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FP.esp 2/2017 Profecía de la existencia y presencia amorosa de Dios en la vida consagrada

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Profecía de la existencia y presencia amorosa de Dios
en la vida consagrada
Hno. Álvaro Rodríguez Echeverría, FSC

INTRODUCCIÓN

Palabra que llegó a Jeremías de parte del Señor, en estos términos: “Baja ahora mismo al taller del alfarero, y allí te haré oír mis palabras”. Yo bajé al taller del alfarero, mientras él trabajaba en el torno. Y cuando la vasija que estaba haciendo le salía mal, como suele pasar con la arcilla en manos del alfarero, él volvía a hacer otra, según le parecía mejor. Entonces la palabra del Señor me llegó en estos términos: ¿No puedo yo tratarlos a ustedes, casa de Israel, como ese alfarero? —oráculo del Señor—. Sí, como la arcilla en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano, casa de Israel. (Jr 18,1-6).

La amorosa relación de Dios y su pueblo y el paciente y lento proceso de creación y recreación… que lleva a cabo, tal como nos los hace intuir esta hermosa metáfora de Jeremías, creo que conviene muy bien al proceso histórico que estamos viviendo en la Vida Consagrada hoy. Una Vida Consagrada que en las manos amorosas de Dios debe dejarse modelar para responder mejor a su proyecto de salvación. Y creo, también, que la siguiente metáfora de Eduardo Galeano, ejemplifica muy bien el proceso que está viviendo nuestra Vida Consagrada: A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos. Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición, entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia. Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla.

A todos se nos pide estrellar esa maravillosa vasija que hemos heredado, contemplado, amado y recreado, recoger los pedacitos e incorporarlos a nuestra arcilla, para vivir una nueva etapa en esta maravillosa aventura de la que somos protagonistas. Y vivir este momento como un momento sorprendente de nuestra secular historia, en el que debemos abrirnos al Espíritu que como el viento sopla y no sabemos de dónde viene ni a dónde va (Jn 3,8). Se trata como se repitió muchas veces en el Seminario de Vida Consagrada de no renunciar a lo no negociable y al mismo tiempo responder con creatividad a la realidad cambiante que hoy vivimos. Ambas actitudes parten del Evangelio. Lo no negociable son fundamentalmente los valores del Evangelio que han dado origen a nuestros carismas. La creatividad que se nos pide, es una creatividad evangélica, capaz de responder a la voluntad salvífica del Dios de Jesucristo, que quiere que todos tengan vida y vida en abundancia (Jn 10,10). La continuidad, como lo expresaba la Hna. Sandra Schneiders, son los elementos constitutivos radicales y la discontinuidad el contexto histórico que hoy vivimos. Tener en cuenta estas dos dimensiones nos permite evitar caer en un esencialismo a-histórico, o en un existencialismo sin raíces. Se trata, como también se repitió muchas veces de una identidad en camino.

HACIA UNA ESPIRITUALIDAD UNIFICADA.
Hijos del cielo e hijos de la tierra

Lo no negociable y la creatividad evangélica tienen mucho que ver con la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestra relación con Él. Porque se trata de vivir una espiritualidad unificada y unificante, sin dualismos ni falsas opciones reduccionistas. Este fue un tema muy presente en el Seminario y para mí una de las ideas centrales de la Vida Consagrada, especialmente la apostólica. Como lo expresaron hace ya muchos años un grupo de teólogos se trata de: un llamado para estar con Cristo entregado totalmente a realizar la misión de enviado del Padre; un llamado a la unión con Él, que vive entre los hombres y entrega su vida por ellos; en una palabra, vivir en unión con Él que ‘pasó haciendo el bien’ (Hch 10,38) y ‘dio su vida como rescate por muchos’ (Mt 20,28)” (UISG Bulletin 62, 1983, nº 34).

Como decía la Hermana Mary Maher: todo religioso apostólico es llamado y enviado. Podíamos decir, también que en el envío está la llamada. Esto supone para nuestra espiritualidad que el mundo lejos de ser un obstáculo a nuestro encuentro con Dios, es el camino normal en donde Dios se nos manifiesta, como presencia o ausencia, pero siempre a partir de la iniciativa de su amor gratuito: Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito (Jn 3,16). Y es, al mismo tiempo el lugar, donde debemos prolongar su presencia.

Jesús en el Evangelio de San Juan, nos presenta de una manera maravillosa la unidad que debemos vivir en nuestra espiritualidad entre el Dios Trinidad, nuestra comunidad, y el mundo: Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Esa gloria que me diste se la di a ellos para que sean uno como tú y yo somos uno. Así seré yo en ellos y tú en mí y alcanzaran la perfección en esta unidad. Entonces el mundo reconocerá que tú me has enviado y que yo los he amado como tú me amas a mí (Jn 17,21-23).

Nuestro participar en la gloria y vida trinitaria nos hace continuadores de Jesús enviado del Padre y testigos del amor del Padre revelado en Jesús, con la fuerza del Espíritu, para la vida del mundo. Esta experiencia, a la vez contemplativa y cargada de acción nos hace sentir, en palabras de Teilhard de Chardin, hijos del cielo e hijos de la tierra en profunda unidad interior, sin que lo uno ahogue lo otro. Ésta es también la manera de hacer nuestra la invitación de San Pablo: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa y agradable a Dios; tal será vuestro culto espiritual (Rom 12,1). Creo que el Congreso del año 2004 había intuido muy bien esta profundad unidad al invitarnos a vivir una doble pasión: por Dios y por la humanidad.

¿No podríamos preguntarnos si no estamos viviendo la crisis, palabra ambigua y, al mismo tiempo, llena de posibilidades y nuevas oportunidades, demasiado centrados en nosotros mismos, en nuestras instituciones, en nuestros proyectos, en el número de nuestros candidatos, en asegurar un futuro económico, asumiendo la cultura del marketing y del management, en busca de eficacia y rendimiento, olvidando un poco la sabiduría de las bienaventuranzas? Enzo Bianchi nos invita a leer esta crisis no en un sentido de decadencia espiritual o moral, sino más bien como una “tribulación” en sentido paulino (Rom 5,3; Rom 8,18; 2Cor 1,3-4.; Heb 12,6) frente a un futuro que avanza impetuosamente. Una “debilidad” (2Cor 12,10) en la cual se hace presente la fuerza de Dios. Como un éxodo, un evento pascual, en el cuál alguna cosa ciertamente muere, pero al mismo tiempo, renace en la continuidad de lo que en la vida religiosa es fundamental (Cf. Asamblea CISM, noviembre 2010).

ESPIRITUALIDAD EN TENSIÓN DINÁMICA:
místicos y profetas

Como religiosos estamos llamados a ejercer un ministerio profético, junto al Pueblo de Dios, del que somos parte. Este ministerio cobra hoy nueva fuerza y urgencia porque estamos viviendo un momento difícil en la historia de la Iglesia y de la sociedad. Como nos dice el carmelita Ciro García: Vivimos en una época que algunos han parangonado al exilio. Al igual que Israel se encontró despojado de todas sus seguridades (el templo, lugar de la presencia de Dios) también en la vida consagrada, especialmente en occidente, hemos perdido muchos puntos de seguridad y se ha abierto paso a la búsqueda. El exilio es también una experiencia espiritual: “Salí tras ti clamando, y eras ido” (Juan de la Cruz); una ocasión para retomar el camino de la consagración y de la misión con renovada esperanza.

Como religiosos hoy se nos invita a ser místicos y profetas. La experiencia mística nos permite sentir la irrupción de Dios en lo más profundo de nuestro ser. La experiencia profética, a su vez, es una llamada que nos viene de fuera y que exige la realización de una acción transformadora en la historia de acuerdo al proyecto de Dios. Vita Consecrata nos presenta al profeta Elías como prototipo de nuestra dimensión profética, profeta audaz y amigo de Dios. Vivía en su presencia y contemplaba en silencio su paso, intercedía por el pueblo y proclamaba con valentía su voluntad, defendía los derechos de Dios y se erguía en defensa de los pobres contra los poderosos del mundo (cf. 1 Re 18-19) (VC 84). Pasión por Dios, pasión por nuestro pueblo.

Dios y los pobres, mística y profecía son una llamada a ir a lo esencial. Como proféticamente lo expresó Dietrich Bonhoeffer, en la antesala de su martirio: Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, como si fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres. Todo el pensamiento, todas las palabras y toda la organización en el campo del cristianismo, han de renacer partiendo de esta oración y de esta actuación cristiana… (Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio, Sígueme, 2008, pág. 168). Dios es el absoluto de nuestras vidas. Nuestra vocación encuentra en Él su motivación más profunda. Por Él suspiramos y a Él buscamos, su proyecto salvífico da sentido a lo que hacemos, buscar su gloria es nuestro objetivo existencial. Pero, como muy bien sabemos, su gloria es que el hombre viva. Una vez más, no podemos separar lo que Dios ha unido.

La espiritualidad del Exilio debe iluminarnos en relación a la imagen de Dios que hoy debemos hacer presente con nuestras vidas. Como en el Exilio los profetas presentaron al Dios que antes estaba vinculado al Templo, a la Monarquía, al culto oficial, de una manera más cercana a la gente, más familiar y consoladora, como padre (Is 63,16), como madre (Is 43,3), como marido (Is 54,4-5), como hermano mayor (Is 41,14), así también nuestro lenguaje y testimonio deben hacer presente a nuestros contemporáneos su rostro compasivo y lleno de ternura.

Pero es sobre todo la revelación de Dios hecha por Jesús la que nos debe impulsar y motivar. La experiencia de Dios como Padre-Madre es el corazón del Evangelio. Jesús se identificó con su voluntad, y esta voluntad no era otra que el Reino de Dios, en el que todos puedan alcanzar la felicidad plena. Jesús entendió su misión como un servicio en el que la prioridad la tenían las personas, a las que acogía con ternura y respeto. Jesús no sólo hablaba de Dios sino que lo revelaba comunicando su propia experiencia de Hijo, era la presencia de Dios en la historia.

Nuestra misión, independientemente del lugar en que nos encontremos, no es en realidad nuestra misión sino la missio Dei, como nos lo recordó el Seminario, de la cual somos instrumentos. Y esta misión consiste, ciertamente, en hacer llegar el Evangelio a todas partes, como nos lo dice Mateo, pero también en hacer sentir a cada persona que es amada y es digna de respeto y aprecio, como nos lo dice San Juan. San Pablo lo sintetizó muy bien cuando afirmaba a los tesalonicenses: Tanto amor les teníamos que ansiábamos entregarles no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. ¡A tal punto llegaba nuestro amor por ustedes! (1Ts 2,8).

Especial atención debe tener para nosotros la humanidad doliente a la que tenemos que acercarnos desde la ternura y compasión de Dios. La escritora Susana Tamaro, al comentar el nuevo Dicasterio Vaticano sobre la Evangelización, decía si no es más importante que los hombres y mujeres de Iglesia estemos más cercanos a la gente, en actitud humilde, eliminando moralismos y prejuicios, sed de poder y aires de superioridad y añadía: Faltan padres y madres espirituales, personas creíbles, que hayan hecho un camino, que conozcan la complejidad y las contradicciones de la vida y que, con humildad y paciencia, sepan acompañar a las personas a lo largo de su itinerario, sin juzgar y sin pedir resultados. En el padre o en la madre espiritual, no hay nada de nuevo, más bien algo extraordinariamente antiguo: la sed de un alma que encuentra otra alma en grado de ayudarla a buscar el agua (Corriere della Sera, 2 de agosto 2010).

ESPIRITUALIDAD DE PRESENCIA:
discípulos y testigos

En un mundo y en una sociedad que ha querido exiliar a Dios de las decisiones políticas de los Estados, del tejido de la vida social y hasta de la conciencia de las personas, los religiosos, como discípulos de Jesús, estamos llamados a ser testigos de la presencia amorosa de Dios y prolongarla con nuestra vida, no tanto como cruzados que defienden una idea, sino como testigos que comparten una experiencia. Hoy vivimos una gran ambigüedad. De una parte un secularismo dominante, pero por otra, nuevos brotes de religiosidad, revalorización de lo sagrado y especialmente en los jóvenes, una inquieta búsqueda de espiritualidad. Pero al parecer, como lo decía la Hna. Sujita para la India, estos valores nuestros contemporáneos los buscan en otra parte. Creo que Enzo Bianchi tiene razón cuando nos dice que el verdadero problema hoy es el de una vida religiosa cada vez menos atractiva y siempre más anacrónica para las nuevas generaciones, que no logran encontrar en ella, con razón o equivocadamente, el espíritu evangélico y la posibilidad de un seguimiento concreto, durante toda la vida del Señor Jesús. (idem).

Como se compartió en el Seminario, necesitamos hoy un nuevo lenguaje e iconos significativos como ya lo hizo el Congreso del 2004. No sólo una teología narrativa, sino también una theopatía, porque se trata de transmitir una experiencia concreta vivida apasionadamente: lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos. Lo que hemos mirado y han palpado nuestras manos… eso les anunciamos (1Jn 1,1-2). En el Seminario también se decía que el único lenguaje capaz de llegar al corazón de los demás es aquel que nace de la experiencia y está avalado por ella. Debemos, por consiguiente, ser testigos de una presencia que ha transformado nuestras vidas y que tiene un potencial enorme para transformar la vida de los demás y del mismo cosmos.

Este nuevo lenguaje se hace indispensable en la lectura de nuestros votos, que no puede quedarse en una lectura moralista o funcional, sino que se vive como una superabundancia y se expresa en tres ejes fundamentales de la tarea de “humanización” de toda la vida a la cual estamos llamados. Nuestra castidad, que nos abre el horizonte de la persona, de cada persona y de todas las personas, con un amor sin fronteras y universal, que nos abre a la pluriculturalidad, cada vez más presente en nuestra vida religiosa, que nos invita a amar con el corazón del Dios que nos ama gratuitamente y que tiene una inclinación especial por los menos amados.

Nuestra pobreza, que nos abre el horizonte del mundo. Ese mundo que Dios ha tanto amado que le ha entregado su Hijo, ese mundo que debe ser la casa de todos y en donde los bienes se comparten solidariamente y con moderación como hermanos y hermanas, estando especialmente atentos a los pequeños, a los pobres, a los últimos.

Nuestra obediencia, que nos abre el horizonte de la libertad, esa libertad para la cual Cristo nos liberó (Gal 5,1) de todo tipo de esclavitud y nos permite vivir la autoridad desde el amor, como un servicio, atenta también a los que tienen menos posibilidades de hacer escuchar su voz. Vivir nuestros votos como los dinamismos que se acercan más a la pasión del Padre por la salvación de todos especialmente de los pobres; a la pasión de Jesús que nos entregó su vida, como hacemos memoria en cada Eucaristía; a la pasión del Espíritu de Jesús que nos une en una comunión, ciertamente eclesial, pero en la cual puedan participar aquellos que estaban alejados y sin esperanza.

El horizonte de la persona, el horizonte del mundo y el de la libertad los debemos vivir desde el amor incondicional a Dios y a los hermanos/as. Es esta doble pasión la que da sentido a nuestra vida. Como se decía en el seminario se trata de una búsqueda de Dios, que sabe estar atenta a los signos de su presencia en la realidad del mundo y en la vida de la gente; se trata de una teología de la escucha, de la acogida, de la hospitalidad, de la relación, de la amistad.

Por eso me parece que podríamos aplicar a la Vida Religiosa, lo que Mons. Pierre Claverie O.P. decía de la Iglesia, cuarenta días antes de su martirio al comentar la muerte de los siete monjes trapenses de Tibhirine: La Iglesia se engaña a sí misma y al mundo cuando se presenta como un poder en medio de otros poderes, como una organización incluso humanitaria o como un movimiento evangélico espectacular. Puede brillar, pero no puede arder de amor de Dios, “fuerte como la muerte” (Ct 8,6). En efecto, se trata de amor, ante todo de amor y sólo de amor. Una pasión en la que Jesús nos ha dado el gusto y trazado el camino: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

CONCLUSIÓN

Después de estas breves reflexiones podríamos volver a la metáfora de la vasija y del alfarero con renovada confianza. Como la arcilla estamos en las manos de Dios y debemos dejarnos modelar no sólo pasivamente sino aportando nuestra total disponibilidad y creatividad para integrar a nuestra propia arcilla aquellos pedacitos que representan las riquezas de una historia en la que Dios siempre ha estado presente, como en una sinfonía inacabada, y a través de la cual ha actuado apasionadamente en favor de la humanidad, respondiendo más decididamente a las necesidades de nuestros contemporáneos a partir de la realidad histórica que hoy vivimos. Y podríamos completar esta metáfora, con la visión de Ezequiel: Por eso, profetiza diciéndoles: Así habla el Señor: Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré –oráculo del Señor– (Ez 37,12-14).

El Dios que nos llama-y-envía, nos ha escogido, no para juzgar y condenar, sino para transformar y dar vida. Él quiere actuar a través de nosotros y para esto debemos:

  • Acoger y abrazar la fuerza de su amor compasivo y la pasión del Padre por los pequeños, los pecadores, los enfermos, los que sufren, los marginados…
  • Asumir y encarnar el poder de la misión salvadora de Jesucristo anunciando la buena noticia a los pobres.
  • Abrazar y discernir la fuerza unificadora y santificadora del Espíritu que nos congrega en la Iglesia, especialmente con aquellos que estaban alejados y nos abre a las dimensiones del Reino abiertas a todos los pueblos, culturas y religiones.
  • Dejarnos mover y actualizar la fuerza de la misión de la Iglesia signo de la pasión de Dios por la salvación de todos, portadora de la función de humanizar y evangelizar.
  • Caminar y apoyarnos en la fuerza del amor fraterno que nos sostiene y nos hace servidores fieles a la misión.
  • Reconocer con acción de gracias los signos del crecimiento del Reino en nuestra historia y renovar continuamente la esperanza escatológica de la unificación final: todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios (1Cor 3,23). Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús (Filipenses 1,6).

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Questa voce è stata pubblicata il 23/01/2017 da in Artigo mensual, ESPAÑOL, Vocación y Misión con tag , .

San Daniele Comboni (1831-1881)

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