COMBONIANUM – Spiritualità e Missione

Blog di FORMAZIONE PERMANENTE MISSIONARIA – Uno sguardo missionario sulla Vita, il Mondo e la Chiesa MISSIONARY ONGOING FORMATION – A missionary look on the life of the world and the church

Razones para la alegría

RAZONES PARA LA ALEGRÍA

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José Luis Martín Descalzo

joslui13José Luis Martín Descalzo (1930 – 1991), sacerdote y escritor español. Periodista, poeta, autor dramático y novelista, obtuvo numerosos premios de Literatura. Su obra está impregnada de optimismo y esperanza evangélica. Ha sido, quizás, una de las personas más queridas e influyentes de España en los últimos años. Padecía una grave enfermedad cardiaca y renal, que le obligó a estar sometido a diálisis muchos años. Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza.

10. Pecado de amor

Hay una frase que me pone enfermo: la que habla de los «pecados de amor», y que a mí me parece tan contradictoria en sus términos como hablar de la nieve caliente o del círculo cuadrado. Supongo que con ella se quiere hablar de «pecados de debilidad» o de «pecados de desvarío sexual»; pero ¿por qué se dice, de dónde se saca eso de «pecado de amor», que se cuelga luego a la moral católica cuando ningún Papa y ningún teólogo o moralista serio lo ha dicho jamás? Yo, al menos, estoy cansado de decir que no se puede pecar de amor. Que se puede pecar porque no se ama. O porque no se ama lo suficiente. O porque se ama mal. Pero no por amor. Porque nunca se ama demasiado. Porque si se pecara por amor, ¿cómo se habrían salvado los santos, que eran unos especialistas en el tema?

pecados de amorCreo que ninguna palabra ha sido tan prostituida como esta de «amor», colocada con tanta frecuencia sobre cosas que nada tenían que ver con él, sobre sucias aventuras de antiamor o, cuando menos, del más triste desamor. Y me pregunto por qué ahora que tanto se habla de educación sexual nadie se atreve a hablar de algo infinitamente más necesario y más difícil: de la educación en el amor. Y conste que me parece bien que la gente conozca el mundo del sexo. Pero creo que para eso bastan unos fascículos y unas gotas de sentido común humano. Amar, en cambio, me parece la más difícil de las asignaturas, que ni se aprende con texto alguno ni puede transmitiese de maestro a alumno, sino que sólo se paga a precio de experiencia y exige, además, un aprendizaje de la vida entera, porque no hay planta con mayor capacidad de reflorecimiento que el egoísmo. Y si el arte de amar es el más grande y más difícil que puede practicar un hombre, ¿cómo es posible que reflexionemos sobre él tan poco y que no juntemos todos lo poco que sobre el tema sabemos, a ver si juntos aprendemos a construir un mundo más caliente y vividero?

Aprender, por ejemplo, a distinguir el amor del afecto sensible hacia otra persona, de la admiración, de los deseos de posesión de otro ser, que pueden ser fenómenos que prolongan o coinciden con el amor, pero que en realidad nada o poco tienen que ver con él.

Con frecuencia converso con amigos que me dicen que «han perdido el amor de determinada persona». Y yo siempre les pregunto si lo que han perdido es el amor o sólo el afecto sensible hacia ella; si lo que han abandonado es la decisión de entregarse a esa persona o sólo un cierto agrado o unos ciertos frutos placenteros que de esa persona obtenían. Y es que nunca he entendido que el amor sea algo que puede perderse como se extravía un llavero. Quienes dicen que se apagó tras los primeros entusiasmos o cuando perdió su novedad, mejor será que se pregunten si alguna vez lo tuvieron. Y quienes me dicen que el hombre va cambiando, que cambia el amado y cambia la amada, que las dos personas que hoy se decepcionan no son las mismas que hace diez años se amaron, yo respondo siempre que un verdadero amor no acepta solamente a la persona querida tal y como ella es, sino también tal y como ella será.

Porque un amor verdadero no puede ser otra cosa que una entrega apasionada a buscar la felicidad de la persona a la que se quiere. El amor tiene, que ser don y sólo don, sin que se pida nada a cambio. Es lógico que el amor produzca amor, pero me temo que no ame del todo quien ama «para» ser amado, quien condiciona el camino de ida con el precio de vuelta. En rigor -como dice Michel Quoist-, «el amor es un camino con dirección única: parte siempre de ti para ir a los demás. Cada vez que tomas algo o a alguien para ti, cesas de amar, pues cesas de dar. Caminas contra dirección».

«Contra dirección», de ese tipo de amores truncados dice la moral que son pecaminosos, no del verdadero amor. El Evangelio no se opondrá jamás a un verdadero amor; sí, en cambio, a esa engañifa de quienes dicen que aman cuando en rigor sólo se aman a sí mismos.

Amar es exactamente salirse de sí mismo, «perder pie en sí mismo», «descentrarse» -en el mejor sentido de la palabra-. Tiene razón quienes unen amor y locura, porque, efectivamente, el amor verdadero pone a la gente «fuera de sí» para «recentrarla» en otra persona, en otra tarea o en un más alto ideal.

Y subrayo estas tres variantes porque sería ingenuo creer que el único amor que existe es el que surge de un hombre concreto hacia una mujer concreta, y viceversa. ¡Hay tantas otras formas de amor no menos altas! ¿Por qué, sino por amor, trabaja el investigador que con auténtica vocación hace su trabajo? ¿Qué, sino el amor, lleva a los misioneros hasta lejanas tierras? ¿Quién más que él enciende las cocinas, sostiene las artes y «mueve -como decía Dante- el sol y las estrellas»?

Confieso que siempre me ha dado un poco de miedo esa vieja fórmula que dice que Dios creó al hombre para su gloria. Y no porque la fórmula no sea verdadera, sino porque no siempre se explica que la gloria de Dios es la felicidad del hombre y alguien puede creerse que Dios creó al mundo y la Humanidad en un acceso de egoísmo infinito. Por fortuna, Dios es el antiegoísta. La Creación fue su propio desbordamiento. Y nunca ha hecho desde entonces otra cosa. Incluso cuando perdona a cuantos -entre hipócritas y candorosos- camuflan bajo el nombre de «pecados de amor» sus crecidas de egoísmo. Gracias a ello es cierto lo que escribió no sé quién y que aseguraba que «ser creyente es estar seguro de que nos esperan magníficas sorpresas». La de descubrir, por ejemplo, que hemos sido más queridos de lo que nunca nos atrevimos a imaginar.

9. Vivir con el freno puesto

vivir con el freno puesto1Recuerdo lo que me impresionó de muchacho una vieja tía mía, hoy ya muerta, que se pasaba el tiempo quejándose de que no la habían dejado vivir: siendo una muchachita murió su madre y tuvo que comenzar uno de aquellos interminables lutos de dos o tres años. Terminaba el duelo por su madre cuando fue el padre el que murió y tuvo que comenzar una segunda etapa de riguroso luto. Después fueron muriendo, dramáticamente escalonados, diversos familiares, que fueron prolongando su tiempo de negro desde los dieciocho años hasta los treinta y tantos.

Y lo malo no era, claro, el tener que vestir de oscuro. Lo grave era que el luto llevaba consigo el no acudir a reuniones familiares; mucho menos el ir a fiestas o bailes; y terminaba por conducir a una muchacha de la época a una vida semimonacal. ¿Resultado? Que mi tía nunca pudo hacer nada de lo que soñaba cuando era joven. Y que, cuando hubiera podido hacerlo, era ya tarde. Con lo que muy bien pudo decir como aquel personaje de Thoreau: «¡Oh, Dios, llegar al lindero de la muerte y descubrir que nunca se ha vivido nada!»

Pero hay gente cuyo destino es aún peor. Porque han llegado a esa misma conclusión sin que a ello les obliguen las costumbres o las circunstancias de su tiempo, sino su propia cobardía que no les dejó literalmente vivir.

Recuerdo haber leído en un tratado de psicología el escrito de un viejo de ochenta y cinco años que, en vísperas de la muerte, envió a sus nietos una carta en la que se «arrepentía» de haber vivido marcha atrás y con el freno puesto. Decía: «Si tuviera que vivir de nuevo mi vida, trataría de equivocarme un poco más en esta ocasión. No intentaría ser tan perfecto. Me relajaría más. Me haría más flexible. No me tomaría en serio tantas cosas. Haría algunas locuras más, no sería tan circunspecto, ni tan equilibrado. Aprovecharía más oportunidades, haría más experiencias, escalaría más montañas, nadaría en más ríos, contemplaría más puestas de sol, tomaría más helados y menos alubias. Tendría más preocupaciones reales y menos imaginarias.

«Fijaos: yo he sido de esas personas que viven con un método y una higiene absolutos, hora tras hora, día tras día. Uno de esos que no van a ninguna parte sin un termómetro, una camiseta de lana, un elixir para enjuagar la boca, un botiquín y un impermeable. En mi nueva vida viajaría más ligero. Haría muchas más excursiones y jugaría con más niños. Desgraciadamente, no va a ser así.»

¿Hay que esperar a la muerte para descubrir estas cosas? ¿No sería mejor que cada uno de nosotros se mirase hoy al espejo, se diera cuenta de todas esas cosas que quiso hacer y nunca hizo y… comenzara a hacerlas mañana mismo?

Entiéndanme: no estoy invitando a mis lectores a la locura, pero sí quiero decirles que vivir siempre «con freno y marcha atrás», renunciando a todo lo que de veras amamos, es una manera innecesaria de adelantarse la muerte.

Yo temo mucho que nos hayan educado demasiado para la perfección. Y no es lo malo el buscar la perfección, lo peligroso es amarla de tal manera que, para evitar errores, se termine no en la perfección, sino en la más absoluta mediocridad. Porque para muchos padres y superiores la gran norma pedagógica es: «en caso de duda, apueste usted siempre por el no, elija el estarse quieto». Quienes tanto temen equivocarse prefieren esquivar todo riesgo y se condenan a no vivir o a vivir acorazados. Y así es como muchos se van mutilando de todo lo importante (porque todo lo importante es arriesgado) y se van volviendo solemnes y secos, perfectísimos e inútiles, pensando -incluso- que hacen un honor a Dios no utilizando -para no exponerse a mancharlo- el regalo de la vida que Él les dio.

Con las preocupaciones ocurre lo mismo. ¿Cuántas son reales y cuántas imaginarias? Si un día hiciéramos balance de todo lo que hemos sufrido, descubriríamos que en el noventa por ciento de los casos no sangrábamos por lo que nos ocurría, sino por lo que temíamos que nos pudiera ocurrir. Y que en la mayoría de estos sufrimientos anticipados, al final nunca ocurría eso que nos había hecho sufrir innecesariamente.

Sobre la tumba de uno de los personajes de una de sus novelas, el padre Coloma pone una frase bíblica que podría ser epitafio de dos terceras partes de la Humanidad: «Fuego fatuo cegó mis ojos y pasé junto a mi dicha y la pisoteé sin conocerlas».

Sí, la dicha está ahí, al alcance de todos. Pero la mayoría prefiere deslumbrarse por fuegos fatuos. Auntie Mame dijo lo mismo con frase más desenvuelta. «La vida es un banquete, y la mayoría de los malditos tontos se muere de hambre.» ¡Lástima!

8. Ser el que somos.

thai_smilesCada vez me asombra más comprobar el número de gente que no está contenta -de ser quienes son, de haber nacido donde nacieron, de habitar en el siglo que habitan. Si haces una encuesta entre adolescentes y les preguntas quién les gustaría ser, noventa y nueve de cada ciento te dicen que les gustaría ser Jackie Kennedy o Michael Jackson o, con un poco de suerte, Homero, o Leonardo, o Francisco de Asís.

Yo lo siento, pero me encuentro muy a gusto siendo el que soy. No me gusta «cómo» soy, pero sí ser el que soy. Y no quisiera ser ni Homero, ni Leonardo, ni Francisco de Asís. Me gustaría, claro, ser tan buen poeta como Homero, tan inteligente como Leonardo y tan santo como Francisco de Asís, pero tener todas esas virtudes siendo J.L.M.D. y viviendo en el tiempo en que vivo y en las circunstancias a las que me ha ido llevando la vida.

Yo aspiro -como diría Salinas- a sacar de mí mi mejor yo, pero no quisiera ser otra persona, ni parecerme a nadie, sino ser el máximo de lo que yo puedo dar de mí mismo.

¿Por qué pienso así? Por varias razones. La primera, por simple realismo. Porque, me guste o no, siempre seré el que soy, y si un día llego a ser listo o simpático o -qué maravilla- santo, lo sería, en todo caso, «a mi estilo», dentro de mis costuras.

En segundo lugar, porque no sólo yo soy lo mejor que tengo, sino lo único que puedo tener y ser. Desde el principio de la Historia hasta el fin de los siglos no habrá ningún otro J.L.M.D. más que yo. Habrá infinito número de personas mejores que yo, pero a mí me hicieron único (como a todos los demás hombres) y no según un molde fabricado en serie.

En tercer lugar, porque la experiencia me ha enseñado que sólo cuando uno ha empezado a aceptarse y a amarse a sí mismo es capaz de aceptar y amar a los demás e, incluso, de aceptar y amar a Dios. ¡Cuántos que creemos resentidos contra la realidad están sólo resentidos consigo mismo! ¡Cuántos son insoportables porque no se soportan dentro de su piel!

Por eso me desconciertan esos padres que se pasan la vida diciéndoles a sus hijos: «Mira a Fernandito, tu primo. A ver cuándo eres tú como él.» Pero ningún niño debe ser como su primo Fernandito. Ya tiene bastante cada niño con auparse sobre sí mismo, con realizar su alma por entero. Con métodos como esos, con padres que parecen empeñados en que sus hijos se les parezcan, muchas veces consiguen efectivamente que sus muchachos sean igual que ellos: igual de vanidosos, igual de incomprensivos, igual de fracasados.

Un hombre, una mujer, deben partir, me parece, de una aceptación y de una decisión. De la aceptación de ser quienes son (así de listos, así de guapos o de feos, así de valientes o cobardes). Y de la decisión de pasarse la vida aupándose encima de sí mismos, multiplicándose.

¡Pobre del mundo si un día se consiguiera que todos los hombres respondieran a patrones genéricamente establecidos y obligatorios! (…). Un hombre inteligente debe sacarle la punta a su inteligencia y no empeñarse en triunfar en deportes, en mecánica y en arte a la vez. Una muchacha fea difícilmente llegará a ser bonita, pero puede ser simpática, buena y una mujer maravillosa.

Sí, tendríamos que hacer todo aquello que dice un personaje de un drama de Arthur Miller: “Uno debe acabar por tomar la propia vida en brazos y besarla”. Porque sólo cuando empecemos a amar en serio lo que somos, seremos capaces de convertir lo que somos en una maravilla.

7. Un vuelco en el corazón

Coppia TchadEntre las muchas cartas que recibo hay una que me ha conmovido -y alegrado- especialmente. No es que me cuente nada novedoso o espectacular. Es simplemente la carta de una mujer que me explica que, a los cincuenta y un años, sigue enamorada de su marido.

«El es maestro -dice- y yo me siento muy unida a su profesión, pero, sobre todo, a él. Llevamos veintiún años casados, fuimos ocho años novios y, cuando lo encuentro en la calle, sin esperar verle, aún me da un vuelco el corazón. Quiero decir, que el amor no muere. Tengo montañas de poemas escritos para él y para lo que nos une. Y no es rutina, desde luego. Y no lo veo perfecto, ni él a mí. Y no estarnos de acuerdo siempre. Pero, sobre todo, nos queremos.»

Ahora siento casi un poco de vergüenza de que esta carta me haya llamado la atención. ¿No debería ser lo normal todo lo que en ella se cuenta?

Me temo que hoy la fidelidad no esté de moda. Al menos a juzgar por los periódicos y las conversaciones. ¿O también aquí resultará que -a tenor de esa hipocresía moderna que consiste en hacerse pasar por peor de lo que uno es- son muchos más los matrimonios fieles que los que presumen de casquivanos? Pero lo grave -me parece- no es tanto el que los hombres seamos más o menos fieles a nuestras promesas. Lo grave es que muchos hayan llegado a auto-convencerse, primero, de que es imposible la fidelidad y, después, de que casi es más propio del hombre el mariposeo.

Pero habría que volver a hablar «con descaro» de la fidelidad.

Un buen amigo mío -y gran teólogo-, Olegario G. de Cardedal, ha titulado uno de sus libros Elogio de la encina, precisamente porque la encina es el árbol de la fidelidad, un árbol menos aparatoso y brillante que otros muchos, más duro y adusto, pero en el que parece resumiese el campo entero.

Tal vez mujeres como la de la carta que he copiado -o como mi madre y tantas otras que he conocido- no entren en la historia de las mujeres ilustres. Pero yo no cambiaría su fidelidad por todos los brillos del mundo.

Hace días, leyendo a Kierkegaard, tropecé con dos párrafos iluminadores. El primero subrayaba la importancia y la permanencia de los compromisos de amor y decía que quienes temen dar un «sí» para siempre por temor a que mañana puedan cambiar de idea y se encuentren encadenados a él, «es evidente que, para ellos, el amor no es lo supremo, pues de lo contrario estarían contentos de que exista un poder que sea capaz de forzarles a permanecer en él». He aquí una enorme verdad: quienes temen al amor eterno deben ser sinceros consigo mismos y reconocer que no es que ellos sean muy inteligentes, sino que su amor es demasiado corto. O que su orgullo es demasiado grande para aceptar el someterse al amor.

El otro párrafo aún era más luminoso. «Basta con mirar a un hombre para saber a ciencia cierta si de verdad ha estado enamorado. Expande en torno un aire de transfiguración, una cierta divinización que se perpetúa durante toda su vida. Es como una concordia establecida entre cosas, que, sin ella, parecerían contradictorias: el que ha estado enamorado, al mismo tiempo es más joven y más viejo que de ordinario; es un hombre y, a pesar de todo, un muchacho, sí, casi un niño; es fuerte y, sin embargo, es débil; hay en él una armonía que rebota en su vida entera.»

Efectivamente: haber estado, aunque sólo sea una vez, enamorado -de un hombre, de una mujer, de una idea, de una tarea, de una misión- es lo más rejuvenecedor que existe. Esas gentes a quienes brillan los ojos, que miran la vida positivamente, que se alimentan de esperanzas, que poseen una misteriosa armonía, que irradian esa luz que les transfigura, son personas que se atrevieron a creer en el amor y han sido fieles a esa decisión. Poseen una especie de virginidad e integridad espiritual.

Cuando Miguel Ángel concluyó de tallar su Pietà del Vaticano alguien le preguntó por qué había hecho más joven a la madre, a María, que a su hijo Jesús. Y Buonarotti respondió que las almas vírgenes son siempre jóvenes. Y no se refería, es claro, solamente a la virginidad física, sino a esa virginidad interior de quienes se han entregado enteros a un amor o a una causa.

Hay que elogiar sin rodeos a esas «encinas-mujeres» o a esas «encinas-varones» que se atreven a seguirse queriendo por encima de los años, que se emocionan aún cuando encuentran por la calle a quienes fueron (y son) sus novios. Hay que decirles -como Machado decía de las encinas- que ellas «con sus ramas sin color», «con su tronco cenicientos, «con su humildad que es firmeza» son una de las cosas que sostienen este mundo nuestro, tan viejo como un don Juan.

6. Elogio de la nariz

saisons de la vie1Sobre pocos puntos he visto entre los pensadores tanta divergencia como en su valoración del sentido común, clave, para algunos, del equilibrio de las personas; rémora, para otros, en la marcha del mundo.

Gracián decía, por ejemplo, que «más vale un gramo de sentido común que mil arrobas de sutileza», y Leopardi aseguraba que «lo más raro que hay en el mundo es lo que pertenece a todos, el sentido común». Pero, en cambio, un Bécquer consideraba que «el sentido común es la barrera de los sueños». Y Unamuno, más que nadie, disparataba contra él. «El sentido común es el sentido de la pereza, el que juzga con lugares comunes y frases hechas, mecánica y no orgánicamente. El que se atiene a los medios comunes de conocer el del ojo de buen cubero, el del poco más o menos, el de todos aquellos que no se esfuerzan en ver claro en sí mismos. Hay gentes tan llenas del sentido común que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio.»

Yo diría que la clave de estas discrepancias parte del punto de mira desde el que se habla. Si para crear es necesaria la locura, para tratar con el prójimo es preferible la cordura. Sí no se puede escribir sin un buen caudal de sueños, tampoco puede mantenerse el vivir cotidiano sin una buena porción de realidades. Lo malo es cuando los términos se cruzan. El sentido común aplicado a la literatura no produce otra cosa que agarbanzamientos. Los sueños proyectados en la tarea de cada día conducen más bien al descalabro.

En este campo yo suelo practicar una receta que me enseñó, siendo yo un chiquillo, uno de mis maestros y que podría resumirse en la frase: soñar largo, caminar corto. Mi maestro pensaba que el único modo de llegar a los grandes sueños es por pasos cortos, pero que también la única manera de mantener la constancia en los pequeños pasos de cada día era vivir tensos porque tiraban de nosotros los grandes sueños.

Por eso a mí en la vida me gusta tener la imaginación por bandera y el sentido común por timón. Y si me preguntan si soy revolucionario o evolucionista contesto siempre que me gusta ser revolucionario de ideas y evolucionista de táctica; idealista en los fines y posibilista en los medios. Me gusta el arco tenso y la flecha ligera. Poner la locura como meta. Y caminar hacia lo imposible a través de un montón de posibles pequeñitos.

Tal vez por eso doy yo tanta importancia a las formas de las cosas. Tengo la impresión de que, por cada cien personas que dicen que chocan por sus ideas, noventa y nueve provocan ellos sus roces por las formas en que las exponen. Y si Chesterton aseguraba que «una herejía es siempre una verdad que se ha vuelto loca», tal vez pudo también decir que es «una verdad expresada locamente». O a destiempo.

Porque aquí voy a confesar que una de las pocas cosas en las que yo coincido con Maquiavelo es en su culto al tiempo. Reconozco, como él, que «los tiempos son más poderosos que nuestras cabezas». Y creo que es justa su afirmación de que el fracaso de los más grandes personajes de su tiempo se debía a que «todos ellos se negaban a reconocer que habrían tenido mucho más éxito si hubieran intentado acomodar sus personalidades respectivas a las exigencias de los tiempos, en lugar de querer reformar su tiempo, según el molde de sus personalidades».

Y, naturalmente, yo no estoy dispuesto a modificar mis ideas por mucho que los tiempos cambien. Pero estoy dispuesto a poner todas las formulaciones externas a la altura de mis tiempos, por simple amor a mis ideas y a mis hermanos, ya que si hablo con un lenguaje muerto o un enfoque superado, estaré enterrando mis ideas y sin comunicarme con nadie.

Esto lo entendí mejor viajando por el mundo: al llegar a cada país ponía mi reloj en hora, en el nuevo horario del país visitado. Esto no implicaba pensar que en mi país estuviéramos atrasados o adelantados o desconfiar de mi reloj. Suponía, simplemente, que yo aceptaba lo cambiante de la realidad horaria.

Por eso he rendido siempre culto al olfato como virtud de la inteligencia. No creo que tener sentido de la realidad que nos rodea sea oficio de camaleones. Desconfío de los veletas, pero no de los que saben la tierra que pisan. No me gustan los que cambian de ideas, pero tampoco quienes carecen del sentido común de revisarlas y adaptarlas en todo lo no sustancial. Me gusta la gente de buena nariz. Me encantan los cazadores que no disparan según dicen los manuales, sino que ponen el disparo justo en el momento justo y en el justo lugar.

5. Nacido para la aventura

Junto a las escaleras del «metro» que tomo todas las tardes han plantado una valla publicitaria en la que un avispado dibujante ha diseñado un feto de seis meses que reposa feliz dentro de un óvulo, flotante dentro de un seno que no se sabe muy bien si es maternal o intergaláctico. Está acurrucadito, tal y como estuvimos todos, entre asustados y expectantes, soñando con la vida. Pero, por obra y gracia del agudo publicitario, el dulce-futuro-bebé tiene algo inesperado: unos pantaloncitos vaqueros, que le ciñen mucho mejor de lo que mañana lo harán los pañales maternos. Y nuestro genio de la publicidad ha coronado su «invento» con una frase apasionante: «Nacido para la aventura». Todo un destino.

nascido para la aventura1Yo, la verdad, siento una infinita compasión hacia cuantos trabajan en las agencias de publicidad (sobre todo hacia los que llaman «los creativos»), que han de pasarse la vida entera exprimiéndose el cacumen para inventar esa frase nueva, genial y diferente que, desde las esquinas de las calles, nos herirá a los sufridos transeúntes como una estocada. ¿Y cómo encontrar un slogan nuevo sobre algo tan machacado por la competencia como los pantalones vaqueros? ¿Cómo hallar un nuevo argumento con el que convencer a la dulce muchachada de que ingresarán directamente en el cielo de la felicidad apenas se vistan esa arcangélico indumentaria? Todo está dicho ya. Un año nos explicaron que con una determinada marca atraeríamos todas las miradas femeninas y nos encontraríamos catapultados en un harén de muchachas. Nos anunciaron que los tejanos «eran la libertad», que vistiéndolos «seríamos más» y hasta que penetraríamos más allá de las nubes. Una agencia nos contó que los jeans nos «identifican», que con ellos estaríamos «satisfechos» porque «no hay cosa más linda». Los de otra marca son «los que mejor se mueven» y bastaba con «dejarlos bailar». Alguien puso su pimienta tentadora y nos explicó que esos pantalones «resistirán si tú resistes». Y hasta nos contaron que con ellos puestos Tarzán se quedaría tamañito a nuestro lado. Realmente ya sólo faltaba que alguien batiera el récord de la imaginación (¿o de la estupidez?) y nos hablara de los vaqueros intrauterinos, descubriéndonos -ioh gozo!- que la gran aventura que nos espera al nacer es nada más y nada menos que vestirnos un pantalón tejano.

Comprenderán ustedes que a mí me trae sin cuidado lo que la gente vista o deje de vestir, tanto antes como después de nacer. Me hace gracia, eso sí, que se haya cumplido tan rápidamente aquella profecía de Julio Camba que anunciaba que en el futuro no se adaptarían los vestidos a los hombres, sino los hombres a los vestidos; pero, por lo demás, pienso que cada uno es dueño de elegir sus trapitos y no seré yo quien diga a los jóvenes, como Don Quijote a Sancho («tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelos un poco más largos»), el modo en que deberían vestir. Me importa mucho más lo que la gente tiene dentro de la cabeza que lo que lleva encima de las piernas. Pero sí me preocupa, y mucho, en cambio, esa máquina de guerra que ha puesto en marcha nuestra sociedad para convencer a los muchachos de que la vida es idiotez.

Porque lo que hay detrás de la frivolidad de ciertas publicaciones es algo mucho más serio que una manera de vestir o una marca de pantalones. Es algo que podría definirse como «el progresivo empequeñecimiento de los ideales».

Pepe Hierro, en uno de sus más hermosos poemas, cantaba la triste suerte de aquel pobre emigrante -«Manuel del Río, natural de España»- que un día se murió sin saber por qué ni para qué había vivido y cuyo cadáver «está tendido en D’Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey». Ante aquel cuerpo, vivido y muerto ¿inútilmente?, Hierro le recordaba que

Tus abuelos

fecundaron la tierra toda,

la empapaban de la aventura.

Cuando caía un español

se mutilaba el universo.

Y sentía ganas de llorar al recordar que

Hace mucho que el español

muere de anónimo y cordura

o en locuras desgarradoras

entre hermanos.

¿Y ahora? Ahora ¿tendremos que seguir descendiendo y decir a los muchachos que la gran aventura para la que nacen no es ya «fecundar la tierra toda», sino ponerse una determinada marca de pantalones? ¿Deberemos sentirnos gozosos porque ya no morimos «en locuras desgarradoras entre hermanos» y pensaremos que hemos mejorado descendiendo a esa guerra civil de la mediocre estupidez?

Me impresiona pensar en esta civilización que tienta a diario a los jóvenes con la mediocridad. Hubo tiempos en los que se les tentaba con la revolución, ahora se les invita a la siesta y la morfina, a infravivir, como si el lobo ya no soñara en comerse a Caperucita, sino simplemente en atontarla y domesticarla.

Por eso me ha dolido el anuncio que han colocado sobre las escaleras de mi «metro»: porque profana dos de las palabras más sagradas de nuestro diccionario: «nacer» y «aventura». A mí me encanta entender la vida como una apasionante aventura. Creo que me mantendré joven mientras siga creyéndolo. Me apasiona entender la vida como un reto que debo superar, como un riesgo que debo correr y en el que tengo que vivir tensamente para realizar cada uno de sus minutos. Creo que la juventud es seguir teniendo largos los sueños y despierto el coraje, alta la esperanza e indomeñable ante el dolor. Odio la idea de dejarme arrastrar por las horas y estoy decidido a mantenerme vivo hasta el último minuto que me den en el mundo. Pienso, como Santa Teresa, que aventurar la vida es el único modo de ganarla:

          No haya ningún cobarde.

          Aventuremos la vida,

          pues no hay quien mejor la guarde

          que quien la da por perdida.

¿Y tendré que pensar ahora que la aventura que me esperaba a las puertas del seno de mi madre era el tipo de pantalones que habría de vestir? Hubo tiempos en los que las gentes soñaban ser santos, cruzar continentes, dominar el mundo, multiplicar la fraternidad o, al menos, transmitir diaria y humildemente algunas gotas de alegría. ¿Y ahora bajaremos a esa tercera división de la Humanidad, cuyas metas consisten en «realizarse» teniendo un coche o poniéndonos una determinada marca de tejanos? Ya sólo nos falta que un publicitario invente el último y más cruel de los anuncios: «Muchachos que ahora nacéis, dentro de quince años estaréis todos parados. Pero no temáis, pasaréis vuestro paro sentaditos sobre unos pantalones marca no-sé-cuál.»

Mi viejo amigo Bernanos decía que «para que una habitación esté templada es necesario que el fogón esté al rojo vivo». El fogón de nuestras vidas es la juventud. ¡Y cómo temblarán mañana de frío todos esos muchachos a quienes hoy estamos llenando la juventud de carbones congelados!

Un mundo en el que los vicios fueran tristes y los adultos aburridos sería ya una tragedia. Pero una tierra de jóvenes hastiados o inteligentemente atontados sería la catástrofe de las catástrofes. Y uno teme a veces que si antaño, «cuando caía un español se mutilaba el universo», tal vez mañana en alguna tumba podrá escribirse el más macabro de los epitafios: «Aquí descansa Fulanito de Nada, que, al morirse, dejó vacíos unos pantalones.»

4. Las riquezas baratas

Las riquezas baratasSupongo que a estas alturas ya nadie duda de que vamos hacia un mundo de estrecheces. Las vacas gordas pasaron a la historia y parece que para todos llegó el tiempo de apretarse el cinturón (aunque los pobres se quedaron sin agujeros que apretar hace mucho tiempo). Primero le llegó el agua al cuello a las clases medias; hoy, hasta los más derrochones se ven obligados a mirar la peseta.

¿Es esto una desgracia? Lo es, desde luego, para cuantos pasan hambre. Pero yo me pregunto si unos ciertos grados de estrechez no serán un don para el mundo y no nos empujarán a descubrir todas esas otras fortunas baratísimas que hoy tenemos medio olvidadas.

Porque -aunque de esto apenas se hable- hay riquezas carísimas y riquezas baratas. Y sería dramático que mientras la gente se pasa la vida llorando por no poder alcanzar los bienes caros, se dejasen de cultivador los que tenemos al alcance de la mano.

La más grande y barata de las riquezas es, por ejemplo, la amistad. Un buen amigo vale más que una mina de oro. Sentirte comprendido y acompañado es mayor capital que dar la vuelta al mundo. Un corazón abierto es espectáculo más apasionante que las cataratas del Niágara. Alguien que nos ayude a sonreír cuando estamos tristes es más sólido que mil acciones en bolsa. ¡Y qué barato es tener un buen amigo! Cuesta menos que una caña de cerveza, menos que una barra de pan. ¡Y es más sabroso! Lo pueden tener los pobres y los ricos y casi les es más fácil a los primeros. Hay amigos en todas partes, de todas las edades, de mil ideologías, de muy diversos niveles culturales. Quién sabe si cuando todos vayamos siendo pobres descubriremos mejor esa propiedad milagrosa de la amistad con la que no contábamos.

También se puede ser gratuitamente millonarios de sol, de aire limpio, de paisajes. Hace falta dinero para hacer un safari por África Central, pero no hace falta una sola moneda para acariciar la cabeza de un perro y ver cómo levanta hacia nosotros sus ojos agradecidos. ¿Recuerdan a aquel grupo de pobres que en Milagro en Milán se sentaban cada tarde a disfrutar del maravilloso y baratísimo espectáculo de una puesta de sol? Jamás compañía teatral alguna alcanzó mayor belleza, nunca pintor alguno mezcló mejor los colores. ¿Y quién podría asegurar que una cena de gala en el Waldorf Astoria produce mayor gozo que una tarde de primavera bajo la sombra de un sauce?

Y el placer milagroso y baratísimo de la música. Lo que más agradezco yo a nuestra civilización es esta posibilidad de que un pequeño aparato de poco más de medio kilo de peso te conceda algo que hubiera enloquecido a Beethoven: poder disfrutar de todas las orquestas del mundo con sólo ir movimiento suavemente el mando de una aguja. Lo que en el siglo XVIII no podían permitirse ni los emperadores, lo tengo yo ahora a diario. ¿Y qué mina de diamantes me haría tan fabulosamente rico como el poder tener en mi oído y en mi alma el concierto de violoncello de Schuman o las vísperas de Monteverdi? No cambiaría yo, verdaderamente, un pequeño transistor por un palacio en Arabia. Porque aun cuando la charlatanería está invadiendo a no pocas emisoras, aún queda casi siempre la posibilidad de encontrar entre ellas la mina de diamantes de una buena música.

Y ahora pido a mis lectores que griten unánimes un ¡ooooh! larguísimo porque aquí llega el superpremio baratísimo de la noche: su majestad el libro, con cuarenta caballos, carrocería en oro vivo, acelerador del alma, ruedas irrompibles, cristales de aumento para entender la vida motor multiplicador de la existencia. Yo me imagino a veces a mi buen amigo Ibáñez Serrador poniendo entre sus premios media docena de libros de poesía para ver con qué ¡uf! se sentían liberados los concursantes que de tal nimiedad se librasen. Y, sin embargo, ¿desde cuándo un coche, un apartamento, una vuelta al mundo, un abrigo de visón pueden producir la centésima de placer verdaderamente humano que aportaría un solo buen poema?

Nos han engañado, amigos. Nos han estafado acostumbrándonos a creer que es el estiércol del dinero y del lujo la verdadera moneda de la felicidad. Nos han empobrecido diciéndonos que el mundo sería menos mundo cuando estuvieran más flacas nuestras cuentas en el banco. Nos han conducido a equivocarnos de piso, a dejar en las arcas del olvido las riquezas de primera, creyendo que existen sólo las riquezas digestibles. Hay tesoros baratos y casi nadie lo sabe.

Hay multimillonarios que gastan la vida en llorar por creerse pobres. Y yo me pregunto si un poco de estrechez no serviría para abrirnos los ojos. Y, la verdad, no me preocuparía que en el mundo que viene tuviéramos que apretarnos un poco el cinto a cambio de que aprendiéramos a estirar el alma.

3. Vidas perdidas

Vidasperdidas5La hija de unos amigos míos ha dicho a sus padres el otro día que «no le gustaría que su hermano pequeño fuese cura, porque los curas y las monjas siempre le han parecido vidas perdidas»

Y yo me he quedado un poco desconcertado porque, la verdad, a mis cincuenta y tres años no tenía la impresión de estar perdiendo mi vida. De todos modos, la frase me intriga y me tiene desazonado durante todo el día. ¿Cómo se gana? ¿Cómo se pierde una vida? ¿Acaso sólo se tiene fruto dejando hijos de la carne en este mundo? ¿No sirve una vida que va dejando en otros algunos pedacitos de alma?

Pero no quisiera esquivar el problema y buscarle fáciles escapatorias, Reconozco que esa pregunta -¿de qué está sirviendo mi vida?- deberíamos planteárnosla, por obligación, todos los seres humanos al menos una vez cada seis meses. Porque esto de vivir es demasiado hermoso como para que pueda escapársenos como arena entre los dedos.

Dicen, por ejemplo, que una vida se llena teniendo un hijo, plantando un árbol y escribiendo un libro. Bueno, yo conozco personas que no hicieron ninguna de esas tres cosas y que han vivido una vida irradiante. Y también conozco quienes tuvieron hijos, plantaron árboles y escribieron libros y difícilmente podrían mostrarse realizados en ninguna de las tres cosas. Porque hay libros que tienen muchas más palabras que ideas; hijos que de sus padres parecen haber recibido solamente la carne; y árboles que escasamente si producen sombra.

Tampoco me parece que el fruto de una vida dependa mucho del número de años que se vivan. Y espero que aquí me perdonen mis lectores si hablo de nuevo de mí. Porque últimamente éste es un problema que está obsesionándome. Desde que los médicos me mandaron que «parase un poco el carro» no dejo de preguntarme si hago bien cada vez que me niego a un nuevo trabajo o una invitación más. ¿Es preferible vivir algunos años más viviendo a media máquina? ¿O el ideal es desgastarse sin preguntarse cuántos años durará el cacharro?

Yo siempre he sido un pésimo ahorrador. De dinero y de vida. Tal vez porque veo que en el inundo hay un terrible afán por regatear esfuerzos, de afanes por dejar para mañana lo que a uno no le obligan a hacer hoy. Hay gente -me parece- que se va a morir sin llegar a estrenarse. Se cuidan. Se ahorran. Se «conservan». Van a llegar a la otra vida como un abrigo siempre guardado en el ropero.

Hace años leí una oración de Luis Espinal (el jesuita a quien asesinaron en Bolivia en 1980) que me impresionó: «Pasan los años y, al mirar atrás, vemos que nuestra vida ha sido estéril. No nos la hemos pasado haciendo el bien. No hemos mejorado el mundo que nos legaron. No vamos a dejar huella. Hemos sido prudentes y nos hemos cuidado. Pero ¿para qué? Nuestro único ideal no puede ser el llegar a viejos. Estamos ahorrando la vida, por egoísmo, por cobardía. Sería terrible malgastar ese tesoro de amor que Dios nos ha dado.»

Sería terrible, sí, llegar al final con el alma impoluta, con el tesoro enterito, pero sin emplear. Creo que fue Peguy quien se reía de los que nunca se mancharon las manos… porque no tienen manos. O porque jamás las usaron para nada.

Es curioso: en este momento me doy cuenta de por qué me ha dolido tanto la frase de la hija de mis amigos. Siento cómo surge en mí un recuerdo que creía dormido. Era yo seminarista y vi -¿hace ya cuántos años?- aquella vieja película titulada Balarrasa (que he revisado hace poco y me pareció malísima), que, vista con mis veinte años, resultó decisiva para mi vida en aquella escena en la que un personaje, muriéndose, se aterraba ante la idea de hacerlo «con las manos vacías». Esa imagen me persiguió durante años. Y pensé que ningún infierno peor que el de la esterilidad. Fuera lo que fuera de mi vida, yo tendría que dejar aquí algo cuando me fuera, aun cuando se tratara solamente de una gota de esperanza o alegría en el corazón de un desconocido.

Pienso ahora en aquel verso de Rilke que, como supremo piropo a la Virgen, dice que el día de la Asunción quedó en el mundo «una dulzura menos». O pienso en Juan XXIII, de quien, el día de su muerte, dijo el cardenal Suenens que «dejaba el mundo más habitable que cuando 61 llegó». Pienso que es muy poco importante el saber si dentro de un siglo se acordará alguien de nosotros -seguramente no-; porque lo único que importa es que alguna semilla de nuestras vidas esté germinando dentro de alguien (incluso si ni él ni nosotros lo sabemos). Porque entonces nuestras vidas habrán sido ganadas.

2. Aprender a ser felices.

ser-felizMe parece que la primera cosa que tendríamos que enseñar a todo hombre que llega a la adolescencia es que los humanos no nacemos felices ni infelices, sino que aprendemos a ser una cosa u otra y que, en una gran parte, depende de nuestra elección el que nos llegue la felicidad o la desgracia. Que no es cierto, como muchos piensan, que la dicha pueda encontrarse como se encuentra por la calle una moneda o que pueda tocar como una lotería, sino que es algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como una casa.

Habría también que enseñarles que la felicidad nunca es completa en este mundo, pero que, aun así, hay raciones más que suficientes de alegría para llenar una vida de jugo y de entusiasmo y que una de las claves está precisamente en no renunciar o ignorar los trozos de felicidad que poseemos por pasarse la vida soñando o esperando la felicidad entera.

Sería también necesario decirles que no hay «recetas» para la felicidad, porque, en primer lugar, no hay una sola, sino muchas felicidades y que cada hombre debe construir la suya, que puede ser muy diferente de la de sus vecinos. Y porque, en segundo lugar, una de las claves para ser felices está en descubrir «qué» clase de felicidad es la mía propia.

Añadir después que, aunque no haya recetas infalibles, sí hay una serie de caminos por los que, con certeza, se puede caminar hacia ella. A mí se me ocurren, así de repente, unos cuantos:

Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Descubrir y disfrutar de todo lo bueno que tenemos. No tener que esperar a encontramos con un ciego para enterarnos de lo hermosos e importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo para descubrir la maravilla de oír. Sacar jugo al gozo de que nuestras manos se muevan sin que sea preciso para este descubrimiento ver las manos muertas de un paralítico.

Asumir después serenamente las partes negativas o deficitarias de nuestra existencia. No encerrarnos masoquistamente en nuestros dolores. No magnificar las pequeñas cosas que nos faltan. No sufrir por temores o sueños de posibles desgracias que probablemente nunca nos llegarán.

Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible que nos engañen cuatro o cinco veces en la vida que pasarnos la vida desconfiando de los demás. Tratar de comprenderles y de aceptarles tal y como son, distintos a nosotros. Pero buscar también en todos más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello en lo que coincidimos que en lo que discrepamos. Ceder siempre que no se trate de valores esenciales. No confundir los valores esenciales con nuestro egoísmo.

Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia lo que dirigir lo mejor de nuestras energías. Caminar hacia él incesantemente, aunque sea con algunos retrocesos. Aceptar la lenta maduración de todas las cosas, comenzando por nuestra propia alma. Aspirar siempre a más, pero no a demasiado más. Dar cada día un paso. No confiar en los golpes de la fortuna.

Creer descaradamente en el bien. Tener confianza en que a la larga -y a veces muy a la larga- terminará siempre por imponerse. No angustiarse si otros avanzan aparentemente más deprisa por caminos torcidos. Creer en la también lenta eficacia del amor. Saber esperar.

En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados. Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta a nuevas experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar nuestras propias ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas. Decidir no morirse mientras estemos vivos.

Elegir, si se puede, un trabajo que nos guste. Y si esto es imposible, tratar de amar el trabajo que tenemos, encontrando en él sus aspectos positivos.

Revisar constantemente nuestras escalas de valores. Cuidar de que el dinero no se apodera de nuestro corazón, pues es un ídolo difícil de arrancar cuando nos ha hecho sus esclavos. Descubrir que la amistad, la belleza de la naturaleza, los placeres artísticos y muchos otros valores son infinitamente más rentables que lo crematístico.

Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad que atenaza o estrecha el alma no puede ser la verdadera, porque Dios o es el Dios de la vida o es un ídolo.

Procurar sonreír con ganas o sin ellas. Estar seguros de que el hombre es capaz de superar muchos dolores, mucho más de lo que el mismo hombre sospecha.

La lista podría ser más larga. Pero creo que, tal vez, esas pocas lecciones podrían servir para iniciar el estudio de la asignatura más importante de nuestra carrera de hombres: la construcción de la felicidad.

1. El sacramento de la sonrisa

MartinDescalzoSi yo tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría, creo que sin dudarlo, que me concediera el supremo arte de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas personas. Es, me parece, la cima de las expresiones humanas.

Hay, ya lo sé, sonrisas mentirosas, irónicas, despectivas y hasta ésas que en el teatro romántico llamaban «risas sardónicas». Son ésas de las que Shakespeare decía en una de sus comedias que «se puede matar con una sonrisa». Pero no es de ellas de las que estoy hablando. Es triste que hasta la sonrisa pueda pudrirse. Pero no vale la pena detenerse a hablar de la podredumbre.

Hablo más bien de las que surgen de un alma iluminada, ésas que son como la crestería de un relámpago en la noche, como lo que sentimos al ver correr a un corzo, como lo que produce en los oídos el correr del agua de una fuente en un bosque solitario, ésas que milagrosamente vemos surgir en el rostro de un niño de ocho meses y que algunos humanos -¡poquísimos!- consiguen conservar a lo largo de toda su vida.

Me parece que esa sonrisa es una de las pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del paraíso cuando les expulsaron y por eso cuando vemos un rostro que sabe sonreír tenemos la impresión de haber retornado por unos segundos al paraíso. Lo dice estupendamente Rosales cuando escribe que «es cierto que te puedes perder en alguna sonrisa como dentro de un bosque y es cierto que, tal vez, puedas vivir años y años sin regresar de una sonrisa». Debe de ser, por ello, muy fácil enamorarse de gentes o personas que posean una buena sonrisa. Y ¡qué afortunados quienes tienen un ser amado en cuyo rostro aparece con frecuencia ese fulgor maravilloso!

Pero la gran pregunta es, me parece, cómo se consigue una sonrisa. ¿Es un puro don del cielo? ¿O se construye como una casa? Yo supongo que una mezcla de las dos cosas, pero con un predominio de la segunda. Una persona hermosa, un rostro limpio y puro tiene ya andado un buen camino para lograr una sonrisa fulgidora. Pero todos conocemos viejitos y viejitas con sonrisas fuera de serie. Tal vez las sonrisas mejores que yo haya conocido jamás las encontré precisamente en rostros de monjas ancianas: la madre Teresa de Calcuta y otras muchas menos conocidas.

Por eso yo diría que una buena sonrisa es más un arte que una herencia. Que es algo que hay que construir, pacientemente, laboriosamente.

¿Con qué? Con equilibrio interior, con paz en el alma, con un amor sin fronteras. La gente que ama mucho sonríe fácilmente. Por- que la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismos. Un amargado jamás sabrá sonreír. Menos un orgulloso.

Un arte que hay que practicar terca y constantemente. No haciendo muecas ante un espejo, porque el fruto de ese tipo de ensayos es la máscara y no la sonrisa. Aprender en la vida, dejando que la alegría interior vaya iluminando todo cuanto a diario nos ocurre e imponiendo a cada una de nuestras palabras la obligación de no llegar a la boca sin haberse chapuzado antes en la sonrisa, lo mismo que obligamos a los niños a ducharse antes de salir de casa por la mañana.

Esto lo aprendí yo de un viejo profesor mío de oratoria. Un día nos dio la mejor de sus lecciones: fue cuando explicó que si teníamos que decir en un sermón o una conferencia algo desagradable para los oyentes, que no dejáramos de hacerlo, pero que nos obligáramos a nosotros mismos a decir todo lo desagradable sonriendo.

Aquel día aprendí yo algo que me ha sido infinitamente útil: todo puede decirse. No hay verdades prohibidas. Lo que debe estar prohibido es decir la verdad con amargura, con afanes de herir. Cuando una sola de nuestras frases molesta a los oyentes (o lectores) no es porque ellos sean egoístas y no les guste oír la verdad, sino porque nosotros no hemos sabido decirla, porque no hemos tenido el amor suficiente a nuestro público como para pensar siete veces en la manera en la que les diríamos esa agria verdad, tal y como pensamos la manera de decir a un amigo que ha muerto su madre. La receta de poner a todos nuestros cócteles de palabras unas gotitas de humor sonriente suele ser infalible.

Y es que en toda sonrisa hay algo de transparencia de Dios, de la gran paz. Por eso me he atrevido a titular este comentario hablando de la sonrisa como de un sacramento. Porque es el signo visible de que nuestra alma está abierta de par en par.

Introducción

Me pregunto si la mañana de hoy es, precisamente, la ideal para escribir el prólogo de un libro que se titula Razones para la alegría. Anteayer me llamó el editor para meterme prisas, diciéndome que, si quiero llegar con él a la Feria del Libro, tendré que enviarle los originales esta misma semana. «Tranquilo, tranquilo, le he dicho. El libro está listo, sólo me falta el prólogo y mañana mismo lo remato.»

Pero esta mañana ha ocurrido «algo». En la rutinaria revisión que cada dos meses hacen a mi corazón y mis riñones se los han encontrado más pachuchos de lo que yo me imaginaba. Y me han anunciado que mañana o pasado entro en diálisis…

Me detengo. Y pienso que hoy es el día EXACTO para hablar de la alegría. Porque el gozo que van a pregonar estas páginas que siguen no es el que se experimenta porque las cosas vayan bien, sino el que no cesa de brotar «a pesar de que» las cosas vayan cuesta arriba. (No quiero decir mal.) Este es, me parece, el sentido de la bienaventuranza cristiana: no se promete en ella la felicidad a los pobres porque vayan a dejar de serlo, ni a los que tienen hambre porque ya está llegando alguien con un bocadillo. El gozo que allí se promete es aquel en el que las razones para la alegría son más fuertes que las razones para la tristeza, no el gozo que proporcionan la morfina o la siesta.

A esa alegría -os lo juro- no estoy dispuesto a renunciar. Bastaría la acogida que estas cosillas mías están teniendo para sostenerme. ¿Sabéis? Es asombroso cuánto amor gira sobre el mundo sin que los tontos lo percibamos, cuánta gente nos quiere sin que lo descubramos, en qué misteriosos lugares puede germinar nuestra palabra sin que lleguemos a enterarnos.

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Questa voce è stata pubblicata il 17/11/2013 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , , , , , , .

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Combonianum è stata una pubblicazione interna nata tra gli studenti comboniani nel 1935. Ho voluto far rivivere questo titolo, ricco di storia e di patrimonio carismatico.
Sono un comboniano affetto da Sla. Ho aperto e continuo a curare questo blog (tramite il puntatore oculare), animato dal desiderio di rimanere in contatto con la vita del mondo e della Chiesa, e di proseguire così il mio piccolo servizio alla missione.
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