir considerar la creación entera como procedente de la abundancia dinámica de la Trinidad, como si se desarrollara dentro del dinamismo de la vida del Árbol, destinada a encontrar su plenitud en esta vida compartida.

Bonaventura nos cuenta que cada criatura es” nada menos que una especie de representación de la sabiduría de Dios”[23]. Él ve cada criatura como una obra de arte producida por el artista divino y que refleja a este artista: “Cada criatura es por su naturaleza imagen y semejanza de la eterna sabiduría”[24]. La práctica humana de la verdadera sabiduría, por lo tanto, exige ver a cada criatura en su relación con sus orígenes y  con su destino eterno. Esta especial forma de ver las criaturas específicas en Dios es lo que Bonaventura llama “contuition”. Es importante notar que no se trata de una forma para evitar la especificidad y la peculiaridad de la  propia criatura, sino una forma de comprender a cada una en su singularidad y en su única relación con el Dios vivo.

El camino la sabiduría se puede entender como el camino de quien conoce amando, del “conocimiento a través del amor”[25]. Es el fruto del Espíritu de amor que opera en nosotros. Actuar con sabiduría no es solamente actuar de acuerdo con todo tipo de evidencia empírica disponible, sino también actuar al mismo tiempo en armonía con el don del Espíritu que se infunde bien por la creación bien por el amor en nosotros.  El conocimiento a través del amor es la forma en que conocemos a un amigo muy querido. No es un amor que exige tener agarrado o controlar al otro, sino más bien es un amor que reconoce a ese otro como misterio continuo, incluso en la intimidad de una amistad profunda. Este tipo de conocimiento a través del amor es la base fundamental para una conducta ecológica. Se trata de tomar una posición ante la realidad que pone en tela de juicio las afirmaciones absolutas hechas por la economía del libre mercado por un lado, y  por ciertas formas de ciencia y de tecnología por otro. Es evidente que hay momentos en que necesitamos luchar para comprender lo que nos amenaza, bien sea matemáticas, biología, economía, política o teología . Sin embargo el conocimiento que busca y exige comprensión y control puede ser peligroso. Ante la realidad, necesita situarse en la posición de quien reconoce los límites de lo pretendemos conocer, acepta el misterio del otro con humildad.

Hay sabiduría en las palabras de Jesús cuando habla de la importancia de un ojo sano: “La lámpara del cuerpo ese l ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso;  pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras” (Mt 6,22). Un ojo sano, que ve las cosas justamente, es esencial para el camino de la sabiduría. Sallie McFague compara el “ojo arrogante” con el “ojo lleno de amor”.  El ojo arrogante es característico de una típica actitud  occidental hacia el mundo natural, que trata como objetos, manipula, utiliza y explota. El ojo lleno de amor no se da espontáneamente en nosotros. Hace falta entrenamiento y disciplina para ver las cosas con ojos llenos de amor. McFague hace notar que el ojo lleno de amor requiere objetividad para ver las diferencias, las peculiaridades y la unicidad del otro. Muy a menudo imaginamos saber quién o qué es el otro, en lugar de molestarnos en descubrirlo. McFague escribe:

Este es el ojo entrenado según objetividad para que  su visión sea objetiva, basada sobre la realidad del otro y no sobre sus propios deseos o fantasías.  Este es el ojo atado al otro tal y como un aprendiz al trabajador capaz, que escucha al otro como hace un extranjero en un país nuevo. Ese es el ojo que se fija en el otro así que las conexiones entre quien conoce y el que es conocido se crearán, igual que un vínculo de amistad, en un sujeto real en su mundo real[26].

Lo que se requiere es que aprendamos a amar a los demás, humanos y no humanos, con un amor que implica al mismo tiempo distancia e intimidad. Por lo tanto hace falta cultivar un ojo de amor que respete las diferencias. Este es el camino hacia la sabiduría, una forma de ver a cada criatura en relación con Dios, como una manifestación única de la Sabiduría divina, como lo que Dios abrazó en la encarnación, destinado a participar en la redención de todas las cosas en Cristo.

 La acción en el Espíritu

El camino hacia la sabiduría implica la acción – la combinación de compromiso activo y de reflexión continua que representa el centro de toda la teología de la liberación. La conversión a la Tierra, a la solidaridad con las criaturas que forman nuestra comunidad planetaria, debe implicar la acción. No se trata solamente de una radical reorientación del pensamiento, ni simplemente del descubrimiento de una nueva capacidad de sentir la creación no humana, sino de ambas cosas al mismo tiempo que se traducen en una acción  personal, política y eclesial.

Seguir a Jesús significa dejarse conducir por el Espíritu tal y como él lo fue  en cada etapa de su viaje. Esto implica un discernimiento verdaderamente personal, pero nunca individualista. El Espíritu de Dios es siempre Espíritu de comunión, comunión con todas nuestras hermanas y nuestros hermanos humanos y comunión con la creación entera. No es difícil ver al Espíritu actuando en los grandes movimientos de nuestra época -el movimiento ecologista, el movimiento que promueve la justicia y la paz sobre todo para los pobres de la Tierra, y el movimiento feminista para la plena igualdad entre los sexos. Pese a todos los fracasos  y pecados humanos, que desempeñan un papel en estos movimientos, ellos representan lugares donde el Espíritu de Dios poderosamente trabaja, llamándonos a desempeñar nuestro papel en estos movimientos, movimientos de liberación y de esperanza.

Ser guiados por el Espíritu a principios del siglo XXI quiere decir participar en lo que Thomas Berry llama “Great Work”, el “Gran Trabajo.”Este Gran Trabajo debe llevar a cabo la transición de “un periodo de devastación de la Tierra por parte del hombre” a  un periodo en el que los humanos “estarán presentes en el planeta de forma mutuamente beneficiosa”[27]. Producir esta transición significará extender nuestra comunidad moral. David Toolan afirma que “nosotros necesitamos extender nuestra preocupación moral incluyendo las plantas, los animales, el aire, el agua y la tierra”. Hace falta reconocer que somos una especie entre otras, pero, al mismo tiempo, debemos aceptar la responsabilidad del futuro del planeta: “dejar sola a la naturaleza es simplemente una opción no viable”[28]. Ahora bien, ética debe significar aceptar la responsabilidad del cambio climático, del estado de las actividades pesqueras y del futuro de las selvas pluviales de la Tierra.

Toolan ubica este reto moral en la parte más honda del papel del ser humano en el universo que nace y en la historia de la evolución de la vida sobre la Tierra. Es como si el polvo de las estrellas en nuestro ADN, los microbios que nadan en nuestras células, las bacterias que nos dieron una atmósfera respirable, esperaran todos ahora que los seres humanos terminen la gran sinfonía cósmica. Es sólo por nosotros, por el Homo sapiens, que los átomos originados en las estrellas pueden llegar a ser conscientes del significado de las cosas, así que puedan empezar a descifrar “el misterio escondido de la fundación del mundo”[29]. Toolan afirma que los seres humanos están llamados a darle un alma al universo:

Nosotros somos la gran esencia engendradora del espacio del alma, su corazón y sus cuerdas vocales – y su voluntad, siempre que le permitamos serlo, ser  espíritu, ser la vena del Santo, cuyo interés consigue abrazar todo lo que ha sido creado. Cuando fracasamos en este trabajo del alma, y no conseguimos extender nuestra propia preocupación, la naturaleza fracasa con nosotros. Pero cuando eso pasa, cuando decimos que sí al Espíritu que se cierne sobre nuestro caos interior, las montañas aplauden, las colinas saltan como gacelas. Ellas y los quarks apuestan fuerte por nosotros[30].

Las criaturas humanas son las que pueden con voluntad e intención dar alabanzas, quienes pueden levantar la creación hacia Dios con amor. Según dice Sean McDonagh, uno de los profetas de la acción ecológica, “nuestra única vocación humana es celebrar la belleza y la fecundidad de toda la vida sobre la Tierra”[31].

La acción ecologista cristiana se funda en la celebración. Se funda en la Eucaristía. Sin embargo se traduce en la acción personal y política. Paul Santmire recupera la tradición de los mártires de la teología ecológica, destacando que ser un mártir quiere decir ser testigo. Él ve la iglesia de hoy, guiada por el Espíritu que le confiere fuerza, como si estuviera desafiada para aprovechar de las ocasiones de estos tiempos – como los mártires de las distintas épocas tuvieron que enfrentarse con los problemas de sus tiempos. El desafío consiste en permitir al amor de Dios en Jesucristo “verterse en nuestros corazones mediante la presencia del Espíritu Santo que se derrama con abundancia, no solamente sobre las personas, y especialmente sobre las que padecen mucho, sino también sobre las otras criaturas de la naturaleza.” Necesitamos una nueva iglesia mártir:

¿Cómo por lo tanto esa iglesia mártir amará la naturaleza en estos tiempos ecológicos y cósmicos? Con pasión, persistencia e intensidad. Nosotros los cristianos seremos la voz para los que no tienen voz, para todas las criaturas de la naturaleza que no tienen voz en los asuntos humanos. Escucharemos los llantos quejumbrosos de las grandes ballenas y oiremos el gemido de las selvas pluviales, y seremos sus defensores en las plazas de los pueblos y en los palacios del poder, por la gracia de Dios. Y aún más escucharemos, el amargo llanto de los niños pequeños que viven en montañas de basura de este mundo y que llevan ropa que ha sido lavada en arroyos desbordantes de monstruosos venenos y que a veces beben esas mismas aguas[32].

El testimonio de la comunidad cristiana se realizará en los lugares de trabajo, en los barrios y en los hogares, y a veces en los grupos políticos y activistas. Se puede y debe vivir supuestamente de la misma manera en la que vivimos nuestras vidas cotidianas, en cada oficio y profesión y en cada hogar. Muy a menudo la acción de los individuos cristianos será llevada a cabo en colaboración con otros muy lejanos de la vida de la Iglesia. Sin embargo, según lo que sugiere, me parece, Santmire hay también un lugar para la acción eclesial donde la Iglesia misma testimonia en la arena pública a través de sus estructuras de liderazgo.

Se me ocurren dos ejemplos simples y recientes. En ocasión de la Jornada Mundial del Océano, el 8 de junio de 2004, los siete Obispos Católicos del estado de Queensland, en Australia, escribieron una carta pastoral sobre el tema del Gran Arrecife de Coral amenazado y dañado. Celebraron el arrecife, – con sus truchas coralinas, sus enormes meros, las serpientes marinas, las grandes tortugas verdes, las ballenas jorobadas, las  hierbas marinas, los helechos marinos, las esponjas y las anémonas de mar –como un maravilloso don de Dios que suscita maravilla, gratitud y alabanza. Ellos evaluaron los serios peligros que corre el arrecife e invitaron a la población a asumirse la responsabilidad por su supervivencia y su salud[33]. Después, el día de la fiesta de San Francisco de Asís, el 4 de octubre de 2004, once obispos de la cuenca del Murray-Darling aprobaron una declaración de Catholic Earthcare Australia, que apoya una política sobre la salinidad y sobre la creciente corriente de los ríos e invita a comprometerse por la protección y el reciclaje de las aguas[34]. Lo que es importante de estos ejemplos (y de otros en el mundo), es que 1. la respuesta es local, con la participación de los líderes de la iglesia local que toman posición sobre los asuntos ecológicos que surgen en su bioregión, y 2. al elegir temas políticos, como por ejemplo la creciente corriente medioambiental de los ríos, los obispos están defendiendo no solamente lo bueno de los seres humanos, sino también están claramente extendiendo su compromiso moral y su defensa hasta incluir a los animales, las plantas y peces de la cuenca del Murray-Darling y del Gran Arrecife de Coral.

La escucha del Espíritu puede llevar a los creyentes cristianos a comprometerse en la acción política a través de grupos de activistas o grupos de presión. En mi opinión, eso llevará sin duda  a cuestionar el dominante modelo político y económico basado en las fuerzas del mercado y del consumo constante. Eso supondrá aceptar que los recursos de la Tierra son limitados, que los modelos de consumo no pueden ser mantenidos por  la más amplia comunidad humana, o por las generaciones futuras, y que ellos llevan muerte y destrucción a las otras especies de nuestra planetaria comunidad  de vida. Eso significará opciones personales y políticas que apunten a favorecer las fuentes de energía renovable, formas de transporte alternativas, conservación y reciclaje del agua, diseñar edificios energéticamente eficientes, proteger los hábitats, limitar la expansión urbana, e intentar llevar vida y belleza a nuestras ciudades. En muchos casos, eso significará vivir de forma más concienzuda y más plena dentro de una zona local, en una determinada bioregión, y en una comunidad humana local con sus negocios y su vida locales.

 Un misticismo de la acción ecológica

Ser convertidos a un sentido de empatía y de responsabilidad hacia las criaturas de la Tierra, y el terreno, la atmósfera, los mares y los ríos que los sustentan, puede ser una experiencia dichosa y de liberación. Estar implicados en la lucha por un mundo más justo y ecológicamente viable puede transmitir sentido de gratitud y de importancia, una experiencia de comunión con otros seres humanos y con el mundo natural. Puede incluso suponer una experiencia que implica éxito, un hábitat a salvo, la conservación de un parque, un protocolo internacional sobre los niveles aceptados de emisión de carbono, de todas formas puede suponer también sufrimientos y fracasos. Y esto puede llevar a un sentimiento de desesperanza, a causa del poder absoluto de las fuerzas políticas y económicas comprometidas en obtener el máximo de las ganancias a corto plazo, sin considerar las consecuencias ecológicas o sociales.

La esperanza cristiana se basa en Dios, que se dona en Cristo, y en la promesa que todo es reunido en Cristo y será transfigurado en él. Nuestros compromisos, nuestras acciones, nuestros éxitos y nuestros fracasos serán la materia bruta de esta transformación final. Salvar las especies, los hábitats es importante ante Dios. Nuestras luchas tienen un significado final y eterno. Cada criatura tiene un significado final para Dios.

Este significado, esta promesa tiene mucha importancia entre nuestros compromisos y acciones. Sin embargo, se necesita mucho más para mantener viva la esperanza. Necesitamos estar anclados en la promesa de Dios como experiencia real. Necesitamos ser místicos. Karl Rahner ha afirmado muchas veces que el cristiano del futuro será un místico, o si no lo va a ser, terminará por no ser nada[35]. Es evidente que Rahner no se refiere a un misticismo entendido como una forma de experiencia visionaria u de trance. Además él no está pensando básicamente en una experiencia de oración silenciosa y contemplativa ante Dios – aunque todo eso forma parte de la idea. Él se refiere a lo que él mismo llama el “ misticismo de la vida cotidiana”[36]. Él cree que, mediante la gracia de Dios, una experiencia de Dios se da en la vida de todos los días, y en el corazón  de la vida, y eso independientemente de si nos damos cuenta o no y de si le damos un nombre o no. Eso puede pasar en el propio insaciable deseo del corazón, en la búsqueda de respuestas que plantean cada vez más preguntas, en la experiencia de un compromiso realmente radical por una causa, en el dolor más absoluto de pérdida y miseria donde algo nos hace capaces de aguantar y seguir adelante, en pequeños actos de amor que nacen de un radical compromiso personal. Durante estas experiencias sed a una abertura hacia el misterio, lo trascendente, que los cristianos llaman la experiencia de gracia. A la luz de la revelación cristiana podemos ver esto como el lugar del Espíritu Santo en nuestras vidas, podemos abrir nuestros seres a quien está silenciosamente presente en el centro de nuestra experiencia. Este es el misticismo de la vida cotidiana.

Lo que pienso necesitamos en el siglo XXI es lo que podríamos llamar un misticismo de la acción ecológica. Los teólogos de la liberación del siglo XX y sus homólogos europeos reconocieron que los cristianos comprometidos en la causa de la liberación política deben ser al mismo tiempo políticos y místicos. Solamente lo místico puede hacernos capaces de seguir esperando contra todo pronóstico, de actuar con integridad y amor en la esfera política y en la personal en tiempos de adversidades y fracasos, para seguir adelante hasta la muerte. Edward Schillebeeckx resume todo eso cuando afirma que la fe auténtica, o la mística, parece en los tiempos modernos “ser cultivada sobre todo dentro de y mediante la acción de liberación”. En esta experiencia crece la conciencia de que Dios se revela como “el misterio más profundo, el corazón y el alma de toda liberación humana auténtica”[37]. Él hace notar que la forma política del amor de Dios y del próximo tiene la misma necesidad de arrepentimiento y conversión, el mismo ascetismo, los mismos sufrimientos y noches oscuras, que se dan en el misticismo contemplativo[38]. Él afirma: “Sin oraciones o misticismo la política se hace en poco tiempo cruel y brutal. Sin el amor político, las oraciones o el misticismo se hacen en poco tiempo sentimentales o bien interioridad sin compromiso”[39].

El reto para encontrar al Dios vivo en la solidaridad con los pobres de la Tierra queda un inmenso reto para la fe cristiana en este siglo. El asunto de este libro es que el compromiso por los pobres y por los acomodados en la vida de este planeta deben ir juntos como dos dimensiones interrelacionadas de la misma vocación cristiana. La conversión ecológica no se opone sino es íntimamente unida a la conversión desde la parte de los pobres. Y la conversión ecológica, como la conversión desde la parte de los pobres, necesitará lo político igual que lo místico, y el descubrimiento de lo místico supuestamente en lo político.

Entonces ¿cómo debería ser el misticismo de la acción ecológica? Para mí, esa debería abarcar algunas experiencias de ese tipo:

  • La experiencia de quedar atrapados por la absoluta belleza del mundo natural, cuando este lleva a la maravilla y a una felicidad que parece infinita.
  • La experiencia de formar parte de los 14 mil millones de años de la historia del universo, y de los 3,800 millones de años de la historia de la evolución de la vida sobre la Tierra, y de saber todo eso porque dirigidos hacia el don de sí de Dios en el amor.
  • La experiencia de ser arrastrados por las fuerzas naturales, por la medida y la edad del universo, de descubrir el mundo natural como algo distinto, de sentirlo como ajeno, y en esto ser llevados más allá de las zonas de confort humano en el misterio.
  • La experiencia de ser llamados a la solidaridad con las criaturas de la Tierra, de ser llamados a una conversión ecológica, de llegar a sentir a las otras criaturas como a familiares, y de reconocer que se trata del don misericordioso del Espíritu de Dios.
  • La experiencia de ser arrastrados por la envergadura del problema ecológico, de ser derrotados por poderosas fuerzas económicas, de ver la destrucción de las selvas pluviales, la extinción de otras especies, el aumento del as emisiones de carbono en la atmósfera, de probar casi desesperación, y sin embargo seguir esperando a pesar de todo, de reconocer que se trata de una participación del camino de la  cruz, como una invitación a comprometernos a seguir adelante, encomendándonos y encomendando nuestra Tierra dañada en las manos de Dios.
  • La experiencia de conversión del modelo del individualismo y del consumo al modelo de la sencillez es  lo que Sallie McFague llama “vida abundante” y reconocer en él la verdad de Dios: lo que importa son las necesidades básicas de comida, ropa, amparo, tratamientos clínicos, oportunidades educativas, relaciones de amor, trabajos significativos, una vida espiritual e imaginativa enriquecedora, tiempo con los amigos, y tiempo pasado en el mundo natural que nos rodea[40].
  • La experiencia del compromiso en favor de las criaturas de nuestra comunidad de la Tierra, que nos lleva más allá de nuestras tendencias a considerarnos rectos y a buscar la auto-satisfacción, que tiene el rasgo de un compromiso para toda la vida, de hecho un compromiso eterno, que podemos considerar  como gracia pura.

Notas

[1] John Zizioulas, “Preserving God’s Creation: Three Lectures on Ecology and Theology,” King’s Theological Review 12 (1989), p. 1-5, 41-45 y 13 (1990), 1-5.

[2] Sobre esto véase Patricia A. Fox, God as Communion: John Zizioulas, Elizabeth Johnson, and the Retrieval of the Symbol of God (Collegeville, Minnesota: Liturgical Press, 2001), 70.

[3] Zizioulas afirma: “Todo esto implica unos valores que el mundo necesita terriblemente en nuestros tiempos. No se trata de ética sino de ethos. No es un plan, sino una actitud y una mentalidad. No es una ley, sino una cultura .” Véase su  “Preserving God’s Creation,” King’s Theological Review 13 (1990), 5.

[4] Louis Bouyer, Life and Liturgy (London: Sheed and Ward, 1956), 15-28.

[5] Ibid, 132.

[6] Zizioulas, “Preservando la Creación de Dios” Revista Teológica del King College 12 (1989), 4.

[7] Para ser breve, limitaré mis ejemplos a los textos litúrgicos corrientes del Catolicismo Romano. Más ejemplos se pueden encontrar en los textos litúrgicos y en los himnos de las otras comunidades cristianas.

[8] Véanse las observaciones de Yves Congar sobre la doxología en su I Believe in the Holy Spirit, Volume II  (Nueva York: Editorial Seabury, 1983), 224.

[9] Karl Rahner, “Preguntas Dogmáticas sobre Pascua,” Investigaciones Teológicas IV (Nueva York, Editorial Seabury), 129.

[10] Teilhard, Teilhard de Chardin, “La Comunidad en el Mundo,” en Himno del Universo (Londres, Collins, 1965), 20. Sobre este tema véase Thomas M. King, La Comunidad de Teilhar: Enfoques sobre “La Comunidad en el Mundo” (Nueva York: Paulist, 2005). Véase también Mary Grey “Comunión Cósmica: Una reflexión contemporánea sobre laVisión Eucarística de Teilhard de Chardin,” Ecoteología 10 (2005): 165-80.

[11] Teilhard, The Mass on the World, 23.

[12] Teilhard, The Mass on the World, 24.

[13] Tony Kelly, The Bread of God: Nurturing a Eucharistic Imagination (Melbourne: HarperCollins, 2001), 92.

[14] Kelly, The Bread of God, 100-101.

[15] Johann Baptist Metz, Faith in History and Society: Towards a Practical Fundamental Theology (Londres: Burns y Oates, 1980), 109.

[16] Solidarity with Victims of Climate Change: Reflections on the World Council of Churches’ Response to Climate Change (Ginebra: Consejo ecuménico de las Iglesias, 2002), 10.

[17] Ibidem, 10.

[18] Peter Scott, A Political Theology of Nature (Cambridge: Cambridge University Press, 2003), 246.

[19] Brennan R. Hill, Christian Faith and the Environment: Making Vital Connections (Maryknoll, NY: Orbis, 1998), 267.

[20] Sean McDonagh, The Death of Life: The Horror of Extinction: (Dublin: The Columba Press, 2004),151.

[21] Celia E. Deane-Drummond, Creation through Wisdom: Theology and the New Biology (Edinburgo, T&T Clark, 2000); The Ethics of Nature (Oxford: Blackwell, 2004). Si por un lado reconozco que la Sabiduría puede referirse a un divino atributo poseído por las tres personas de la Trinidad mi aproximación se enfoca sobre la Sabiduría como forma de hablar de la eterna hypostasis que se hace carne en Jesús de Nazaret. Véase Denis Edwards, Jesus the Wisdom of God: An Ecological Theology  (Marynoll, N.Y.: Orbis, 1995).

[22] En Colosenses se nos dice que todos los tesoros de la sabiduría de Dios se encuentran ocultos en Cristo (Col 2,3). La verdadera Sabiduría debe ser llenada por el conocimiento de la promesa de Dios  para conducir así una vida digna del Cristo resucitado  dando frutos en toda obra buena (Col 1,9-10).

[23] Bonaventura, Hexaemeron, 12.

[24] Ibidem, 2.12.

[25] Véase Thomas Aquinas, Summa Theologiae 1.43.5 ad 2.

[26] Sallie McFague, Super, Natural Christians: How we should love nature (Minneapolis: Editorial Fortress, 1997), 116.

[27] Thomas Berry, The Great Work: Our Way into the Future (Nueva  York: Bell Tower, 1999), 2.

[28] David Toolan, At Home in the Cosmos (Maryknoll, Orbis, 2001), 236.

[29] Ibidem, 215.

[30] Ibidem.

[31] Sean McDonagh, The Death of Life, 150.

[32] H. Paul Santmire, Nature Reborn: The Ecological and Cosmic Promise of Christian Theology (Minneapolis: Fortress Press, 2000), 119-120.

[33] Let the Many Coastlands Be Glad: A Pastoral Letter on the Great Barrier Reef by the Catholic Bishops of Queensland (Sydney: Catholic Earthcare Australia, 2004).

[34] The Gift of Water: A Statement from Catholic Earthcare Australia endorsed by Bishops of the Murray-Darling Basin (Sydney: Catholic Earthcare Australia, 2004).

[35] Véase, por ejemplo, Karl Rahner, “Christian Living Formerly and Today,” Theological Investigations 7 (Nueva York: Herder y Herder, 1971), 15.

[36] Sobre todo eso véase Harvey D. Egan, Karl Rahner: Mystic of Everyday Life (Nueva York: Crossroad, 1998), especialmente páginas 55-79.

[37] Edward Schillebeeckx, Jesús en Nuestras Culturas Occidentales: Misticismo, Ética y Política (Londres: SCM, 1987), 73.

[38] Brennan Hill analiza cómo el compromiso ecológico implica una vuelta a la antigua tradición crtistiana  de renuncia en una nueva forma de ascetismo: “Las preocupaciones medioambientales echan nueva luz al debate sobre el sacrificio auténtico. No cabe duda de que viviremos más sencillamente si queremos compartir nuestros recursos, reabastecerlos, y compartirlos con los necesitados. El nuevo asceticismo vuelve a las comidas naturales que son nutritivas y sanas y, deja las comidas tratadas y los producto de comida rápida que perjudican la salud y son causa de derroche por sus exesivos embalajes. Esta espiritualidad vuelve a construir, arreglar, remendar y renovar las cosas en lugar de deshacerse de ellas. Esta renuncia supone un desprendimiento de aparatos, objetos maniáticos y artículos de lujos. Nos hace concienzudos sobre el ejercicio adecuado y  el cuidado apropiado de la salud”. Brennan R. Hill, Christian Faith and the Environment, 249.

[39] Ibidem, 75.

[40] Sallie McFague, Life Abundant: Rethinking Theology and Economy for a Planet in Peril (Minneapolis: Fortress, 2000), 209-210.

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