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Éxodo (1) El amor que no cede ante el poder

Las parteras de Egipto/1
Reflexión de Luigino Bruni sobre el libro del Éxdo.

El amor que no cede ante el poder:
De los imperios nos salva una mirada de mujer.

Camino de Éxodo (1)

Siempre ha habido imperios. Y sigue habiéndolos. Pero hoy nos estamos acostumbrando a ellos y cada vez nos cuesta más reconocerlos. Pero si no los reconocemos, no podemos llamarlos por su nombre, ni sentirnos oprimidos, ni comenzar un camino de liberación. Sólo nos queda ‘soberanía’ como consumidores, cada vez más solitarios y tristes en nuestros sofás. Leer y meditar el libro del Éxodo es un gran ejercicio espiritual y ético, tal vez el mayor de todos, para tomar conciencia de los ‘faraones’ que nos oprimen y volver a sentir por dentro deseos de libertad; para oír el grito de opresión de los pobres y tratar de liberar al menos a algunos de ellos. Y para imitar a las matronas de Egipto, que aman a los hijos de todos.

Entre el Génesis y el Éxodo hay una continuidad directa: “Murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación; pero los israelitas fueron fecundos y se multiplicaron; llegaron a ser muy numerosos y fuertes y llenaron el país. Se alzó en Egipto un nuevo rey, que nada sabía de José” (1,5-7). El Faraón vivía como una gran amenaza el crecimiento demográfico de los israelitas (1,10), junto con el miedo a que alguno de ellos pudiera desbancarle (1,22). Así pues, endureció las condiciones de los israelitas, es decir, de la heterogénea maraña de pueblos nómadas extranjeros que servían en Egipto, entre los cuales se encontraban también las tribus de Israel. “Les amargaron la vida con rudos trabajos de arcilla y ladrillos, con toda suerte de labores en el campo y toda clase de servidumbre que les imponían por crueldad” (1,14). Pero el faraón no se limitó a obligar a los hombres a realizar trabajos forzados. Intentó una solución más drástica, con la que se abre una de las más hermosas páginas de todas las Escrituras: “El rey de Egipto dio también orden a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Sifrá y la otra Puá, diciéndoles: «Cuando asistáis a las hebreas, observad bien las dos piedras: si es niño, hacedle morir; si es niña dejadla con vida»” (1,15-16).

El oficio de partera era muy apreciado en Egipto y estaba muy desarrollado. En Sais había una escuela famosa en toda la antigüedad, y dos parteras, Neferica-Ra y más tarde Peseshet, han pasado a la historia como las dos primeras mujeres que ejercieron la medicina. La gente siempre ha considerado a las parteras como un ‘bien común’; son mujeres que unen su trabajo a los dolores de las madres, luchando siempre por la vida; son amadas por toda la comunidad, que recibe sus hijos de manos expertas y buenas (la “Señora Germana”, la última partera del pueblo en que nací, sigue siendo una estrella luminosa). El oficio de partera en la antigüedad era única y totalmente femenino, se ocupaba del final de la gestación, ese momento sagrado en el que las mujeres nos engendran y regeneran el mundo. En la cultura bíblica, el parto ocupaba un lugar central. Raquel, una de las figuras más bellas e importantes del Génesis, murió al dar a luz. Durante ese último parto es cuando aparece en la Biblia por primera vez la palabra partera: “Le dijo la partera: «¡Ánimo, que también este es hijo!»” (Gen 35,17). Aquella primera partera dijo, susurró, palabras buenas y de esperanza (a las madres parturientas no se les habla, se les susurra, se les acaricia, se les habla con las manos). Pero Benomí – Benjamín nació sobre la muerte de Raquel. Después volvemos a encontrarla durante el parto de Tamar, poniendo un ‘hilo escarlata’ en la mano del primer gemelo (38,28). Y finalmente, por última vez, las parteras de Egipto, porque después de las palabras infinitas de Sifrá y Puá ya estaba todo dicho.

Aquel pueblo nómada, de partos difíciles en tiendas móviles, quiso poner en el origen de su gran historia de liberación dos parteras de Egipto. De Sifrá (‘la bella’) y Puá (‘esplendor’, ‘luz’) no sabemos mucho. Es casi seguro que eran egipcias, tal vez las responsables de las parteras de los israelitas o de todo Egipto. Sabemos sus nombres, pero sobre todo sabemos que fueron las primeras objetoras de conciencia: “Las parteras temían a Dios y no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños” (1,17). El primer arte de la tierra es el de las parteras: ‘dejar con vida a los niños’, a nuestros niños y a los de los demás, a los niños de todos. Cuando este primer arte se eclipsa, la vida pierde el primer puesto y las civilizaciones se confunden, enferman y decaen. En ese ‘no’ al faraón y en ese ‘sí’ a la vida se conserva también una gran palabra para todo trabajo: la ley más profunda y verdadera de nuestras profesiones y de nuestros oficios no es la que emana de los muchos faraones dominados por el anhelo, antiguo y nuevo, de poder y omnipotencia. Sólo hay que respetar sus leyes sin están al servicio de la ley de la vida. Cuando olvidamos que la ‘ley de los faraones’ es siempre la segunda ley y no la primera, todos nosotros nos transformamos en súbditos de imperios, sin comenzar ninguna liberación para nosotros ni para los demás. Sifrá y Puá nos dicen que ‘no hay que matar a los niños’, ni a los niños egipcios ni a los niños hebreos. No hay que matarlos ni en Egipto ni en ningún otro lugar. Ni ayer, ni hoy ni nunca. Si queremos seguir siendo humanos. Y cada vez que lo hacemos, no ‘tememos a Dios’, no obedecemos a la vida y renegamos de la herencia de las parteras de Egipto.

En Sifrá y Puá, dos mujeres, dos parteras, dos seres humanos que se pusieron de parte de la vida, encontramos el eco del mito griego de Antígona (que desobedece al rey para obedecer la ley más profunda de la vida: sepultar a su hermano muerto en la batalla). En ellas reviven las mujeres del Génesis, las otras mujeres de la Biblia. En ellas se anuncia a María y a todas las mujeres que hoy siguen engendrándonos. En ellas reviven los carismas y el ‘perfil mariano’ de la tierra.

Todo el comienzo del libro del Éxodo se desenvuelve bajo el signo de las mujeres que salvan la vida. La madre de Moisés desobedeció la nueva orden del faraón de “echar al Nilo a todo niño que nazca” (1,22) y salvó al niño. Lo escondió y cuando no pudo “ocultarlo ya por más tiempo”, construyó una canastilla de papiro, puso dentro al niño y se lo confió a las aguas del Nilo (2,2-3). Otra mujer, la hija del faraón, encontró la canastilla en el río y, al ver que contenía “un niño de los hebreos”, “se compadeció de él” (2,5-7).

Toda la escena del encuentro de la canastilla a orillas del gran río está acompañada por la mirada de la hermana de Moisés: “La hermana del niño se apostó no lejos para ver lo que pasaba” (2,4). Es estupenda esta mirada de mujer-niña que acompaña, corriendo a lo largo de la orilla, el recorrido de la canastilla por el río. Una mirada buena de amor inocente que nos recuerda a la de Elohim cuando seguía el recorrido sobre las aguas de la barca-cesta que contenía a Noé el justo. No es casualidad que la palabra usada para la cesta de Moisés, “tevá“, sea la misma que se usa para el arca de Noé. La hermana de Moisés habló con la hija del faraón y se ofreció para encontrarle una nodriza entre los hebreos. La hija del faraón aceptó el ofrecimiento y le dijo: “Toma este niño y críamelo que yo te pagaré” (2,9).

Otro trabajo de mujer que salva, el más íntimo (el intercambio de leche entre mujeres por la vida), al lado de otra palabra crucial: salario. En un tiempo de sufrimiento tanto para el trabajo como para el salario, cuando las leyes de los faraones no quieren que nazcan niños o quieren transformarlos en una mercancía, este comienzo del Éxodo debe hablarnos y sacudirnos con fuerza. El Faraón quería utilizar dos trabajos para eliminar a los hijos de Israel: el trabajo forzado de los ladrillos y el de las parteras. Pero ninguno de estos trabajos se alió con la muerte. Las parteras eligieron por vocación la vida, pero tampoco los trabajos forzados vencieron, porque “cuanto más les oprimían, tanto más crecían y se multiplicaban” (1,12). A pesar del faraón, el trabajo sigue siendo aliado de la vida, y no se deja usar fácilmente para finalidades de muerte. Los faraones siempre tienen la tentación de manipular nuestro trabajo, pero podemos salvarnos incluso en los peores trabajos. Trabajar es parte de la condición humana, y por eso tenemos la capacidad de hacernos amigos del trabajo, a pesar de los poderosos y de los imperios, convirtiendo el ‘trabajo-lobo’ en ‘hermano trabajo’. Hoy es más difícil salvarse de la ‘falta forzada de trabajo’.

El comienzo del Éxodo nos muestra una maravillosa alianza entre mujeres, cooperando por la vida más allá de las jerarquías sociales, los maridos y los padres opresores y oprimidos. Estas alianzas cruzadas entre mujeres han salvado muchas vidas durante las guerras y las dictaduras de los hombres, construyendo con sus manos ‘cestas’ de salvación. Alianzas que hoy seguimos viendo en nuestras ciudades y que permiten que nuestros hijos vivan y se hagan mayores. Los niños deben salvarse: es la ley de las parteras, de las mujeres, la primera ley de la tierra.

Dios favoreció a las parteras … Y por haber temido las parteras a Dios, les concedió numerosa prole” (1,20-21). Es la ‘numerosa prole’ de las parteras del mundo, de las personas que aman y guardan la vida, de las madres de las niñas y niños de todos.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/08/2014

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