COMBONIANUM – Spiritualità e Missione

Blog di FORMAZIONE PERMANENTE MISSIONARIA – Uno sguardo missionario sulla Vita, il Mondo e la Chiesa MISSIONARY ONGOING FORMATION – A missionary look on the life of the world and the church

FP 2/2014 – Promesa de Vida.

Promesa de Vida.

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”
(Juan 10,10)

Frei Timothy Radcliffe, O.P.

Promesa de Vida

Cuando Santo Domingo daba el hábito a los hermanos, les prometía “el pan de vida y el agua del cielo”(1). Si queremos ser predicadores de una palabra de vida, tenemos que encontrar el “pan de vida” en nuestras comunidades. ¿Nos ayudan a florecer o meramente a sobrevivir? Muy poco después de haber ingresado yo en la Orden, el entonces Maestro de la Orden Fr. Aniceto Fernández visitó mi Provincia. Solamente me preguntó una cosa, la clásica de todos los visitadores: “¿Estás contento?” Habría esperado alguna cuestión más profunda, por ejemplo acerca de la predicación del Evangelio o de los retos que tenía que afrontar la Provincia. Pero ahora me doy cuenta de que es precisamente eso lo primero que debemos preguntar a nuestros hermanos: “¿Estás contento?”

Hay una manera de estar contentos, una felicidad, que consiste en sentirse vivos, con vitalidad como consagrados, que es la fuente de nuestra misión. No se trata de una alegría inagotable ni de un buen humor inalterable. Supone capacidad de sufrimiento. Puede abandonarnos durante un tiempo, incluso largo. Es un saborcillo de la abundancia de vida que predicamos, la alegría de los que han comenzado a participar de la vida propia de Dios. Deberíamos tener capacidad de gozo, porque somos hijos del Reino. “El gozo es el carácter intrínseco de la vida bienaventurada y de la vida que, por don del Espíritu Santo, se encamina hacia la santidad”(2).

Si queremos construir comunidades con vida en abundancia, tenemos que comenzar siendo conscientes de quién somos y de qué somos, y qué significa para nosotros tener vida como hombres y mujeres, como hermanos y hermanas y como misioneros. No somos ángeles. Somos seres con pasiones, movidos por los deseos animales de alimento y cópula. Esta es la naturaleza que la Palabra de vida aceptó cuando asumió la naturaleza humana. Y no podemos hacer menos. Aquí comienza nuestro viaje hacia la santidad.

Fuimos creados por Dios a su imagen, destinados a gozar de su amistad. Somos capax Dei, tenemos hambre de Dios. Estar vivos significa embarcarnos en la aventura que nos lleva al Reino, y por eso necesitamos comunidades que nos ayuden en este camino. El Señor prometió: “Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ezequiel 36,26). Necesitamos hermanos y hermanas que estén con nosotros cuando nuestros corazones están destrozados y se vuelven tiernos.

Toda persona juiciosa sabe desde siempre que no hay camino hacia la vida que no le lleve a uno a través del desierto. El viaje desde Egipto hasta la Tierra Prometida pasa a través del desierto. Si fuéramos felices y estuviéramos verdaderamente vivos, deberíamos pasar también por ese camino.

Necesitamos comunidades que nos acompañen en esta travesía, que nos ayuden a creer que cuando el Señor lleva a Israel al desierto es para “hablarle al corazón” (Oseas 2, 16). Quizá muchos hermanos y hermanas abandonan la vida religiosa no por ser un poco más dura que antes, sino porque hemos perdido a veces de vista que esas noches oscuras forman parte de nuestro renacimiento como gente que está viva con la alegría del Reino. Así, pues, nuestras comunidades no deberían ser lugares en los que meramente se sobrevive, sino en los que encontramos alimento para el viaje.

Usando una metáfora que desarrollé en otro lugar (3), las comunidades religiosas son como los sistemas ecológicos, concebidos para mantener formas poco comunes de vida. Un espécimen raro de rana necesita su propio ecosistema para florecer, e inicia su azarosa evolución de los huevecillos al renacuajo y a la rana. Si la rana se ve amenazada de extinción, hay que preparar un entorno con alimento, una charca y un clima en el que pueda desarrollarse. Nuestra vida requiere también su propio ecosistema, si queremos vivir en plenitud y predicar una palabra de vida. Pero no basta con hablar de ello; tenemos que planificar y construir diligentemente estos ecosistemas.

Esto incumbe, en primer lugar, a cada comunidad. Toca a los hermanos y hermanas que viven juntos crear comunidades en las que no podamos solamente sobrevivir sino florecer, ofreciéndonos mutuamente “el pan de vida y el agua del cielo”. Esta es la finalidad fundamental del “proyecto comunitario”. Pero sólo tendrá éxito si nos atrevemos a hablarnos mutuamente sobre lo que nos impacta más profundamente como seres humanos y como consagrados. Nicodemo se preguntaba cómo puede uno renacer. Ese es también nuestro problema: ¿cómo podemos ayudarnos mutuamente a la hora de transformarnos para ser apóstoles de vida?

1. LA VIDA APOSTÓLICA

1.1 Una vida desgarrada

Nuestra vida es apostólica. Pero esto podría dar a entender fácilmente que tenemos que estar siempre ocupados, dedicados a mil “apostolados”. No. La vida apostólica no es tanto lo que hacemos como lo que somos, es decir, llamados a “vivir la vida de los apóstoles según el modo ideado por nuestro Fundador. Y la primera característica de la vida apostólica consiste en ser una participación en la vida del Señor. Los apóstoles son los que anduvieron con el Señor “todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros” (Hch 1, 21). Fueron llamados por él, caminaron con él, le escucharon, descansaron y rezaron con él, discutieron con él, y fueron enviados por él. Compartieron la vida de uno que es Emmanuel, “Dios con nosotros”. La culminación de esta vida tuvo lugar en la Última Cena, el sacramento del pan de vida. Aunque uno de ellos se fue pronto, porque tenía mucho que hacer.

Para nosotros, la vida apostólica es más que los diferentes apostolados que hacemos. Es un modo de vivir. Hablando de la predicación, Yves Congar OP escribió: “es una vocación que es la sustancia de mi vida y de mi ser” (4). Si las exigencias de apostolado nos impiden rezar y comer con nuestros hermanos, para compartir su vida, no seremos apóstoles en el pleno sentido de la palabra, por muy ocupados que estemos. El Maestro Eckhart escribió: “La personas no deberían preocuparse tanto acerca de lo que hacen, sino de lo que deberían ser. Si somos buenos y lo son también nuestras costumbres, estaremos radiantes” (5).

Pero esta vida apostólica crea tensiones en nuestro interior. Es el precio y la fuente de su fertilidad. Porque la Palabra de Dios, cuya vida comparten los apóstoles, se extiende y abraza todo lo que está más alejado de él. Según Eckhart, la Palabra sigue estando unida al Padre mientras se desborda sobre el mundo. Nada humano le es ajeno. La vida de Dios se extiende y se abre para encontrar un hueco para todo lo que somos nosotros; se hace como nosotros en todo, excepto el pecado. Toma sobre sí nuestras dudas y temores; entra en nuestra experiencia del absurdo, en ese desierto en el que nada tiene sentido.

Vivir plenamente la vida apostólica significa, pues, descubrir que también nosotros estamos a la intemperie en nuestro interior, en tensión hacia afuera. Ser apóstol no significa solamente hablar de Dios a la gente, sino asumir en nuestras vidas la distancia que hay entre la vida de Dios y la más alejada, alienada y herida. Sólo tendremos una palabra de esperanza si vislumbramos desde dentro las penas y desesperanzas de aquellos a los que predicamos. No tendremos palabras de compasión a no ser que vivamos en cierto modo sus fracasos y tentaciones como nuestros. No tendremos una palabra que pueda ofrecer un significado para la vida de la gente si antes no hemos sido tocados por sus dudas y hemos vislumbrado el abismo. Pienso en algunos de mis hermanos franceses que, después de haber pasado el día enseñando teología e investigando, salen a las aceras por la noche para encontrar a las prostitutas, para escuchar sus aflicciones y sufrimientos y para darles una palabra de esperanza. Jordán de Rivalto, en el siglo catorce, pide a la gente que no sea dura con los frailes si están un poco “sucios”. Forma parte de nuestra vocación: “Estando entre la gente, viendo las cosas del mundo, es imposible que no estén un poco sucios. Son hombres de carne y sangre como vosotros, y en la lozanía de la juventud; es una maravilla que estén tan limpios como están. ¡Este no es un lugar para monjes”! (6).

La vida apostólica no nos procura un “estilo de vida” equilibrado y saludable, con perspectivas de una buena carrera, porque nos desequilibra, nos inclina hacia algo completamente otro. Si participamos así de la vida del Verbo de Dios, nos vaciaremos de nosotros mismos, nos dilataremos hasta conseguir espacio y silencio para que nazca una palabra nueva, como si fuera por vez primera. Somos gente de fe que se emplea a fondo para abrir el corazón a quienes que no creen. A veces no estaremos seguros nosotros mismos de lo que todo eso significa. Somos como los apóstoles, que fueron llamados por Cristo y que caminaron con él hacia Jerusalén, sabiendo que sólo él tenía palabras de vida eterna. Pero discutían sobre quién era el más importante, y muchas veces no tenían ni idea de hacia donde se estaban encaminando.

La vida apostólica nos invita a vivir una tensión. Hemos prometido construir nuestras vidas junto con nuestros hermanos y hermanas. Esta es nuestra casa, no tenemos otra. Pero el impulso de la vida apostólica nos lleva hacia mundos diferentes. Llevó a muchos de nuestros hermanos al mundo industrial, al mundo de las fábricas y sindicatos. A otros los lleva a las universidades. Nos lleva al mundo cibernético del Internet. Esta tensión puede desgarrarnos, porque la única vida que tenemos no está construida ni planeada por nosotros, sino que la recibimos como un don de cada día, el “pan de vida” que prometió Santo Domingo.

1.2. El trabajo en la sociedad contemporánea

Pero en nuestra sociedad contemporánea, esta tensión puede convertirse fácilmente en división. Podemos llegar a ser gente con dos vidas, la vida como consagrados en nuestra comunidad y la vida en nuestro apostolado. Esto se debe a la manera de entender hoy el trabajo. Pero si esto llega a suceder en nosotros, entonces se rompe la hermosa, dolorosa y fértil tensión que existe en el corazón mismo de la vida apostólica, y podemos ser simplemente como una persona que tiene un empleo, y que vuelve cada noche al hotel de la comunidad. Veamos por qué éste es un reto muy especial que tenemos que afrontar hoy.

a) La fragmentación de nuestras vidas

La sociedad occidental contemporánea fragmenta la vida. Los días de la semana se separan del fin de semana, el trabajo del tiempo libre, la vida de trabajo de la jubilación, al menos para los que tienen la suerte de tener un trabajo. Se puede ser profesor de historia durante el día, padre por la noche y cristiano el domingo. Esta fragmentación puede hacernos difícil tener una vida unificada y total. Los consagrados evangelizan en una variedad casi infinita de maneras. Somos párrocos y profesores, asistentes sociales y capellanes universitarios, poetas y pintores. ¿Cómo vivimos esos apostolados como consagrados, miembros de nuestras comunidades? Cuando volvemos a la comunidad por la noche, queremos olvidar los agobios del día, como cualquier otro. Lo que hacemos en el trabajo es “otra vida”.

b) La profesionalización del trabajo

Cada vez se profesionaliza más el trabajo. Para el anuncio del Evangelio nos hacemos muchas veces profesionales cualificados. Se puede obtener un diploma en predicación o un doctorado en estudios pastorales. ¡Ninguno de los llamados por Jesús estaba graduado en “apostolado”! No hay nada malo en esa profesionalización. Tenemos que ser tan cualificados y profesionales como aquellos con los que trabajamos. Pero aun así debemos ser conscientes de las seducciones que tiene ser un “profesional”. Confiere un status y una posición. Da un puesto en una sociedad estratificada. Da identidad y nos invita a un estilo de vida. Podemos traer un salario a la comunidad. Nuestra profesión, ¿nos obliga acaso a movernos por una estrecha vereda con la promoción como única meta? ¿Nos deja libres para responder a peticiones inesperadas de nuestros hermanos y de Dios?

c) La ética del trabajo

Finalmente, en la sociedad occidental ha triunfado la ética del trabajo. Es lo que justifica nuestra existencia. La salvación por el trabajo. Los que no tienen trabajo están excluidos del Reino. Prediquemos lo que prediquemos, no cabe duda que el activismo febril puede sugerir que a veces también nosotros creamos que podemos salvarnos por lo que hacemos. Aunque prediquemos que la salvación es un don, ¿lo vivimos así? ¿Vivimos como aquellos para los cuales la vida, la plenitud de vida, es un don? ¿Miramos así a nuestros hermanos? ¿Competimos entre nosotros para demostrar lo ocupados que estamos y, por consiguiente, lo importantes que somos?

1.3 El desierto de la falta de sentido

Así, pues, ser apóstol significa vivir la vida a la intemperie. Tenemos que participar en cierto modo del Éxodo de la Palabra de Dios, que sale del Padre para asumir todo lo humano. A veces este Éxodo puede llevarnos al desierto, sin un camino aparente hacia la Tierra Prometida. Podemos ser como Job que se sienta sobre un montón de estiércol y proclama que su Redentor vive. Sólo que a veces nos limitamos simplemente a sentarnos en un montón de estiércol. Si nos dejamos tocar por las dudas y creencias de nuestros contemporáneos, podemos encontrarnos en un desierto donde el Evangelio no tiene ya sentido alguno. “Ha vallado mi ruta” (Job 19, 8).

La crisis fundamental de nuestra sociedad es quizá una crisis de sentido. La violencia, la corrupción y la drogadicción son síntomas de una enfermedad más profunda, que es el hambre de un sentido para nuestra existencia humana. Para hacernos apóstoles, Dios puede llevarnos a ese desierto. Y allí colapsarán nuestras antiguas certezas, y el Dios que hemos conocido y amado desaparecerá. Y entonces quizá tengamos que participar en la noche oscura de Getsemaní, cuando todo parece absurdo y sin sentido, y el Padre parece estar ausente. Y, sin embargo, sólo si nos dejamos llevar allí, donde nada tiene ya sentido, podremos oír la palabra de gracia que Dios ofrece a nuestro tiempo: “La gracia se hace presente cuando pasamos, a través de la desesperación, a una afirmación de alabanza” (7).

De frente al vacío, podemos caer en la tentación de querer llenarlo con tópicos creídos a medias, con sustitutos del Dio vivo. El fundamentalismo que vemos tan frecuentemente hoy en la Iglesia es quizá la reacción asustada de quienes estuvieron al borde de ese desierto pero no se atrevieron a soportarlo. El desierto es un lugar de silencio aterrador, que podemos intentar ahogar repitiendo viejas fórmulas con una terrible sinceridad. Pero el Señor nos lleva al desierto para mostrarnos su gloria. Por eso dice el Maestro Eckhart: “Manténte firme y no vaciles en tu vacuidad” (8)

1.4 Comunidades de vida apostólica

¿Cómo pueden nuestras comunidades apoyarnos en esta vida apostólica? ¿Cómo podemos sostenernos mutuamente cuando un hermano o hermana se encuentran en este desierto, donde absolutamente ya nada tiene sentido?

a) El apóstol es el enviado.

¡Los apóstoles no solicitaron un empleo! Entregamos nuestras vidas para poder ser enviados a misión. En la mayor parte de las comunidades hay un ritmo regular de salir por la mañana y volver por la noche. Pero no salimos precisamente a trabajar, como podría hacerlo un profesional que sale de su casa. Es la comunidad la que nos envía.

Y “Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho” (Lucas 9, 10). ¿Escuchamos nosotros lo que hicieron nuestros hermanos durante el día cuando vuelven por la tarde? ¿Les damos oportunidad para que compartan con nosotros los retos que encuentran en sus apostolados? Nosotros estamos en la parroquia o en el aula, por ellos, de su parte, representándolos. La comunidad está presente aquí, en este hermano o hermana.

¿Cómo pueden las oraciones que compartimos por la mañana y por la tarde ser no solamente el cumplimiento común de una obligación sino parte del ritmo de la comunidad que envía a sus miembros y los recibe a su vuelta? ¿Rezamos por y con nuestros hermanos en sus apostolados? Si no es así, ¿cómo puede llamarse apostólica nuestra comunidad? Puede convertirse exactamente en un hotel.

b) En nuestras comunidades, compartir nuestra fe y nuestras dudas.

Para la mayor parte de nosotros, especialmente para muchos de los que entran hoy en nuestras comunidades, no basta con recitar juntos los salmos. Necesitamos compartir la fe que nos trajo a la vocación y que nos mantiene hoy. Este es el fundamento de nuestra fraternidad. Quizá sólo podamos hacerlo con titubeos, con timidez, pero aun así podemos ofrecer a nuestros hermanos y hermanas “el pan de vida y el agua del cielo”.

Debemos ser también capaces de compartir nuestras dudas. Es, sobre todo, cuando el hermano entra en ese desierto donde nada tiene ya sentido, cuando debemos dejarle hablar. Tenemos que respe­tar sus luchas y no aplastarlo nunca. Si un hermano se decide a compartir esos momentos de oscuridad e incomprensión y nos atrevemos a escucharle, puede ser el mejor regalo que jamás haya recibido. El Señor puede llevar a un hermano a la noche oscura de Getsemaní. ¿Podríamos ir a dormir mientras él está sufriendo? Nada une más íntimamente a una comunidad que una fe que luchamos por conseguir juntos. Puede ser en una facultad teológica o en un barrio pobre de Latinoamérica. Esforzándonos juntos para dar un sentido de quiénes somos y a qué estamos llamados a la luz del Evangelio seguramente que nos asombraremos del Dios que es siempre nuevo e inesperado del todo. Podemos incluso sorprendernos de encontrarnos y descubrirnos mutuamente, como si fuera por vez primera.

2. LA VIDA DE ORACIÓN

“A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15) Quien es tocado por la abundancia de vida ama desinteresadamente, espontánea y alegremente. Su corazón de piedra se convierte en un corazón de carne. Esta profunda transformación de nuestra humanidad implica, según nuestra tradición, estudio y oración al mismo tiempo. Jordán de Sajonia nos dice que ambos nos son tan necesarios como comer y beber. Mediante el estudio rehacemos el corazón humano, descubrimos esa “formación del entendimiento por lo cual el entendimiento se transforma en amor” (9). Ambos, estudio y oración, pertenecen a la vida contemplativa a la que está llamado el apóstol. Expondré aquí unas ideas sobre la oración y la vida.

2.1 Comunidad de la Palabra

Al final de la mayor parte de las visitas canónica, el visitador suele hacer algunas observaciones edificantes acerca de la necesidad de la oración. Inclinamos la cabeza sabiamente y hacemos algunos vagos propósitos. ¿Se tiene la impresión de que lo que está en juego es cómo esos huesos secos pueden revivir? Cuando nace un niño, sus padres comienzan a hablarle inmediatamente. Mucho antes de que pueda entender, el niño es alimentado con palabras, bañado y tranquilizado con palabras. Su madre y su padre no hablan a su hijo para transmitirle informaciones. Le están hablando para despertarle a la vida. Se humaniza en ese mar de lenguaje. Poco a poco será capaz de encontrar un lugar en el amor que comparten sus padres. Se va desarrollando hacia una existencia humana.

También nosotros somos transformados por inmersión en la Palabra de Dios dirigida a nosotros. No leemos la Palabra para buscar información. La consideramos, la estudiamos, la meditamos, vivimos con ella, la comemos y la bebemos. “Queden grabadas en tu corazón estas palabras que yo te mando hoy. Se las repetirás a tus hijos, se las dirás tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Dt 6,6). Esta palabra de Dios actúa en nosotros, nos hace humanos, nos trae a la vida formándonos en esa amistad que es la verdadera vida de Dios.

Unos amigos míos adoptaron a un niño. Lo encontraron en la sala de un gran hospital en Saigón, huérfano de la guerra vietnamita. Durante los primeros meses en la sala del hospital nadie había tenido tiempo para mirarle ni hablarle. Creció incapaz de sonreír. Pero sus padres adoptivos le hablaban y le sonreían, con una amorosa dedicación. Recuerdo el día en que sonrió por vez primera. La Palabra de Dios nos alimenta para que seamos humanos e incluso capaces de devolverle la sonrisa a Dios. Una comunidad que ofrece vida es aquella en la que encontramos esta palabra de Dios atesorada y compartida. No basta con decir más oraciones. Pueden sofocarnos, sobre todo cuando se dicen a gran velocidad.

2.2 Comunidades de celebración y silencio

Según va creciendo el niño, va dejando de chillar y siendo capaz de usar la palabra y el silencio. Aprenderá a hablar y a escuchar. Sucede igual con nosotros, construir comunidades de oración implica más que añadir otro salmo en las vísperas. Debemos crear un entorno en el que podamos hablar y escuchar, alegrarnos y estar en silencio. Este es el ecosistema que necesitamos si queremos florecer.

Hablar a Dios es, ante todo, pedir lo que queremos. No es ésta una actitud infantil sino realista. Nos demuestra que estamos despertando del pequeño mundo de fantasía del mercado donde todo se vende, y reconociendo que en el mundo real todo es un don de aquél que es “el autor de nuestros bienes” (10). Cuando oramos juntos, ¿osamos pedir a Dios aquello que más profundamente deseamos? ¿Recitamos meramente unas pocas peticiones del breviario?

El éxodo del Egipto de la auto-obsesión es un momento de éxtasis. Somos liberados del oscuro y restringido pequeño mundo del ego. Como Miriam después de haber atravesado el Mar Rojo, estaremos seguramente exuberantes. Exultaremos por haber entrado en los amplios y abiertos espacios de la amistad de Dios. David danzó frenéticamente ante el arca; María exultó en el Señor y en las maravillosas cosas que hizo por ella. La oración del apóstol debería ser exultante, sin duda alguna, extática. Estamos llamados a “alabar, bendecir y predicar”. Cuando el salmo dice: “Cantemos al Señor un canto nuevo”, ¡hagámoslo, pues! ¿Celebramos la liturgia y exultamos juntos en el Señor que hizo cosas maravillosas por nosotros? ¿La vemos como una mera obligación que tenemos que cumplir? Es una obligación, por supuesto, la obligación más solemne que procede de la amistad. Y nos encanta hacer cosas por nuestros amigos.

Eckhart escribió que “el mejor y más noble logro en esta vida consiste en estar en silencio y dejar que el Señor actúe y hable dentro de nosotros” (11). No hay amistad sin silencio. Si no hemos aprendido a pararnos, a estar en silencio y a escuchar al otro, permaneceremos encerrados en nuestro pequeño mundo, del que somos el centro y los únicos habitantes reales. En el silencio hacemos el maravilloso y liberador descubrimiento de que no somos dioses, sino precisamente criaturas.

Es el silencio que prepara el camino para la predicación. Ignacio de Antioquía dijo que la Palabra vino desde el silencio del Padre. Era una palabra fuerte, clara, decisiva y verdadera, porque había nacido en el silencio. “Él no fue sí y no; en él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él” (2 Cor. 1, 19). Nuestras palabras adolecen con frecuencia de autoridad, porque son sí y no; insinúan y empujan; están coloreadas por insinuaciones y ambigüe­dades, son portadoras de pequeños dardos y resentimientos. Tenemos que crear un silencio en el que puedan concebirse y compartirse palabras verdaderas.

¿Cómo podríamos redescubrir ese silencio en nosotros mismos y en nuestras comunidades? Según mi experiencia, no hay otro camino que tomarse sencillamente el tiempo para estar en silencio en la presencia de Dios cada día. Para ese silencio contemplativo necesitamos la ayuda mutua. Necesitamos comunidades que nos ayuden a progresar en silencio tranquilo. Un monje budista dijo a Merton: “Antes de que puedas meditar tienes que aprender a no dar portazos”. Toda comunidad necesita reflexionar sobre cómo puede crear tiempos y lugares de silencio.

No se trata del silencio depresivo del depósito de cadáveres que a veces encontrábamos en el pasado, un silencio que excluye a los demás. Ansiamos un silencio que nos prepare para la comunicación, más bien que bien para rechazarla. Es el confortable silencio que se produce antes y después de haber hablado, y no el silencio desagradable de quienes no tienen nada que decirse.

Cuando era niño, mi hermano menor y yo íbamos con frecuencia a los bosques a buscar animales y pájaros. El secreto consistía en aprender a estar juntos en silencio. Era una comunión en una espera compartida. Ojalá podamos encontrarla nosotros mientras esperamos juntos la palabra que puede llegar.

2.3 El desierto de muerte y resurrección

Jesús nos llama a tener vida y a tenerla en abundancia. Esta es la Buena Nueva que predicamos. Pero hemos visto que al responder a esta llamada podemos encontrarnos caminado hacia el desierto. Como predicadores de la Palabra, podemos descubrir que no tenemos ninguna palabra que ofrecer, que nada tiene ya sentido. Como predicadores del amor de Dios, descubrimos que estamos afligidos, solos y abandonados. Como invitados a encontrarnos a nosotros mismos en la vida misma de Dios, nos confrontaremos con nuestra mortalidad. Somos criaturas y no dioses, y tenemos que morir. Entonces podemos gritar como los Israelitas a Moisés en el desierto: “¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?” (Ex 14, 11). Entonces debemos “mantenernos firmes y no vacilar en nuestra vacuidad”, confiando en que se dará vida.

¿Cómo podemos apoyarnos y animarnos mutuamente al hacer frente a la mortalidad? En primer lugar debemos estimularnos mutuamente con la libertad de Jesús. Sabiendo que el Hijo del hombre debía morir, se encaminó hacia Jerusalén. Es una libertad que constaté algunas veces en hermanos y hermanas, que daban sus vidas. Años antes de ser asesinado, Fr. Pierre Claverie, obispo de Orán, tomó el camino de Jerusalén. En 1994 dijo en un sermón: “He militado por el diálogo y la amistad entre la gente, las culturas, las religiones … Todo esto merece probablemente la muerte y estoy dispuesto a asumir el riesgo” (12).

La libertad de Jesús ante la muerte tuvo su culminación la noche antes de morir, cuando tomó su cuerpo y lo dio a sus discípulos, un gesto de libertad sorprendente. Esto es lo que tenemos que hacer juntos de cara a la mortalidad. Recuerdo una mañana de Pascua en Blackfriars, celebrando la eucaristía con un hermano que se estaba muriendo de cáncer. Toda la comunidad estaba agrupada en su habitación. Después bebimos un champán en honor de la resurrección.

La eucaristía no debería ser el centro de nuestra vida común porque nos sentimos unidos, ni para llegar a ello. Es el sacramento de esa vida abundante que es puro don, el “pan de vida” que Domingo prometió que encontraríamos en la Orden. Lo recibimos juntos, ofreciéndonos mutuamente alimento para el desierto. Vivimos el sentido de la eucaristía dejando que cada uno sea libre, contagiándonos mutuamente con la inconmensurable libertad de Cristo. Puede suceder esto en la pequeña libertad del perdón libremente otorgado, o permitiéndonos romper alguna vieja rutina de la vida, asumiendo un riesgo.

Dejamos el control de nuestra vida. Como escribió el P. Lacordaire: “Voy a donde Dios me lleva, inseguro de mí pero seguro de Él”. De todas esas maneras nos dejamos llevar por la fuerza arrolladora del Espíritu que procede del Padre y del Hijo, exclamando dentro de nosotros “Abba Padre”. Como dice Eckhart, “Nosotros no suplicamos, somos suplicados”. Cuando entramos en la libertad y espontaneidad es cuando estamos más vivos. Nos dejamos envolver por el movimiento, como un bailarín que se deja poseer por el ritmo y encuentra en él gracia y libertad.

La sabiduría danzaba en presencia de Dios mientas creaba el mundo. Santo Tomás dice que la contemplación de una persona sabia es como un juego, porque es agradable y porque se hace por sí misma. “La seriedad implacable presagia una falta de virtud porque desdeña completamente lo lúdico, que es tan necesario para la vida humana como el descanso” (13). La abundancia de vida desemboca en el carácter alegre de quienes se han liberado del peso de ser pequeños ídolos.

Podemos dejar a un lado esa terrible seriedad de quienes piensan que llevan el peso del mundo sobre sus hombros. Nuestras comunidades podrán ser entonces lugares en los que comencemos a conocer la felicidad del Reino..

Carta del 25 de febrero, Miércoles de Ceniza 1998
(texto parcial con cortes y adaptaciones)

(1) STEPHEN DE SALAGNAC, 1.9, ed. Thomas Kaeppeli OP, MOPH XXII, (Roma 1949), p. 81

(2) C. ERNST, OP, The Theology of Grace (Dublín 1974), p. 72

(3) T. RADCLIFFE La Identidad del religioso hoy, Discurso a la Conferencia de Superiores Mayores de los Estados Unidos, 1996.

(4) Y. CONGAR, “What is my licence to say what I say”, en Dominican Ashram 1982, p. 10

(5) M. ECKHART, Die deutsche Predigten und lateinischen Werke (Stuttgart 1936), vol V, p. 197

(6) G.DA RIVALTO, Prediche del b. Fra Giordano da Rivalto, ed. de A.M.Bisconi e D.M.Manni (Firenze 1739), p. 9

(7) C. ERNST, op. cit, p.72

(8) M. ECKHART, Sermons and Treatieses, trad. M O’C Walshe vol. 1, (Londres 1979), p.44.

(9) ALBERTO MAGNO, Sermón, en Recherches de Théologie Ancienne et Médiévale 36, 1969, p.109

(10) TOMAS DE AQUINO, op.cit, II-II, 83, 2, ad 3m.

(11) WALSHE, vol. I, p. 6 20

(12) P. CLAVERIE, OP, Sermón en la muerte del hno. Henri y de la hna. Paule-Helène, en La Vie Spirituelle, octubre 1997, p. 764.

(13) H. RAHNER SJ, Der Spielende Mensch, coment. a la Etica a Nicómaco, IV, 1b 854, (Rhem Verly 1949).

 

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Questa voce è stata pubblicata il 01/03/2015 da in Artículo mensual, ESPAÑOL, Vocación y Misión con tag , , , .

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San Daniele Comboni (1831-1881)

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Combonianum è stata una pubblicazione interna nata tra gli studenti comboniani nel 1935. Ho voluto far rivivere questo titolo, ricco di storia e di patrimonio carismatico.
Sono un comboniano affetto da Sla. Ho aperto e continuo a curare questo blog (tramite il puntatore oculare), animato dal desiderio di rimanere in contatto con la vita del mondo e della Chiesa, e di proseguire così il mio piccolo servizio alla missione.
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