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El árbol de la vida /10

El árbol de la vida /10
Comentario del libro del Génesis por Luigino Bruni


La verdadera fidelidad ante lo inesperado

La ardua subida de Abraham e Isaac y nuestras pruebas

abrahamDespués de preparar la leña y de atar a Isaac sobre la pira, en el altar, Abraham le sujetó los brazos, se remangó las vestiduras y apretó con fuerza las rodillas. Dios, sentado en su excelso trono, vio cómo los dos corazones se convertían en uno solo, vio las lágrimas de Abraham que caían sobre Isaac y las de Isaac que caían sobre el altar, inundado por el llanto de ambos” (Louis Ginzberg, Las leyendas de los judíos, Vol. II).

Todo hijo esconde un misterio de gratuidad. También Isaac, aunque de una forma única y extraordinaria: «Sara tu mujer dará a luz un hijo» (17,19). Abraham «se echó a reír, diciendo en su interior …”¿Sara, a sus noventa años, va a dar a luz un hijo?“» (17,17). No podía creer en una promesa que violaba las leyes de una naturaleza, a la que esa misma Voz había dado vida. También Sara rió en la encina de Mambré: «Ahora que soy vieja, ¿sentiré el placer?» (18,12). Como reirá también Elohim al decir el nombre del hijo: «Isaac» (17,19), Jishaq, es decir «(Dios) reirá».

Abraham y Sara sabían que Isaac era un don de aquella Voz primera. Todo lo demás lo tendrán que descubrir a medida que vayan viviendo. Nosotros, lectores y re-lectores de estos textos, conocemos la “prueba” del Monte Moria, el ángel y el carnero, pero ellos no. Abraham, Isaac, los criados y Sara desconocían qué estaban haciendo, qué les sucedería en el siguiente paso. Para no considerar estas lejanas narraciones como cuentos edificantes o relatos morales, vacíos de toda su fuerza antropológica, social y espiritual, es necesario tomarse en serio la humanidad real de sus protagonistas. Tomarse en serio a Abraham significa seguirle “en la ignorancia”, repetir con él sus experiencias, ofrecer como él un hijo y al igual que él recuperarlo. Sólo una lectura “encarnada” de la Biblia puede superar las consolaciones engañosas y las ideologías. Siguiendo una voz, nos encaminamos con confianza hacia una tierra prometida, sin saber cuándo la alcanzaremos ni siquiera si la alcanzaremos. Al fin tenemos un hijo y después descubrimos que debemos abandonarlo en el desierto. Recibimos el don de otro hijo y después debemos perderlo nuevamente. Vamos con Caín a los campos y allí un hermano nos da muerte. Llevamos una cruz hacia el Gólgota, somos crucificados y la resurrección nos deja sin aliento.

«”Abraham, Abraham”. El respondió: “Heme aquí”. Díjole: “Toma a tu hijo,  a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga”» (22,1-2). El Génesis no recoge ninguna palabra de Abraham. Sólo dice que se puso en marcha «de madrugada» (22,3), como cuando se levantó, también «de madrugada» (21,14), para alejar a Ismael y a Agar en el desierto. Como aquel lejano día de su primera llamada en Ur de los Caldeos, cuando Abraham respondió poniéndose en marcha para seguir esa voz. Ahora Abraham emprende el camino hacia el monte Moria con la misma fe-confianza con la que había partido hacia la tierra prometida. La respuesta fiel a la voz y a uno mismo pasa por emprender el camino en los amaneceres y en los anocheceres de la vida. La fe-fidelidad-confianza pasa por creer que la voz que promete felicidad puede ser la misma voz que pide el hijo donado.

Abraham, ya viejo, se pone en marcha una vez más, reconociendo en esas palabras la misma voz. Si hoy queremos recibir un hijo, si queremos seguir una historia de salvación, debemos revivir este relato con Abraham y como Abraham. Al menos una vez en la vida.

El viaje salvador de Abraham es también el viaje de Julio, un empresario que, después de haber creído en la empresa familiar heredada de sus padres, cuando por fin empieza a recoger los frutos y a disfrutar días tranquilos, recibe de su cliente más importante la petición de un soborno para mantener la relación. Julio no acepta y cuando vuelve a casa después de esa indecente conversación sólo sabe que ha escuchado una voz que le decía interiormente: «Mejor cerrar la empresa que ser injusto y convertirse en corrupto». No sabe nada más; ya es mucho, lo suficiente para seguir subiendo la cuesta de la vida, pero no sabe nada más que eso. No sabe si vendrán ángeles, ni sabe que “sólo” está viviendo  una prueba.

La subida muda de Abraham es la misma que realiza Juana, la dueña de un bar, que había conseguido un local en el centro y lo había liberado de las máquinas tragaperras por amor a los pobres de su ciudad y a sus niños, perdiendo casi dos mil euros al mes. Ahora que con tanto esfuerzo el bar está empezando a funcionar, viene uno a chantajearla. Juana dice que no, porque una voz le dice: «Mejor es que te quemen el negocio que perder el alma». Sólo escucha y conoce esas pocas palabras interiores, sólo quiere ver esa contabilidad moral.

También es amiga de Abraham Ana, una joven madre que después de haber recuperado la salud al final de un largo y agotador tratamiento, descubre en un control que el mal no ha desaparecido. No se enfada con la vida, la acoge con dulzura y tenacidad y vuelve a casa sin saber qué sucederá en el monte que le espera. En estas auténticas aventuras del alma y el espíritu, el ángel sólo llega, si llega, cuando se ha hecho todo sin saber que vendrá. Estos ángeles no anuncian su llegada.

La historia de Abraham nos dice que las cosas imposibles e increíbles pueden – no deben – suceder si sabemos llegar hasta la última palabra del discurso de nuestra vida. Después, sólo después, de vez en cuando descubrimos, al menos una vez, que la que parecía la última palabra era en realidad la penúltima. Pero no podíamos conocerla antes de pronunciarla porque era una palabra donada. El valor ético y espiritual de los que caminan con Abraham y como Abraham radica en llegar al monte con el hijo, la leña y el fuego, preparar el altar y después prepararse a “morir” con el hijo sobre ese mismo altar.

Pero Abraham es también compañero y aliado de todos los que no han visto al ángel: el niño que no se ha salvado, la empresa que ha fracasado, el bar que ha sido incendiado y la enfermedad que ha vencido. Abraham nos ama con su fe fuerte y dócil en el tramo de camino que va desde la tienda de Sara hasta el instante anterior a la voz del ángel que detiene el puñal. La voz del ángel no añade nada al valor de la fe de Abraham, pero sí que nos revela mucho de la lógica y la naturaleza de Elohim. Si Abraham hubiera sabido antes que vendría un ángel, su experiencia habría sido una ficción, y el hijo recuperado no habría sido un premio a su fe, sino un pobre incentivo para partir más ligero de madrugada.

Los que han recibido en la vida el don de “morir” y “resucitar” al menos una vez, han aprendido que la resurrección solo llega cuando se sabe morir. Mientras vivimos nuestro invierno, no sabemos cuándo llegará la primavera. Somos como esos pueblos antiguos que después de cada ocaso no sabían si el sol volvería a salir al final de la noche. Incluso después de mil resurrecciones, nuestras y de otros, cuando aparece de nuevo un monte o una subida volvemos a ponernos en camino “ignorantes” come la primera vez, sabiendo sólo que debemos caminar. Ni siquiera Dios, al menos el Dios bíblico, podía saber si Abraham llegaría hasta el final de la subida y prepararía el altar. Lo tuvo que descubrir, asombrado y tal vez conmovido, cuando Abraham empuñó el cuchillo. Este asombro es el que hace que cada instante de la vida sea único e irrepetible y le da un inmenso valor al tiempo, a la historia, a nuestra libertad y a nuestra responsabilidad.

No hemos construido Europa, ni el Occidente, ni la modernidad, ni el capitalismo sobre la lógica de Abraham. El dominio de la técnica, el utilitarismo económico y el cálculo coste-beneficio son hijos de Ulises, primero de los griegos y después de los modernos. No de Abraham. Pero si el mundo no muere y sigue habiendo buenas empresas y buenas familias es porque Abraham sigue viviendo en muchos, tal vez en todos subsista un eco suyo. Si fuéramos más conscientes de que somos hijos de Abraham, nos sentiríamos más amados por la vida y menos solos en el monte Moria de la existencia, cada vez que a pesar de los pesares permanecemos fieles hasta el final a una voz, a una promesa, a un pacto, a nuestra conciencia o a la parte mejor de nosotros mismos. Contémonos unos a otros la historia del monte Moria, de Elohim, de Isaac, de Sara, del altar, del ángel y del carnero. Pero sobre todo hablémonos de Abraham.

por Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 20/04/2014

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Sono un comboniano affetto da Sla. Ho aperto e continuo a curare questo blog (tramite il puntatore oculare), animato dal desiderio di rimanere in contatto con la vita del mondo e della Chiesa, e di proseguire così il mio piccolo servizio alla missione.
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