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El árbol de la vida /13

Comentario del libro del Génesis por Luigino Bruni.

La puerta del cielo es una voz.

Jacob necesitó un sueño para encontrar su “escalera”. ¿Y nosotros?

Cada persona tiene una vocación, un camino hacia su propia excelencia y hacia el bien común, un “todavía no” que espera convertirse en un “ya”. Pero no todas las vocaciones florecen, porque sin el encuentro con personas y lugares de gratuidad estas voces no se oyen. El ruido de la vida diaria las sofoca, un ruido que en nuestra civilización es demasiado fuerte.

jacobs_ladder1“Samuel dijo a Saúl: “¿Por qué me perturbas y me haces subir?. Saúl respondió: ‘Estoy en grande angustia … Dios se ha apartado de mí y ya no me responde ni por los profetas ni en sueños’”. (Primer libro de Samuel, 28,15)

El libro del Génesis no es un tratado de moral ni un manual de ética familiar. Es mucho más que eso. El ciclo de Jacob (capítulos 27-37) es un hermoso fresco sobre la grandeza humana y sus contradicciones, en el que se usan todos los colores de la vida y todos los tonos de las relaciones sociales y familiares, desde los resplandecientes y luminosos de las teofanías y las bendiciones hasta los tenebrosos y nocturnos de las mentiras y los engaños.

Cuando Esaú, que se había quedado engañado a orillas del río de la Alianza en compañía de otros “vencidos”, descubrió el segundo engaño del hermano (el robo de la bendición patriarcal) “se enemistó con Jacob. … y se dijo: ‘Se acercan ya los días del luto por mi padre. Entonces mataré a mi hermano Jacob’” (27,41). La madre, Rebeca, que había orquestado el engaño, al conocer las intenciones de Esaú, le dijo a Jaocb: “Mira que tu hermano Esaú va a vengarse de ti matándote … hazme caso: levántate y huye a donde mi hermano Labán” (27,42-45). Toda fraternidad negada es una apertura a la posibilidad del fratricidio. Jacob obedece una vez más a su madre. Se va para no morir, evitando que su fraternidad conozca el mismo epílogo de Caín. La fraternidad en la Biblia no es nunca romántica ni sentimental. Otra salvación que llega “por dispersión” (como en Babel, como en la separación de Abraham y Lot). En el desierto le espera el encuentro decisivo, en un sueño. Allí Jacob se encuentra por primera vez con JHWH, quien le dirige una llamada personal. Desde ese momento JHWH ya no será sólo el Dios de los padres (“JHWH, tu Dios”, le había dicho Jacob a Isaac durante el diálogo del engaño; 27,20), sino que se convertirá también en su Dios, en la Voz que le llama por su nombre. Llegado al desierto, cae la noche y Jacob se duerme. Tiene un sueño: “Una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba los cielos; y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella” (28,12). Y siempre en sueños JHWH le habla: “Yo soy JHWH, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. … Tu descendencia será como el polvo de la tierra … por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (28,13-14). Jacob, el tercer patriarca, el suplantador y el engañador, tiene un encuentro personal con el Dios de la Alianza y de los padres, y la promesa se convierte también en su promesa. Al despertar, exclama: “Así pues, está JHWH en este lugar y yo no lo sabía”. “Esta es la puerta del cielo” (28,16-17).

En la antigüedad, los sueños siempre estaban revestidos del misterio, eran algo serio e importante. También en la Biblia los sueños son lugar de verdaderas teofanías. Los hombres desconocían todavía la existencia del inconsciente y eran libres de soñar soñando y tenían varios lenguajes para escuchar y descifrar las múltiples y diversas palabras de la vida.

Antes de este sueño, Jacob no había recibido una vocación. Era tan solo el “nieto” de Abraham, hijo de la Alianza y de la promesa, pero era un hombre con una conducta ética de perfil bajo, ni mejor ni distinta de la de muchos hombres de su pueblo. El había escuchado los relatos sobre la Alianza y la promesa al atardecer con su familia bajo la tienda y había alimentado la esperanza en su alma. Pero la herencia de la Alianza y la promesa no pasa a través de la sangre; no es un título nobiliario ni se transmite con el apellido. Toda alianza hace referencia al nombre, es una vocación, un encuentro personal con la Voz que llama y que crea una tarea y un destino.

No basta ser hijo o pariente del fundador de una empresa para recoger su herencia moral. Un hijo hereda el estatus, el prestigio y los bienes de los padres, pero si no llega un momento en el que al menos uno de la familia siente una llamada personal a continuar la primera aventura humana y moral, a seguir con el sueño y el pacto que la engendraron, esa empresa muere (o es vendida). Mientras Juana no sea más que la hija de Bruno, el fundador, mientras no llegue un nuevo sueño, el primer pacto muere. La vocación existe, también en nuestro mundo postmoderno y desencantado que parece incapaz de soñar y de escuchar las voces profundas de la vida. Podemos tener ideas distintas acerca de Quién o qué es la voz que llama, pero es un dato de la experiencia que la tierra está llena de vocaciones que la hacen vivir y renacer cada día. No podríamos explicar (o lo haríamos mal) la existencia de artistas, científicos, poetas y misioneros, así como la presencia de muchos emprendedores sociales y civiles, si no tomamos en consideración la categoría de la vocación. Y desconoceríamos dimensiones esenciales de la vida (como la gratuidad) si en la tierra no hubiera personas “movidas interiormente”, que no van detrás de los incentivos sino que siguen una voz.

Noemí llevaba veinte años trabajando para una empresa pública, Un día, un día concreto, sintió que tenía que dejar su trabajo seguro para dar vida con otros socios a una empresa en el sector de las energías alternativas, transformando así sus ideales éticos en un proyecto profesional y social. Un día, un día concreto, Marco leyó “por casualidad” un libro de economía y sintió el deseo de escribir al autor: “Este libro lo has escrito para mí”. Algunos años después, Marco cambió de vida y hoy es un empresario civil y de comunión. Pasión, interés, preferencias… ¡por supuesto! Pero para entender y contar bien estas historias de ayer, de hoy y de siempre, la palabra más fuerte y eficaz es ‘vocación’ (deberíamos escribir un “diccionario de las vocaciones” recogidas en los distintos campos de la actividad humana). La experiencia más auténtica y más fuerte es escuchar interiormente: “Puedes convertirte en algo que aún no eres, y que es la parte mejor de ti mismo”.

Cada persona tiene una vocación, un camino hacia su propia excelencia y hacia el bien común, un “todavía no” que espera convertirse en un “ya”. Pero no todas las vocaciones florecen, porque sin el encuentro con personas y lugares de gratuidad estas voces no se oyen. El ruido de la vida diaria las sofoca, un ruido que en nuestra civilización es demasiado fuerte. Cada vez que una persona descubre, sigue y mantiene una vocación, allí se da siempre un encuentro entre pasado, presente y futuro, entre cielo y tierra, que cambia y mejora el mundo para siempre. A veces esta voz se oye a los 12 años, a veces a los 80. La edad y la salud importan poco. Lo único que cuenta es encontrar un día la “puerta” del cielo y ver a los “ángeles” subir y bajar por la “escalera” que lo une a la tierra y a nuestra vida.

Lorenza es escritora y cuando compone sus relatos ve “bajar del cielo” a la abuela Ana que en los pocos años que pudo ir a la escuela aprendió de memoria las poesías que le recitaba los días de fiesta. Franco, empresario, el día en que por fin pudo inaugurar la sede de su empresa, “subió al cielo’” y le dio las gracias a su bisabuelo Juan, que de niño le transmitió la belleza y la sabiduría de crear con las manos y con el corazón.

Al despertar del sueño-encuentro, Jacob tomó la piedra (28,11) sobre la que había dormido y que había “participado” de su sueño porque también ella estaba viva, “la erigió como estela y derramó aceite sobre ella. Y llamó a aquel lugar Betel, aunque el nombre primitivo de la ciudad era Luz” (28,18-19). En las historias de vocaciones, la geografía tiene el mismo peso que la historia. No hablan sólo los hechos y los documentos, también hablan los lugares. Todos los símbolos son un encuentro entre historia y geografía, palabras y lugares. No podemos entender quiénes son de verdad Madre Teresa y Gandhi sin la India, o Etty Illesum sin la Holanda ocupada por los nazis, o don Oreste Benzi sin algunas oscuras calles de Rimini. También los lugares tienen nombres (es decir, llamada y destino), participan como protagonistas en nuestras historias y vocaciones, porque entre la tierra y los hombres existe una misteriosa pero real ley de reciprocidad. Todo eso el hombre de la Biblia lo sabía muy bien. Nosotros, con nuestra capacidad simbólica atrofiada, lo sabemos peor, pero no lo hemos olvidado del todo. Así, en los momentos de cansancio volvemos, muchas veces por instinto, a los lugares simbólicos de nuestra vida, donde un día concreto y en un lugar concreto, escuchamos la Voz decisiva, para dejarnos amar por ellos, para volver a elegirnos, para volver a soñar el primer sueño y sentirnos llamados por nuestro nombre.

La tierra y el cielo siguen vivos y nos hablan, Y nosotros, como Jacob, seguimos soñándolos y buscando toda la vida la “puerta del cielo” y una “escalera” para alcanzarlo.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/05/2014

descarga el pdf en español

 

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