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Domund 2016 – Romper con la inercia


tgb-46


El hombre es relación: no puede vivir para sí mismo. Dios le ha hecho capaz de darse, y su realidad más profunda solo aflora y se consolida en la medida en que sale hacia el otro. La falsa seguridad que nos proporciona el no movernos de nuestro ámbito, para no afrontar dificultades imprevistas ni perturbar nuestra paz, solo lleva al estancamiento. Al contrario, salir de uno mismo puede implicar riesgos, y hasta fracasos y equivocaciones, pero siempre será mejor que el “moho” que crea la instalación en nuestras comodidades.

Es lo que, en términos de Iglesia, y frente a la tentación de mirar hacia dentro, ha expresado el papa Francisco: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Evangelii gaudium, 49).

Es cierto que los motivos para salir físicamente hacia otro lugar pueden ser muy variados. En unos casos, puede tratarse de un viaje gratificante, por motivos de placer, laborales o de estudios. En otros, tristemente, de un desplazamiento forzado y cargado de sufrimientos, como el de tantos inmigrantes y refugiados, expulsados de sus tierras por el hambre, las guerras, las ideologías totalitarias… Pero hay todavía otro “salir”, que, a diferencia del primero, no se centra en las posibles ventajas para quien lo realiza, sino que es un vencimiento del yo; y que, al contrario que el segundo, no viene provocado por imposiciones de otros, sino que es fruto de una radical libertad. Es el “salir” que nos enseñan los misioneros.

El estilo de vida de estos hombres y mujeres es una propuesta a contracorriente para la sociedad actual. En contraste con el individualismo que se pone de espaldas a las necesidades de la humanidad para centrarse en las propias –a veces, creadas–, la generosidad de los misioneros supone una auténtica contribución social, que ayuda a ver al otro como hermano y no como enemigo, y a hacer posible que entre todos tejamos una red de solidaridad y justicia. Su entrega y disponibilidad para el servicio son el contrapunto del gran pecado de la indiferencia, y una muestra evidente –y reconocida hasta por las voces más recalcitrantes– de lo que es la Iglesia que vive las exigencias del Evangelio.

DEL AISLAMIENTO AL ENCUENTRO

El lema elegido para este DOMUND, en su 90 “cumpleaños” –la Jornada fue instituida por Pío XI en 1926–, está completamente en sintonía con el Magisterio de Francisco, que con tanta vehemencia nos anima a vencer comodidades y a salir. Las palabras de Dios a Abrahán, “Sal de tu tierra” (Gén 12,1), son también una invitación a nosotros, cristianos llamados a abandonar la inercia y a dejar los recintos cerrados, para salir al encuentro del necesitado; es decir, a romper el círculo “de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad” (EG 8), para ser una “Iglesia en salida” (EG 24). Porque –dicho ahora con palabras de san Juan Pablo II, aunque parezcan de Francisco– “una Iglesia cerrada en sí misma, sin apertura misionera, es una Iglesia incompleta o una Iglesia enferma” (Mensaje DOMUND 1981).

El misionero es el mejor ejemplo del cristiano que deja de mirarse a sí mismo, y vence los propios egoísmos y miedos, porque se fía del Señor, que ha prometido darle “otra tierra”: la “tierra sagrada” del otro como hermano; la “tierra sagrada” del que sufre necesidad y en el que Cristo pobre se manifiesta misteriosamente.

La salida de los misioneros y misioneras nace de la interiorización y no del impulso, e implica, además de esa confianza absoluta en Dios, un trabajo propio de preparación espiritual y cultural. Y no solo una vez: las que hagan falta, como vemos en tantos misioneros que han tenido que abandonar un territorio, después de mucho esfuerzo por inculturarse y ser uno más entre su pueblo, para ir a otra región donde su presencia se hace más necesaria.

El misionero “sale de su tierra” porque el Evangelio “sale de su corazón”, queriendo llegar a tantos pueblos que no han oído hablar de Cristo. Sin olvidar que, cuando se habla de la labor misionera, no hay contraposición entre evangelización y ayuda en los diversos campos de promoción de la persona, porque, como expresó el beato Pablo VI, “la actividad misionera anuncia el Evangelio y abre el camino al desarrollo humano” (Mensaje DOMUND 1970).

SIN TIRAR BALONES FUERA

Año tras año, la Jornada Mundial de las Misiones nos pide que tengamos siempre presentes las necesidades del mundo y la impresionante labor callada de esos misioneros que se dejan la piel al servicio de los demás, en los lugares más  olvidados o difíciles. Todo el “Octubre Misionero” es un tiempo especial para recordar que la misión es expresión de la universalidad de la Iglesia, que se preocupa también, y de manera especial, de quienes no conocen el Evangelio, en las periferias de cualquier tipo y hasta los confines del orbe. Lo que se nos solicita es que no dejemos de poner nuestro grano de arena y de confiar en Aquel que puede hacer fructificar cada mínimo gesto realizado en favor de esta tarea inmensa.

El DOMUND nos anima a colaborar con nuestra oración y nuestra ayuda económica, pero también a que cambiemos las actitudes que nos encierran en las preocupaciones particulares, por otras disposiciones que ensanchan la mirada y el corazón a los horizontes de toda la humanidad. No vale tirar balones fuera, convirtiendo esto en un deseo etéreo, porque hablamos de un paso bien concreto y posible: “«salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana”, según dice el papa Francisco en su Mensaje para esta Jornada. Es hacer de la propia vida un don gratuito, un signo de la bondad del Señor.

Permitir que, a través de nuestras obras de misericordia, alcance a los demás esa ternura del amor materno de Dios es el primer “movimiento misionero” que podemos abrigar en nuestro interior. Pero es que realmente el mundo, cada persona, tiene ansia de Dios, y no logrará saciarla si nosotros, individual y comunitariamente, “en Iglesia”, no le ofrecemos la palabra que se lo anuncie. Si esto es así respecto a nuestro entorno más cercano, cómo no iba a serlo cuando se trata de cumplir el mandato misionero del Señor y de hacer efectivo el derecho de todas las personas y culturas de recibir el anuncio de la salvación que transforma la vida.

Por eso, es inevitable escuchar el “Sal de tu tierra” como una invitación a plantearse y, en su caso, acoger la vocación misionera. Es necesario que haya nuevas personas abiertas y dispuestas a “pasar a la otra orilla”, urgidas por todos esos pueblos que aún no han oído hablar de un Dios que es amor, bondad y ternura. Hacen falta más testigos de Jesucristo que salgan “de su patria y de la casa de su padre” para recorrer los caminos del mundo y llegar a todas esas periferias que necesitan la luz del Evangelio, y especialmente a los pobres. También esto forma parte de nuestra responsabilidad misionera: pedir al Señor que nos envíe vocaciones para la misión ad gentes y nos impulse a todos a dejar atrás la inmovilidad, para participar en una renovada “salida” misionera de la Iglesia.

Rafael Santos
http://www.revistailluminare.es


 

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Questa voce è stata pubblicata il 19/10/2016 da in ESPAÑOL, Vocación y Misión con tag , .

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