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FP.esp 5/2014 (2) – María, basílica del silencio

María, basílica del silencio

por Maurice Zundel

Virgen Maria

Soñé con construir una iglesia al Silencio, como Santa Sofía dedicada a la Sabiduría: Hagia sige, [1] pero sin duda no será jamás sino un sueño.La separa de la calle un claustro cuyas aperturas presentan a la mirada el refugio tranquilo de un prado siempre verde.Senderos flexibles donde los pasos no producen ecos conducen a los paneles elásticos de las puertas silenciosas.Tapices monocromos hacen silenciosos los pasos.En las ventanas de la nave, una piedra transparente difunde una luz tamizada. Una sobria colgadura hace vibrar discretamente los muros del recinto a la luz viva de lámparas eternas.

En el santuario elevado, el altar es una mesa de alabastro hecho apenas traslúcido por una luz interior. El tabernáculo es un sagrario de ónix igualmente iluminado, con intensidad más viva.Sin esfuerzo, ahí encuentra la mirada su centro y queda suspendida. El ambiente nos centra en lo único necesario.

La liturgia transcurre como el cantar del Silencio. Nada es ruidoso. Los vestidos sin lujo espiritualizan los cuerpos, los gestos son vividos y las voces interiores. Una presencia invisible es la respiración común de las almas.

Actualizada en la oblación mística, se eleva por fin la cruz y las cubre a todas con su abrazo de vida, y la hostia viene a ellas como divino fermento.

Realizada la acción santa, cada una se va, sumergida en Dios, a llevar a los hermanos un rayo de su faz, en el silencio de una vida donde resuena su Verbo.

En mi sueño, así era Hagia Sigè: la basílica del Silencio.

¿No es también en la divina liturgia donde las almas deberían aprender a escuchar la única Palabra que es toda verdad, para dejarla expresarse en ellas?Escuchar: la acción más elevada, más rara y sin embargo la más necesaria.

Las palabras se adelantan al pensamiento imponiéndole su peso de materia, todo el error y la pasión que contienen, todos los impulsos irracionales y las sugerencias colectivas que conllevan. Opinamos sin haber examinado, tomamos partido antes de saber. No sabemos esperar y permanecer abiertos dejando madurar un problema en la transparencia de una mirada libre. Y limitándonos a nosotros mismos, nos dedicamos a limitar a los demás.

En casos extremos, muchedumbres innumerables, naciones enteras son víctimas de seudo ideas erigidas en ídolos en fórmulas ruidosas cuya incesante repetición provoca verdadero embrujo, instalando en el sistema nervioso de las personas reflejos explosivos que reaccionarán automática­mente al primer estímulo.

Cuando dejan de preponderar los valores espirituales, ¿cómo evitar la anarquía sin tomar de los instintos de la multitud con que someterla fingiendo darle expresión, cómo no manipular la opinión para hacer que exija lo que se espera de ella?

No digo que todo sea necesariamente malo en lo que se le sugiere, pero ¡qué desprecio del hombre en esa prostitución del verbo, qué ignorancia del espíritu en ese magnetismo animal de la palabra!Las palabras ya no tienen la luz del pensamiento; exteriores a la verdadera humanidad, hechas de imágenes motrices y cargadas solo de impulsos, solo tienden a disparar la acción previniendo toda hesitación de la conciencia y toda resistencia de la libertad.

No era suficiente automatizar los cuerpos en un mismo gesto: quieren hacer rígidas las almas en las mismas opiniones.Sabemos muy bien que esta tendencia domina infaliblemente bajo todos los regímenes y en todos los partidos cuando, habiendo perdido su prioridad, el espíritu sucumbe la dignidad de la persona ante la opresión de los individuos bajo el reino de las mayorías.Y la esclavitud es tanto más profunda cuanto más espontáneamente aceptada, tanto más irremediable cuanto mayor número de ideas justas apoyan una orientación inhumana.

Solo el silencio revela los abismos de la vida.Por eso los artesanos del pensamiento lo necesitan más aún que los hombres de acción. Educadores de las mentes, ellos son normalmente los que indican el camino de las fuentes. Si no escuchan, si no se hacen trasparentes a la luz, si se alejan de sí mismos, no podrán dar “el salto que, por encima de su sombra, les haría aterrizar en su sol” Y la verdad tomará su rostro y ellos harán beneficiar del prestigio de la ciencia las interpretaciones que su opción fundamental y su actitud general ante la vida superponen a sus descubrimientos.

Cómo quisiéramos poder constatar al respecto en todos los maestros y más ampliamente todavía, en todos los padres, el respeto de las mentes a ellos confiadas, con la única preocupación de establecer en ellas el contacto con la luz, eclipsándose ante el misterio del encuentro, que es personal para cada uno.

El niño tiene sin duda necesidad de formarse, pero ante todo desarrollando su vida interior, aprendiendo a escuchar al Maestro que le enseña desde dentro. En vez de regañarlo exasperando un sistema nervioso ya excitado, en vez de hacerlo aún más exterior a su alma, habría que bregar por llevarlo de nuevo a la vida profunda, a llenarse de la Presencia divina mediante la irradiación del silencio que es el factor esencial de toda verdadera educación. En efecto, no se trata de sustituirse al niño ni de hacer que se nos parezca, sino de ponerlo en manos de su guía interior eclipsándonos continuamente en él.

¿Qué decir entonces de la reserva que se impone a los teólogos y directores espirituales cuya tarea propia es presentar los misterios divinos y hacer que las almas se adapten a ellos? ¡Qué tacto y qué humildad necesitan, qué confianza filial y cómo deben inclinarse ante esa verdad que es la vida misma de Dios en la manifestación de su Verbo! ¡Qué sentido de los límites del discurso y de la incapacidad de las palabras! ¡Qué sed de ese más allá a donde nos invitan, de todo lo inefable que nos dejan presentir, de ese ser más inconmensurable a toda fórmula, donde se esconde “el gran abismo de la divinidad”!

Entonces, ¿no sería traicionar la fe olvidar, aunque sea solo un instante, el movimiento que la lleva más allá de ella misma hacia el conocimiento intuitivo en que las verdades reveladas ya no se entienden, dispersas en el discurso sino reunidas en el único foco de la eterna luz, percibidas en Dios, en la vida misma que enuncian e inician en nosotros, hechas sensibles al corazón por la caridad que nos hace interiores a esa vida sin disipar por ello el velo que la esconde a los ojos.

Entonces, en efecto, cada verdad toma el acento del ser amado, como una confidencia en que el alma saborea la Presencia que establece entre todas las proposiciones reveladas una misteriosa circumincesión.

Todo se comprende en esa luz de amor, “en el don mismo que Dios nos hizo de sí mismo, entregándosenos por su Espíritu y su voluntad, como si nos diera su corazón”, que le da al teólogo el gusto de lo divino indispensable a la perfección de su ciencia.

En esta sabiduría afectiva llega a veces a la mirada simple en que la disección de conceptos parece una burla, en que la eminencia de la luz no sufre ya ninguna claridad de comprensión, en que su conocimiento, en fin, reviste el modo sencillo del conocimiento divino.

Entonces habla de la “sublime ignorancia que se realiza en virtud de una incomprensible unión”, no por haberse perdido en algo vago e inconsistente, sino por haber percibido una realidad tan des­lumbrante que todo lo que pertenece al mundo humano del conocimiento ya es completamente inútil.

Entonces, me preguntarás”, dice el autor de “La Nube del No Saber” a su discípulo, cómo puedo pensar en Dios y qué es él, y a esa pregunta sólo puedo responder una cosa: Yo no sé nada.

Así también Santo Tomás de Aquino tuvo que interrumpir la Suma confesando su incapacidad: “Ya no puedo. Ante lo que he visto, todo lo que he escrito me parece pura paja”.

El Doctor y el Místico estaban demasiado identificados en él como para que el primero pudiera suspender su discurso cuando el segundo lo hubo rebasado. La Suma solo podía terminar en ese “salto hacia el sol”, meditando el Cántico en que el Espíritu celebra las bodas místicas del alma con Dios. En esta perspectiva es como conviene leerla, orientándonos hacia la teología que “experimenta las cosas divinas” más bien que comprenderlas.

Hacia ese “yo no sé” hay que orientar a los principiantes: comunicándoles el sentido de lo inefable que les impida aplicar a las cosas divinas una lógica demasiado material; dándoles sed de ese ser más que ningún entendimiento claro puede comprender aquí en la tierra, a fin de que su teología esté humildemente orientada hacia la contemplación infusa como hacia su perfección; haciéndoles percibir, en fin, las resonancias místicas de una doctrina que trata de la vida íntima de Dios en que uno avanza sólo sumergiéndose en él.

La dirección espiritual tendrá naturalmente los mismos acentos: viendo el alma a través del misterio divino que se realiza en ella, y sabiendo con qué gran respeto la trata Dios “pues apenas sí se la puede tocar sin que sangre”, ¿qué podría desear su director sino desapropiarla de ella misma para que esté cada vez más en manos del Espíritu Santo: ocultándose él mismo, como servidor de su vida interior, ante el amado huésped que la conduce en secreto?

La dirección, tanto como la teología, requiere espíritu de pobreza, un silencio que escucha para acoger en sí mismo la verdad como a una persona.Es, en efecto, una persona, una persona divina, el Hijo único que está en el seno del Padre: el Verbo silencioso.

Silencioso por ser totalmente interior a su principio, y manifestarse solo en un despojamiento radical de sí mismo: nota enteramente pura, eco traslúcido de una emisión virginal, éxtasis de luz, armonía viva donde nada es disonante, clamor subsistente donde todo el ser es solo un grito: ¡Abba, Pater!

Pero a ustedes los he llamado amigos, pues todo lo que supe de mi Padre se lo he dado a conocer a ustedes. Porque lo que aprendí de él es lo que le digo al mundo.

La Palabra eterna es pues el Verbo que escucha al Verbo silencioso.Y a su vez, María es discípula del Verbo. Ella conserva en su corazón todas las palabras de su Hijo. Escucha, adhiere, se da y se sumerge en sus abismos.

Hazme oír tu voz, porque tu voz está llena de dulzura. ¡Todas las fibras de su ser resuenan con el llamado en que su vida presta atención a la única verdad: Jesús! Su carne es la cuna de la Palabra eterna que brota de la “fuente sellada” de su alma; su Magnificat es la exultación del Verbo en lo más íntimo de su corazón del trono.

Mientras un profundo silencio reinaba por doquiera y la noche llegaba a la mitad de su carrera, Vuestro Verbo todopoderoso, Señor, bajó del cielo.En efecto, ¿no es María el trono del rey, ella cuyas potencias todas son resonancia de los clamores misteriosos que se tienen lugar en el silencio de Dios, ella en la noche del no saber respecto de sí misma, sumergida toda en la claridad divina de su Hijo?

Ella no dice nada por sí misma, no hace nada por sí misma, no mezcla nada de sí misma. Ninguna idea, ninguna imagen, ninguna palabra limita en ella lo inefable y el esplendor de la luz no encuentra en ella sombra alguna.No comprende sin duda, ni desea comprender lo que solo el infinito puede agotar.Ofrece su trasparencia como vitral perfecto a los rayos del sol, y el misterio de Jesús brilla en ella totalmente.

Las raras ocasiones en que aparece María en la vida pública del Salvador parecen narradas solo para manifestar el rigor de su ocultamiento.No tenemos de ella ni una palabra dicha a la Iglesia después de la partida de su Hijo. Ella da una enseñanza tanto más preciosa. Mientras los apóstoles hablaban, su silencio conducía las almas a la Sabiduría cuya madre es ella.

En los espacios de su corazón es donde los primeros fieles sentían nacer la libertad misteriosa en que, felices, se reconocían hijos del Padre y hermanos de Jesús.Ella es, en efecto, el huerto sellado y el atrio solitario, la nave pacífica y la lámpara recogida, el ábside triunfal y el altar traslúcido.Ella, el tabernáculo vivo y la custodia eterna.

Ella, por fin, la Basílica del Silencio.

Artículo publicado en LE ROSAIRE, en Friburgo, en 1951. Extractos de “Notre Dame de la Sagesse”, capítulo IV.

[1] Pronunciar: Haguia Sigué, que significa: Santo Silencio, como Haguia Sophia significa Santa Sabiduría.

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Questa voce è stata pubblicata il 04/05/2014 da in Artículo mensual, ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , .
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