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El árbol de la vida /8

El árbol de la vida /8
Comentario del libro del Génesis por Luigino Bruni


Hacia la tierra de los hijos

Abram creyó sin ver y se hizo justo;
y se convirtió en Abraham y en padre

“Ha habido hombres grandes por su energía, por su sabiduría, por su esperanza o por su amor. Pero Abraham ha sido el más grande de todos” (Søren Kierkegaard, Temor y temblor).

abraham-nt-tissotDespués del diluvio y después de Babel, la ciudad fortificada donde la humanidad buscó tras el diluvio una salvación equivocada sin diversidad ni dispersión fecunda por la tierra, la alianza y la salvación continúan con Abram, quien deja la casa paterna y se pone en camino fiándose de una voz que le llama.

Fe y confianza, porque toda fe es confianza en una promesa. Noé nos salvó construyendo un arca y permaneciendo dentro de ella en compañía de su familia y de los animales, a la espera de que se retiraran las aguas. En cambio Abram responde a la llamada de esa misma voz poniéndose en camino hacia una tierra prometida: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (12,1). Cuando comienza su historia, no se le pide que construya ningún arca ni que libere a su pueblo de la esclavitud, como sucederá con Moisés. Para responder, Abram ‘sólo’ debe creer en la promesa de una tierra y ponerse en marcha para llegar a ella. Debe dejar la casa de su padre Téraj e ir hacia una tierra que se le anuncia como lugar de bendición y felicidad, pero desconocida.

Con Abram (el primer judío de la Biblia) hay una llamada a la felicidad, a la fecundidad, a la prosperidad: “De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. … Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (12,2). Aquí hay una llamada a la vida, una promesa de futuro. Aquí están el Adam, el Edén y la continuación del arco iris de Noé. Con Abram hay una mujer, Saray, y juntos alcanzan no la tierra segura de los padres sino la tierra desconocida de los hijos. La primera vocación de Abram es creer incondicionalmente en una promesa y ponerse en marcha. Esta es su primera justicia.

Noé era “justo” y por su justicia se le confió una tarea decisiva. De Abram no se dice que fuera justo antes de la vocación, sino que su justicia nació de creer en la promesa: “y él creó y le fue reputado como justicia” (15,6). Noé era justo y por eso creyó; Abram creyó y por se hizo justo.

Hay personas que reciben una llamada a desempeñar una tarea de salvación, a construir un arca. La construyen y salvan a muchos. Salvando a otros se salvan ellos mismos. Pero hay otras personas a las cuales la misma voz les hace una promesa de felicidad y de plenitud, y su justicia está en seguir toda la vida creyendo obstinada e incondicionalmente en esa promesa. Estos ‘llamados’ se ponen en camino hacia una tierra no para salvar a alguien o algo, sino porque en esa promesa saben ver o intuir bendición, felicidad, frutos e ‘hijos’ numerosos como las constelaciones. En estas vocaciones la construcción del arca llega después (y si la vocación es auténtica llega siempre), pero no hay altruismo ni sacrificio a la hora de creer y ponerse en macha. El don sólo se recibe, no se da. En estas vocaciones, para ponerse en camino hace falta un doble acto de confianza: fiarse de una ‘voz’ buena que llama y creer que el cumplimiento de la promesa es la mejor felicidad.

En cada vocación hay siempre un acto radical de confianza en una ‘voz’ que llama, incluso cuando no se sabe de quién es la voz que llama. La justicia-bondad de Abram no es primariamente fruto de las virtudes. Es creer en una promesa, seguir creyendo y caminar. Muchas enfermedades espirituales y comunitarias nacen cuando se transforman la bendición y la salvación en perfeccionismo ético, cuando la promesa se transforma en una moral, cuando en lugar de seguir caminando nos paramos a observar nuestras virtudes y los vicios ajenos. Y nos perdemos.

También en la llamada de Abram encontramos una gramática universal de las vocaciones, ya sean religiosas o civiles, profesionales, artísticas o empresariales. Abram llega a la tierra de Caanan y allí encuentra a los cananeos: la tierra prometida está poblada por otras gentes. No encuentra frutos ni abundancia, sino una carestía que le hace emigrar a Egipto. En Canaan vive “como extranjero” (17,8). Los hijos prometidos, tan numerosos como las estrellas del cielo, no llegan; sólo llegan inexorables su vejez y la de su mujer.

La tierra que promete esa voz que llama, siempre es distinta de como nos la imaginamos. Una vocación no es un contrato (sino un pacto o una Alianza), y por eso hay sorpresas, desilusiones, pruebas, desánimo, a veces desesperación y siempre perdón y la posibilidad de volver a empezar. El duro trabajo de aquellos que han recibido una vocación (y son muchos más de los que pensamos) está en seguir caminando cuando la tierra prometida se presenta seca y poblada por otros, y cuando en esa tierra te roban los bienes y los familiares (14,12). La justicia de Abram fue responder a la primera llamada, pero sobre todo seguir caminando cuando esa promesa parecía muy lejana e incluso un autoengaño. Seguir creyendo que esa tierra y el vientre seco de Saray podrían engendrar, florecer en bendiciones. Abram encontró una tierra distinta a la que esperaba en el momento de la llamada, pero fue justo y el más grande de todos porque siguió creyendo que la tierra prometida era la que JHWH le había mostrado y no otra.

La justicia en toda vocación está en conseguir reconocer la tierra prometida incluso en una tierra seca y ver futuros hijos en un vientre estéril. Conozco muchos empresarios justos que se han puesto en marcha siguiendo una voz, que han creído en una promesa y que después han encontrado una tierra seca y no ven hijos ni nietos. Aquellos que se han salvado y han salvado a otros son los que han sabido reconocer en la sequía las primicias de la tierra prometida. Pero sobre todo los que han seguido caminando, desplazando hacia delante la tienda, sin fabricarse otra tierra y sin desilusionarse porque la promesa no llega.

Abram recibe la primera llamada a los 75 años (los años en la Biblia encierran muchos significados, todos ellos importantes y en general positivos), pero se convierte en Abraham a los 99: “anda en mi presencia y sé irreprochable. … No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. Te haré fecundo sobremanera” (17,1-5). Ya había una llamada, pero ahora ocurre algo nuevo: Abram se convierte en Abraham, y Saray se convierte en Sara (17,15). Catorce años después, la llamada a la felicidad y a la tierra prometida se convierte en llamada a una Alianza entre JHWH y todo un pueblo, con vistas a una bendición universal (al leer y estudiar estos primeros capítulos del Génesis me cautivan las bendiciones, la mirada buena sobre el mundo y sobre los seres humanos, que me ama y me nutre). Este nuevo encuentro aclara la llamada, la renueva y da calidad a la primera promesa. Pero sobre todo cambia el nombre, es decir revela el sentido verdadero de la primera vocación. Abram no había sido irreprochable (basta leer el capítulo 13 sobre Saray en Egipto), Abraham sí que lo será.

Hay un momento crucial en el (buen) desarrollo de toda (auténtica) vocación. Un día nos ponemos en marcha escuchando una voz de bendición, llegamos a una tierra desconocida, combatimos buenas batallas, pero todavía nos falta el sentido profundo de la promesa. Entonces llega una segunda vocación en la primera vocación: Abram muere y nace Abraham. Es cuando comprendemos que la primera tierra, las manadas y los ríos generosos, no eran la verdadera promesa. Y nos convertimos también en ‘irreprochables’, pero no por la búsqueda de una perfección ética, pues la irreprochabilidad es un don y una exigencia profunda de verdad al servicio de la promesa. Abram era un padre de familia. Abraham se convierte en padre de un pueblo numeroso, de ‘todas las familias de la tierra’. Y se sigue caminando, incluso cuando el camino es cuesta arriba y parece convertirse en una silenciosa procesión con un hijo-víctima hacia un monte-altar, cuando el arco iris desaparece y las innumerables estrellas se apagan. Somos salvados y somos justos cuando no interrumpimos el camino y seguimos mirando hacia delante, hasta que la mirada se pierde en la línea del horizonte.

por Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 06/04/2014

descarga el pdf en español

 

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Questa voce è stata pubblicata il 16/12/2014 da in El árbol de la vida, ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , .

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