COMBONIANUM – Spiritualità e Missione

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Caridad sin aire acondicionado

El cardenal Massaia,
caridad sin aire acondicionado

 Misionero en la Etiopía del siglo XIX, fue “enrolado” por el fascismo. Su biografía se presenta hoy en Adís Abeba (Domenico Quirico, Vatican Insider)

Massaja.jpgUn hombre avanza por el sendero apoyándose en su bastón de peregrino (hecho con madera de cedro libanés y de olivo de Getsemaní, ¡la síntesis de los dos Testamentos!); su rostro, a pesar de la larga barba, está sumergido en una vaga infancia. Como el agua de una alberca, el calor se abre y se cierra a su alrededor. El Carmelo y la colina en la que Jesús pronunció el Sermón de la Montaña muestran la misma geografía árida y rocosa, la misma absorta, desesperada y desesperante soledad de los relieves etíopes. Panoramas y lugares sin consuelo, que invitan solo a la meditación y a la fuga. Es la tierra de los Gala; en ella los espíritus, si no se suspenden en el éxtasis, vuelven piedra y polvo, para morir lentamente de sed. El sendero de aquel peregrino, a quien sus compañeros de vida llaman respetuosamente “abuma Mesías”, va serpenteando por los montes como un cilicio. Este es el paisaje. La época es el siglo XIX y ofrece pocos consuelos, campea una pobreza incurable. Hoy no ha cambiado nada, sigue siendo una invitación para poner a prueba la propia vocación incontestable. Los peldaños hacia el paraíso son incontables, están llenos de fatiga y penitencia. Sí, tal vez sea posible amar esta Etiopía desnuda y amarga, en la que si preguntas el nombre de una veta o de una colina no te lo saben decir, como si el cansancio de vivir aquí llevara al olvido.

Su nombre era Lorenzo, pero lo dejó al entrar a la orden de los Capuchinos, para asumir el de un hermano fallecido: y fue Guillermo, Guillermo Massaia, misionero, teólogo, cardenal, pero también explorador, médico, meticuloso compilador de la primera gramática de la lengua oromo. Su nombre figura en la Enciclopedia Británica, al lado de Livingstone, entre los pioneros que, con su marcha, colmaron los espacios blancos de la nada en los atlas; una fe atrajo a estos hombres a estas regiones y sus gestas parecen leyendas; una fe distribuyó mártires por caminos desconocidos, enfrentó consciencias a realidades dramáticas, hizo que aceptaran la fatiga, el sacrificio, la muerte.

Hoy, en Adís Abeba, en el Instituto teológico capuchino, se presenta la edición, en inglés, de su biografía: “El cardenal Massaia y la misión católica en Etiopía”, publicada por la Kolbe press. Su autor es un joven profesor de historia moderna de Turín, Mauro Forno.

Un misionero que vuelve de esta manera a su tierra para sacudir el polvo de las acusaciones y los prejuicios, es decir haber sido, como otros misioneros, el pionero de la avidez colonialista, la vanguardia (disfrazada con sonrisas y piedad) de los ejércitos conquistadores que se repartían las tierras de África. Sí, puesto que, desgraciadamente, el fascismo se apoderó de su figura cuando presumía imperios fatales para incluirlo con desenvoltura en la estirpe de los precursores y pioneros en el Mar Rojo. La Iglesia de la época, que se preparaba a los Pactos y se adecuaba a las tardías cruzadas civilizadoras del profeta de Predappio (Benito Mussolini), lo siguió dócilmente y con penitencia hagiográfica. Sin embargo, la historia de Massaia es muy diferente: una historia de tenacidad, de una voluntad de ayudar sin ataduras, de entender al otro y admirar la sorprendente religiosidad africana frente al ateísmo de los europeos. Alejado continuamente por los celos de los abuma coptos y por las sospechas de los negus (Menelik lo tuvo prisionero durante seis años), volvió cada vez, disfrazado, en secreto, recorriendo montes y despeñaderos; no había poro de su piel que no doliera, que no tuviera un viejo moretón, una vieja contusión, un sordo dolor, una cicatriz recibida en Agamé, en Tigray, en Gondar, en Gimma, en Ghera, en Caffa. No se trataba de un culto ciego, era una elección. No sufría a su Dios, lo había elegido.

Como los misioneros en el África de hoy, a quienes los regímenes y los rebeldes asesinan. Porque son testigos, porque no callan, porque son parte de África, de los pobres, de los vencidos. Desafío para el Islam que predica la violencia y germina en la violencia, y a las sectas que llegaron de ultramar y deciden convertirse en confesores de los tiranos: penitencia laica, secular, desnaturalizada, un remedo de la penitencia.

Después de décadas de un tercermundismo caricatural que los representaba como invasores, como vendedores de jaculatorias, los misioneros que eligen la pobreza de quienes ayudan, que viven (y mueren) como los africanos, sacan a la luz los matices de una caridad internacional rica pero burocrática, que se autoalimenta con la hipocresía de la ayuda, que vive en sus campos protegidos por las púas, que refresca la propia “misión” con aire acondicionado. Al otro lado de las barreras, pobres y desnudos, están los misioneros. Como Massaia.

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Questa voce è stata pubblicata il 18/01/2014 da in Actualidad religiosa, ESPAÑOL, Vocación y Misión con tag , , .

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San Daniele Comboni (1831-1881)

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Combonianum è stata una pubblicazione interna nata tra gli studenti comboniani nel 1935. Ho voluto far rivivere questo titolo, ricco di storia e di patrimonio carismatico.
Sono un comboniano affetto da Sla. Ho aperto e continuo a curare questo blog (tramite il puntatore oculare), animato dal desiderio di rimanere in contatto con la vita del mondo e della Chiesa, e di proseguire così il mio piccolo servizio alla missione.
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