COMBONIANUM – Formazione Permanente

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FP.esp 4/2017 La presencia de San José en la vida espiritual de San Daniel Comboni

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La presencia de San José
en la vida espiritual de San Daniel Comboni
P. Carmelo Casile

En la Historia de la Salvación san José ocupa un puesto todo particular, también a causa del significado que su nombre sugiere: “Dios añada”. Y, en efecto, Dios ha sido generoso con él, haciéndole jefe del Sagrada Familia, esposo de María y padre virginal de Jesús. José ha correspondido a todo esto como hombre “justo” ( el que escucha con fe y se conforma plenamente a la palabra de Dios) y “sabio” (el que es fiel a la vocación de padre que educa y protege a Jesús (Cf La Famiglia Comboniana in preghiera, p. 301)

San Daniel Comboni ha entrado en esta visión evangélica y ha reservado a san José un puesto peculiar en su vida espiritual y por lo tanto en la espiritualidad de la misión. El sentido de este puesto puede ser resumido en dos sus expresiones; en la primera nos comunica su experiencia tejiendo “la poesía de las grandezas de san José”, en la segunda finaliza su comunicación, confiando sus Institutos de Verona y el nuevo rector destinados a dirigirlos a los “tres queridos objetos de nuestro amor”: Jesús, María y José.

1. “La poesía de las grandezas de san José”

En la vida espiritual y misionera de san Daniel Comboni, junto a María tiene un lugar de relieve también la figura de san José.

Comboni ha entrado en comunión con san José desde el período de su formación juvenil en el Instituto Mazza, dónde entró en el 1843. En la Iglesia del Instituto dedicada a san Carlo, ha iniciado a contemplar aquel cuadro que don Mazza había puesto sobre un altar lateral para simbolizar “las principales devociones” que “quería instilarles a los jóvenes”: en medio el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María con a lado san José. Quizás ya nace de aquí el hecho que en los Escritos de Comboni aparece con frecuencia la referencia a S. José en unión a los Corazones de Jesús y de María.

Este período es fundamental para entender el modo con el cual Comboni se relaciona con san José. Nascido, en efecto, en una familia pobre y educado en un Instituto pobre bajo la mirada de san José, se ha encontrado a deber fundar prácticamente su obra “de la nada”. Encontrándose casi sólo a organizar una obra colosal, se volvió para él obvio, en su lógica de fe, dirigirse confiadamente a S. José, elegirlo cuál Ecónomo de la Misión, dirigiéndosele a él con desenvuelta confianza cada vez que se encontraba en necesidad.

Por lo tanto, no es difícil notar que los textos, en los cuales Comboni expresa su relación con san José, encuentran su raíz espiritual en la formación religiosa recibida en Verona. En ellos desarrolla el sentido de la Providencia que le había sido inculcado en el Instituto Maza, encontrando muy concretamente en san a José el celeste y seguro instrumento de ella. Este fecho es indispensable para entender que el modo de expresarse de Comboni sobre san José es siempre total, es decir no es limitado nunca a intereses puramente materiales, sino que siempre nace de una relación hecha de “espíritu y fe” y se extiende al campo espiritual y misionero.

Esta relación se ha ahondado después de que Pio IX, durante el Concilio Vaticano I, el 8 de diciembre de 1870, ha proclamado S. José Patrón de la Iglesia universal.

De este acto del Magisterio la particular relación de Comboni con san José tomó mayor consistencia. Comboni, en efecto, vio la Misión en función de la Iglesia y, por lo tanto para él, si san José era “Protector de la Iglesia universal”, también era Protector de la Nigricia.

Desde este momento Comboni empieza a venerarlo como “Protector de la Iglesia Católica y de la Nigricia”, y a mayor razón lo confirma cuál Ecónomo de la Misión, puntualizando así aquella profunda fe en el Providencia que de joven siempre le había animado.

Por lo tanto, a partir de su intensa devoción personal y en armonía con la tradición eclesial para Comboni san José es Protector, Patrón, Patriarca, Papá del Nigricia, Rey de los gentilhombres, etc.

Hacia el fin de la vida, en una carta mandada a Sembianti de El-obeid el 20/4/1881, habla de la “poesía de las grandezas de san José”:

«Nunca me acordé de rogarle que fuese a retirar de casa de Mons. Stegagnini …. los diversos ejemplares de los dos opúsculos sobre el sagrado Corazón y sobre San José que compusieron las Hermanas Girelli de Brescia, y que me regalaron y enviaron para mí a ese Monseñor apenas publicados. Además desearía que cada misionero y cada Hermana de África Central tuviese estos dos estupendos libros y se familiarizase bien con ellos (aparte del Kempis y el Rodríguez) para conocer bien las riquezas del Corazón de Jesucristo y la poesía de las grandezas de San José.

Estos dos tesoros, unidos a la fervorosa devoción a la gran Madre de Dios e Inmaculada Esposa del gran Patrón de la Iglesia Universal y de la Nigricia, son un talismán seguro para quien, ocupado en los intereses de las almas en África Central, ha de relacionarse con gentes de ambos sexos en estos países, pues dan el coraje y encienden la caridad de tratarlas familiarmente y con desenvoltura para convertirlas a Cristo y a la Virgen» (Al P. Sembiante, de El-Obeid, 20/4/81, E 6652-6653).

Este texto es muy significativo en cuanto nos ayuda a entender en profundidad la vivencia de Comboni en su relación con san José. Siendo además escrito hacia el fin de su vida y referido a sus misione­ros/as, asume casi el sentido de testamento espiritual por todos los misioneros combonianos de cada tiempo.

En particular la expresión “la poesía de las grandezas de san José” nos hace entender que S. José en la vida y en oración de Comboni es mucho más que “el Ecónomo celeste” de la Misión, aunque esta expresión proviene ya de un corazón movido por “espíritu y fe”; nos hace entender que sobre la reiteración de las fórmulas de oración de petición emerge en Comboni la profundidad de su amor hacia san José, en un contexto de comunión, respeto y confianza, que le lleva a colocarlo entre “los tesoros” de su vida, junto al Corazón de Jesús y al Corazón de María.

Para leer en profundidad el amor de Comboni en su comunión con este tesoro que es S. José, puede ayudarnos el siguiente texto de J. Benigne Bossuet, que parece retumbar en las palabras de Comboni:

“Dios buscaba a un hombre según su corazón para ponerle en las manos lo que tenía de más querido: quiero decir la persona de su Hijo único, la integridad de su santa Madre, la salvación del género humano, el secreto más celoso de su consejo, el tesoro del cielo y la tierra. No elige Jerusalén y las otras ciudades famosas: se para sobre Nazaret; y en este burgo desconocido busca a un hombre todavía más desconocido, a un pobre trabajador, es decir a José, para confiarle una misión, de la que los ángeles se habrían sentido honrados, porque nosotros comprendemos que el hombre según el corazón de Dios tiene que ser buscado en el corazón, y que son las virtudes desconocidas las que lo hacen digno de esta alabanza. Si nunca hubiera un hombre al que Dios se ha dado con placer, ése es sin duda José, que lo tiene en su casa y en sus manos, y que le es presente en todas las horas, principalmente en el corazón que delante de los ojos… La Iglesia no tiene nada más ilustre, porque no tiene nada más escondido”.

Ciertamente José emerge en el corazón de Comboni de la “nube de testigos” (cfr. Eb 12,1) como el “tipo” del hombre creyente, que encarna el misterio de la Providencia divina (E 314), la cual gobierna con su “patrocinio universal” la entera Historia de la Salvación. Él es el hombre silencioso, que medita, obedece y calla, en una total disponibilidad al designio de Dios sobre él, que lo hace “modelo” del misionero del Nigricia, que Comboni describe en el Cap. X de las Reglas del 1871: “La vida de un hombre, que de modo absoluto y definitivo llega a romper todas las relaciones con el mundo y con las cosas más queridas según naturaleza, debe ser una vida de espíritu y de fe” (E 2698).

La vivencia de Comboni se traduce en el no preguntar “a Dios las razones de la Misión de El recibida, sino que trabaja confiado en su palabra y en la aquel de sus Representantes como dócil instrumento de su adorable voluntad” (E 2702).

José, agotado el papel de conocer el misterio de la encarnación y de actuarlo, insertando a Cristo en el pueblo de la salvación, se eclipsa. Y el misionero “en todas las circunstancias repite profundamente convencido y con viva exultación: servi inutiles sumus; quod debuimus facere fecimus. Luc. XVII” (E 2702).

Comboni, después de haber hecho suya la “filosofía de la Cruz” (E 2326), viendo en ella su “esposa para siempre “ (E 1710), después de haber sentido intensamente el peso de ello, mientras alrededor de si hay la oscuridad y el aislamiento moral más absoluto, profiere palabras que testimonian la autenticidad de su apostólico heroísmo, fundada sobre una fe pura y sobre un amor ardiente por África de salvar, que lo asimilan a lo Traspasado sobre la Cruz:

“Aunque estoy seguro de sucumbir en breve con tantas cruces, que creo en conciencia de no merecer, sea siempre bendito mi Jesús, verdadero vindicador de la inocencia, y protector de los afligidos: la Nigricia se convertirá, y si en el mundo no encuentro consolación, la tendré en el cielo. Allí están Jesús, María, José, y si fallan los hombres, no ha de fallar Dios que salvará a la Nigricia” (Al P. Sembianti de El Obeid, el 9 de julio de 1881, E 6815).

Ocurre en Comboni justo como ocurrió para José, que vivió su aventura terrenal hundido en la adoración de Dios, a cual se encomendaba totalmente, y a la vez ocupado cotidianamente en el duro trabajo material, y antes que se cumpliera el misterio de “su Hijo”, antes que Jesús consumiera su Misión sobre la Cruz, ya había tomado sobre si el peso de una suerte y una misión parecida a aquella de Jesús.

Comboni canta “la poesía de las grandezas de san José”, ante todo con la confianza en su protección; una confianza llevada hasta la osadía y expresa en términos llenos de entusiasmo:

“Loor y Gloria a los Sds. Corazones de Jesús y María, a S. José…” (Doxología final del Plan, 1864, E 846).

“Gracias a la poderosa asistencia del ínclito Patriarca S. José, que se ha convertido en el verdadero Ecónomo del África Central desde que el Santo Padre lo proclamó Protector de la Iglesia Católica, este Vicariato nunca carecerá de suficientes recursos” (Relación al card. A. Franchi, Roma, 29 de junio de 1876, E 4170).

“Ayer fue un día feliz, porque pude hablar claro a S. José. Veo que hay que ser atrevidillo con este bendito santo” (A Mons. Luis di Canossa de Viena, 20 de marzo de 1871, E 2416).

“S. José ha sido, es y será siempre el Rey de los cumplidores y un administrador y un Ecónomo de mucho juicio, y también de buen corazón” (Al card. Alejandro Barnabò de El Obeid, 12 de octubre de 1873, E 3434).

“Viva San José, Protector de la Iglesia universal, y Ecónomo de la Nigricia” (Al card. Alejandro Franchi de Jartum, 26 de junio de 1875, E 3849).

“San José es el verdadero padre de la Nigricia” (Al Carda. A. Franchi 1876, E 4025).

“Toda nuestra confianza descansa en el Sdo. Corazón de Jesús, en Nuestro Señora del Sdo. Corazón, en San José…” (A León XIII, 1878, E 5216)

Comboni canta todavía “la poesía de las grandezas de san José”, porque encuentra en él un estilo ejemplar de “secuela de Cristo”, el cual “siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que su pobreza los hiciera ricos “ (2Cor 8,9):

“¡Ay! San José fue pobre por proveer a otros” (E 1516). Y todavía: “Aunque mi ecónomo fue siempre muy pobre en su vida, ahora que es el administrador de los tesoros del Cielo, no ha dejado nunca de ayudarme” (E 3520).

Es un estilo practicado por Comboni: siempre mendicante en tierra para donar a África “Fe católica y Civilización cristiana” (E 6214), ahora-podemos decir-práctica en cielo el propósito tan alegremente expreso al Canossa:

“Luego cuando estemos en el cielo…, entonces con nuestros incesantes plegarias crucificaremos a Jesús y María, y le rogaremos mucho…, para que sean convertidos cuanto antes a la fe los cien millones de la infeliz Nigricia” (Al Carda. Canossa, 1871, E 2459).

Haber elegido a S. José como ecónomo de la Misión no fue para Comboni solo una piadosa consideración, sino una realidad de hecho en que creía y confiaba, como lo demuestra el siguiente texto:

“No obstante, ésta se la guardé a mi querido ecónomo San José, al que me había encomendado para un feliz viaje del Kordofán a Jartum. Por haber dejado este querido santo que yo tuviera tan terrible caída del camello, le multé a base de bien con mil francos oro por cada día que tuviese que llevar el brazo en cabestrillo. Y como lo tuve colgado del cuello sus buenos ochenta y dos días, sin yo poder decir misa, salvo cinco veces, mi venerado ecónomo fue condenado a pagarme la multa de 82.000 francos. Así, el día de San Faustino y Santa Jovita, Protectores de nuestra querida Diócesis bresciana (día 82.° de mi tremenda caída en el desierto) firmé por cuenta del querido santo una letra de cuatro mil cien marengos con vencimiento a seis meses; y ya veo que el buen Ecónomo hace, como siempre, honor a mi firma, porque desde ese día hasta hoy en que escribo a V. E. he recibido 38.706 francos oro, entre los que están los 5.000 florines que me han mandado desde Praga ese milagro de caridad que son S. M. Apostólica la Emperatriz Maria Ana y el Emperador Fernando I, y los 4.000 francos recibidos desde Viena de esa alhaja de verdadero Príncipe católico que es S. A. Imperial y Real el Duque de Módena Francisco V.

Además, aunque mi ecónomo fue siempre muy pobre en su vida, ahora que es el administrador de los tesoros del Cielo no ha dejado nunca de ayudarme, y en sólo seis años y medio desde que comencé la Obra me ha suministrado 600.000 francos, es decir, me ha pagado letras por importe de treinta mil marengos. Le aseguro, Monseñor, que el banco de San José es más sólido que todos los bancos de Rothschild. De este modo, sin encontrarme con un solo céntimo de deuda, este estupendo ecónomo mantiene para la Nigricia dos casas en Verona, dos en El Cairo, dos en Jartum y dos en El-Obeid, la capital del Kordofán, que tiene más de 100.000 (cien mil) habitantes, y donde por primera vez se celebró misa y se adoró a J. C. en 1872” (A mons. Jerónimo Verzieri, obispo de Brescia, de Jartum, 10 de marzo de 1874, E 3519-3520).

La confianza en la intervención providencial de S. José se hace certeza, porque es basada en la promesa evangélica que Dios atenderá la plegaria hecha con las debidas disposiciones:

“Mi llorado Superior D. Nicolás Mazza, que desde mi niñez y durante veinticuatro años fue un padre para mí, y que murió en olor de santidad, decía siempre que Cristo es un caballero; lo cual yo siempre interpreté como que tras el petite, querite, pulsate, pronunciados y repetidos en las debidas condiciones, vienen siempre, como las notas en el piano al pulsar las teclas, el accipietis, invenietis y aperietur. … Pues bien, el 12 de mayo, fiesta de mi ecónomo San José consagrada a su Patrocinio, yo le intimé de todas las maneras a que no más tarde del próximo 31 de diciembre me mande en varios plazos 100.000 (cien mil) francos. Vuestra Eminencia, si Dios me da vida, sabrá mediante informe oficial que San José me los ha mandado”. (E 5361).

Además, en la fiesta del Patrocinio de San José le conminé a que antes de un año (o sea, antes del 12 de mayo de 1879) me consiga el equilibrio verdadero, real y perfecto de la economía del Vicariato. Pero no como el equilibrio presupuestario que siempre prometen y nunca cumplen los ministros de finanzas del llamado Reino de Italia, sino el equilibrio auténtico; esto es, la total extinción de todas las deudas y de cualquier pasivo, y encima el suministro en abundancia de lo necesario para sostener el Vicariato y sus Obras. De todo esto, si vivo, recibirá debida información Vuestra Eminencia antes de que concluya el bendito mes del Sdo. Corazón de Jesús del año que viene. Las cruces, las congojas, las tribulaciones son necesarias, porque consolidan y hacen prosperar las Obras de Dios; y mi obra es Obra de Dios (E 5362).

Pero aún siendo todo esto y aun estando yo seguro de que sucederá lo que he afirmado ahora, no puedo ocultar que he padecido y sufrido sobremanera por todas las desgracias enumeradas” (Al card. Juan Simeoni de Jartum, 23 de agosto de 1878, E 5363).

La confianza en S. José es fe en el Providencia, que ciertamente no faltará a una obra tan santa, tal come es la salvación del Nigricia:

“¿Cómo se podrá dudar jamás de la Providencia divina, ni del solícito ecónomo San José, que en sólo ocho años y medio, y en tiempos tan calamitosos y difíciles, me ha mandado más de un millón de francos para fundar y poner en marcha la obra de la redención de la Nigricia en Verona, en Egipto y en el Africa interior? Los medios económicos y materiales para sostener la Misión son la última de mis preocupaciones. Basta con rogar” (Relación al card. Alejandro Franchi, Roma, 29 de junio de 1876, E 4171, 4175).

La terrible carestía del 1878 pone a dura prueba la economía de la misión, pero no infirma en ningún modo la confianza en el Ecónomo celeste, que, a pesar de todo, hará cuadrar los balances:

“He agotado la totalidad de mis recursos para sostener todas la misiones, y he me he cargado con más de cuarenta mil francos de deuda (E 5185)… Esté seguro V. Em.a de que dentro de un año San José me nivelará el presupuesto; pero no al estilo de esa nivelación que ampulosamente prometen Minghetti, Lanza, Sella, Depetris y otros «pesebristas» del Estado italiano, sino la verdadera nivelación; es decir, la misión no tendrá ni un céntimo de deuda y continuará avanzando hacia su alta meta” (Al card. Juan Simeoni de Jartum, 1 de junio de 1878, E 5186.

La confianza de Comboni en S. José también se extiende del campo temporal a aquel espiritual y misionero. La protección de san José abraza la misión y los Institutos fundados por la Misión:

“Yo tengo firme esperanza en el Divino Corazón de Jesús – que palpitó también por la Nigricia – en nuestra Señora del Sagrado Corazón, y en mi querido ecónomo y administrador general de África Central, S. José, protector de la Iglesia católica, en cuyas barbas hay millones, y puede socorrer esta ardua, laboriosa e importante misión, porque su Jesús ha murió también por la Nigricia… Jesús, María, y José llamarán al corazón de los católicos” (Al Can. Cristobal Milone, 1878, E 5437).

“Espero que, después de diligente examen, mi querido Ecónomo S. José me haya concedido la gracia de encontrar un santo y hábil Rector para mis Institutos africanos de Verona. A ello ha colaborado mucho la eximia caridad del E.mo Carda. de Canossa” (Al card. Juan Simeoni de Verona, 16 de enero de 1880, E 5897).

En hacer ánimo al rector P. José Sembianti, Comboni trata de infundirle aquella confianza hacia S. José que siente viva en el propio corazón:

“Querido Padre, ánimo y adelante. Y no se desanime: sostenidos por el Corazón de Jesús (al que dedicaré la Iglesia qué hora quiero construir en el Cairo, entre el Ist.o masculino y el femenino, y de la que el día de Navidad pondré la primera piedra, estando ya todo escavado), por Nuestra Señora del Sagrado Corazón, por nuestro querido ecónomo Pepe…. triunfaremos en todo. Yo no temo ni al universo entero. Se trata de los intereses de Jesús y de la Iglesia, y conseguiremos llegar a ser unas no despreciables piedras en los cimientos del gran edificio de la Iglesia Africana… En cuanto a los medios pecuniarios en Verona, no tenga ningún cuidado, Pepe acudirá a ayudarle en caso de necesidad” (Al P. Sembianti, 17/12/1880, E 6172.6182)

La confianza sobrenatural en S. José empuja Comboni a no temer nada sobre la tierra, porque se siente al servicio de una Obra toda de Dios:

“Yo no temo a nadie en el mundo, salvo a mí mismo, a quien examino cada día y encomiendo fervientemente al Corazón de Jesús y al de María y a San José. Conozco muy bien a los enemigos de mi Obra, y no les tengo ningún miedo… porque las Obras de Dios, que tienen por fin la divina gloria y la salvación de las almas deben pasar por el crisol de la Cruz, que es el solo símbolo de salvación y de victoria” (Al card. Juan Simeoni, 1881, E 6437).

La gran confianza no le quita a Comboni la conciencia de encontrarse en situación particularmente difícil, siendo el obispo más aislado del mundo, en la imposibilidad, por las enormes distancias, de beneficiarse de un consejo de los hermanos en el episcopado. Pero precisamente por esto, en fuerza de su fe, sabe encontrar en alto a sus consejeros:

“Mi situación es… crítica porque nadie en el mundo me puede dar un consejo exacto y definitivo, ni siquiera la misma Propaganda, porque África Central es completamente diferente del resto del mundo… Mas sobre esto me encuentro completamente tranquilo, porque me consulto con el Señor, con la Virgen y con San José, que en África siempre me han asistido, y no han permitido jamás que yo me equivocase una sola vez, aunque en Europa, donde no se conoce África, se crea otra cosa. Pero adelante, y ánimo…” (Al P. Sembianti, 5. 3. 1881, E 6523-6524).

En los momentos en que el sufrimiento moral se hace más agudo, la invocación se hace apremiante, pero siempre confiada:

“Entretanto, yo sufro una enormidad. Que Jesús, la Virgen y S. José me ayudarán, no lo dudo y doy gracias a Jesús por las cruces; pero mi vida es un océano de angustias proporcionadas por alguien que es bueno y que me quiere.… Pero África será convertida, ¡que caramas!, y Jesús me ayudará a llevar la Cruz” (Al P. Sembianti, junio de 1881, E 6795-6796).

En los últimos días de su vida Comboni reanima todavía el rector P. Sembianti a una confianza de tipo evangélico, fundada en un profundo amor hacia Jesús:

“¡Confianza en Dios!, que es tan rara incluso en las almas pías, porque se conoce y se ama poco a Dios y a Jesús Cristo. Si se conociera y G. C. se quisiera de veras, se harían transportar los montes…. Se lo digo para advertirla que tenga firme y decidida confianza en Dios, en la Virgen y en San José… Modicae fidei, quare dubitasti?.. Usted haga todo lo posible, y mande rezar a San José a hoc” (Al P. Sembianti 13.91881, E 7062-7063.7067.

2. Los “tres queridos objetos de nuestro amor”: Jesús, María y José

La profunda inserción de la figura de José en la vivencia de Comboni emerge todavía de la constatación que, salvo algún caso, José nunca es nombrado por sí solo, y tampoco “al lado de” los otros miembros de la “Sagrada Familia”, sino que él es normalmente nombrado “unido a Jesús y a María”, con los que constituye “una Tríada santísima” y Comboni los venera juntos como los “tres queridos objetos de nuestro amor.” Un texto característico en tal sentido es aquel en que Comboni le confía a S. José sus Institutos de Verona y el nuevo rector destinado a dirigirlos:

“Al Niño Jesús (que nunca se hace viejo), a su Madre la Reina de la Nigricia, y a mi querido ecónomo San José (que no muere nunca, ni jamás da en quiebra, sino que sabe administrar bien y con mucho juicio, y es un perfecto cumplidor), a estos tres queridos objetos de nuestro amor les voy a hacer una novena, para obtener la gracia de que antes de la fiesta de los Desposorios de la Sma. Virgen (23 del cte.), o para ese santo día, el querido P. Sembianti esté instalado en su importante cargo de Rector de los Institutos Africanos de Verona. San José, que es el paradigma del hombre bueno, nunca me ha negado ninguna gracia temporal; pero unido a Jesús y María, forma una Tríada santísima que sin duda habrá de conceder esta gracia espiritual que pido” (E 5891).

“No tengo palabras bastantes para agradecer a Jesús, a María y José la señaladísima gracia insigne concedida al infeliz Nigricia al elegir a su admirable Instituto para cooperar tan eficaz y poderosamente en el apostolado de África Central” (E 5866).

La relación de Comboni con la Sagrada Familia, iniciada en los años de la formación en el instituto Maza, se ahonda con el peregrinaje en Tierra Santa y luego en Egipto, dónde la Sagrada Familia conducida por José, huye de la persecución de Herodes y habita por 7 años.

En el peregrinaje en Tierra Santa Comboni que la “visita”, queda claramente “visitado” por los misterios de la vida de Cristo que se han realizado en aquellos Lugares. Son de ello una señal las cartas sus padres sobre el viaje a Jerusalén y a la “Carta Pastoral por la Consagración del Vicariato al S. Corazón.”

En esta Carta, en efecto, Comboni presenta el Corazón de Cristo en su camino de amor por la humanidad de la “sagrada cuna de Belén” al sepulcro del Crucificado-Resucitado en Jerusalén:

Este Corazón adorable, divinizado por la hipostática unión del Verbo con la humana naturaleza en Jesucristo Salvador nuestro, exento por siempre jamás de culpa y exuberante de toda gracia, no conoció un instante desde su formación en que no palpitase del más puro y misericordioso amor por los hombres. Desde la sagrada cuna de Belén se apresura a anunciar por primera vez la paz al mundo: niño en Egipto, solitario en Nazaret, evangelizador en Palestina, comparte su suerte con los pobres, invita a que se le acerquen los pequeños y los desdichados, conforta y cura a los enfermos, devuelve los muertos a la vida, llama al buen camino a los extraviados y perdona a los arrepentidos; moribundo en la Cruz, en su extrema mansedumbre ruega por sus mismos crucificadores; resucitado glorioso, manda los Apóstoles a predicar la salvación al mundo entero”. (E 3323).

En este texto, en que Comboni describe el Misterio global del Corazón de Cristo, constituido por la encarnación-Existencia-Pascua del Señor, es evidente la referencia a la Sagrada Familia, indicada por la “sagrada cuna”, por la figura de Jesús “niño en Egipto” e “solitario en Nazaret”.

Tras esta descripción no es difícil escuchar el eco de su peregrinaje a Belén, dónde protagonista del Misterio contemplado es precisamente la Sagrada Familia. Es significativo el hecho que los sentimientos que Comboni comparte con sus padres frente a aquella “sagrada cuna”, ponen en relación la “gruta afortunada” e “bendita” de Belén con el Calvario. Así la casa que hospeda los Tres santos personajes, se proyecta hacia el sepulcro y el altar del sacrificio, cumbre de la manifestación del amor de Dios por la humanidad, que empieza a manifestarse justo en seno a la Sagrada Familia:

“Finalmente, llegamos por la tarde a Belén. ¡Dios mío! Pero ¿dónde quiso nacer J. C.? Todavía esa misma tarde quise bajar a la afortunada Gruta que vio nacer al Creador del mundo. Entré, y aunque el nacimiento es más alegre que la muerte, quedé más conmovido que en el Calvario al pensar en la condescendencia de un Dios que se humilló hasta el punto de nacer en ese establo” (E 111).

Yo celebré allí misa la noche siguiente; y me resultó muy grato quedarme hasta la mañana en esa bendita gruta, que es la delicia del cielo (E 112).

Entre el sitio de los Magos y el del Pesebre (que se halla en Roma) está el lugar donde se sentó la Virgen María después de acostar al Niño en el pesebre. Yo me senté también, y después besé mil veces aquel sitio. Besé casi toda la gruta; y no sabía salir de ella, porque en verdad me hacía revivir aquel feliz momento en que tuvieron lugar en esta cueva los misterios de la Natividad de N. S. J. C.” (E 113)

A este punto es interesante notar como el peregrinaje a la gruta de Belén le pueda haber evocado en Comboni sus humildes orígenes de “un pobre hijo de un trabajador de Limone, nascido en las grutas, y que vivió a la sombra de S. Carlo, donde durante muchos lustros comió la proverbial polenta” (E 4680; cfr. también E 642; 981-982).

Efectivamente, la casa al Teseul dónde él ha nacido, lejana del pueblo, en una fracción aislada de Limone, un país otro tanto aislado, es comparable a la gruta de Belén. En esta casa, circundada por lugares agrestes dominados por prados y campos de olivos, Comboni se ha introducido en la aventura de la vida, sustentado por las curas cariñosas de papá Luis, “jardinero”, y de mamá Dominga, “hogareña”, que se distinguió por su delicadeza y su religiosidad.

El recuerdo de haber nacido en las grutas no es debido a las solas condiciones materiales de la vivienda, sino también al hecho que en su casa se respiraba el aire evangélico de la gruta de los pastores y también de la casa de Nazaret. Con papá Luis y mamá Nina unidísimos a él, el cuarto de ocho hijos, muertos todos casi en tierna edad, formaban una familia unida, rica en fe y valores humanos; vivían ocupados en los varios trabajos propios de los campesinos, arraigados en la confianza en Dios y en su Providencia.

La formación espiritual recibida por Comboni en casa es fruto de esta sintonía espiritual entre sus padres, que desembocaba en un amor familiar basado en una gran fe en Dios y en su providencia. En sus padres esta fe se vuelve participación en la vocación misionera de su único hijo, y en él certeza de la vocación y unidad de medida para averiguar su fidelidad a ella; el ejemplo de su sacrificio en donar el hijo a las misiones se vuelve en él aguijón a dedicarse con igual generosidad a los hermanos de África.

Comboni todavía encuentra la Sagrada Familia y el papel providencial de san José al Cairo, con ocasión de las primeras fundaciones (1867). Se trata de los Institutos del Cairo, llamados: Instituto Sagrado Corazón de Jesús, filial del Instituto de Verona (E 2895) e Instituto del Sagrado Corazón de María:

“He tomado en alquiler… el Convento de los Maronitas del Viejo Cairo, el cual tiene aneja una casa antigua, y está situado a ciento pasos de la gruta de la Sma. V. M., donde es tradición que vivió la Sagrada Familia durante su exilio en Egipto. En las dos casas, que separa una Iglesia bastante cómoda, he abierto y puesto en marcha dos pequeños Institutos, los cuales por gracia de Dios funcionan muy bien bien harto” (E 1578).  

El Instituto del Sagrado Corazón de María por la regeneración de África es confiado a las Hermanas de S. José de la Aparición:

“¿No debemos admirar en todo esto la adorable Providencia, que escogió precisamente a las Hijas de S. José como las primeras directoras de nuestro primer Instituto para la conversión de África? Una serie de circunstancias providenciales ha hecho que naciera esta obra en la famosa tierra de los faraones, a pocos pasos de la santa Gruta donde aquel gran Patriarca vivió con la Sda. Familia. Su presencia allí durante siete años ha conseguido derrocar a los ídolos de Egipto, estableciendo en lugar de ellos la fe en Jesucristo y un seminario de vida religiosa que produce cantidad de héroes para el Cielo, y mediante su difusión por todas partes, ha embellecido a la Iglesia católica con abundantes modelos de virtud. Por medio de sus obras maravillosas y de sus gloriosas conquistas en todo el universo, ha coronado a la Iglesia de triunfos en todos los tiempos y la coronará hasta el fin del mundo” (E 1804).

Escribiéndole al Card. Franchi en el 1874 podía afirmar que los “buenos efectos” que se registraron en este Instituto debían ser atribuidos en primer lugar a la “protección providencial de S. José”, pero también al «amor y a la confianza que las Hermanas sienten vivamente por este querido Santo, su padre” (E 3672).

En estos Institutos Comboni se empeña a hacer respirar el aire saludable de la Sagrada Familia, dónde se vive de manera sublime el misterio de la comunión con Dios. Él, en efecto, desarrolla el servicio de animador que, entre elementos “todos heterogéneos”, es llamado a crear “perfecta armonía, y conducir a la unidad de propósitos y bandera” (E 2508).

Estamos en presencia del “Cenáculo de Apóstoles” esbozado sobre las huellas de la Sagrada Familia, que gradualmente se va traduciendo en vida de comunión, a la insignia de la primera comunidad cristiana:

“Nosotros cuatro formamos un solo corazón, una sola alma. Cada uno compite por complacer a los otros. Yo estoy convencido de ser indigno de besar siquiera los pies a mis compañeros; pero ellos son tan buenos y caritativos que no sólo se muestran indulgentes conmigo, sino que además me rodean del respeto y del amor debidos a un superior. Son conscientes de la altura de la divina misión que van a realizar (E 1507). […] Nosotros estamos en un Edén de paz: lo que lo que para uno está bien, está bien para los otros (E 1562). […] Las Hermanas están animadas de un espíritu extraordinario, son ejemplares en su vida religiosa y muestran una enorme entrega y celo hacia nuestra obra. Nosotros, por nuestra parte, no descuidamos fortalecerlas en su vocación” (E 2523).

En este “Cenáculo de Apóstoles” in fieri aparece clara la identidad del Misionero: el que vive una vida de espíritu y “fe” en un clima de familia creado a través de un fuerte vínculo de “familiaridad” con Dios, para que pueda vivir “su ser consagrado” para el servicio del Reino con total y perseverante dedicación:

“Todos estamos dispuestos, Eminencia, a morir incluso mártires de la Fe; pero queremos morir con juicio, y con sumo juicio; es decir, obrando sabiamente para la salvación de las almas más abandonadas de la tierra, y exponiéndonos por ellas a los más grandes peligros de la vida con esa prudencia, discreción y magnanimidad que convienen a los verdaderos apóstoles y mártires de Jesucristo” (E 2225).

Se perfilan aquí dos modelos inspiradores de la comunidad en nuestra Regla de Vida, que hacen parte del fundamento del “Cenáculo de Apóstoles”, pensado por san Daniel Comboni e denominado en la Regla de Vida «Comunidad de hermanos» (RV 10-12).

A SAN JOSÉ, PROTECTOR DE JESÚS

Oración de Juan XXIII

San José, protector de Jesús, esposo de María,

que has transcurrido la vida

en el perfecto cumplimiento del deber,

sustentando con el trabajo de tus manos

la Sagrada Familia de Nazareth,

acompáñanos en nuestra Misión.

También Tú has experimentado la prueba, la fatiga, el cansancio;

pero tu alma, repleta de la más profunda paz, exultó de alegría

por la intimidad con el Hijo de Dios a Ti confiado

y con María su Madre.

Ayúdanos a comprender

que no estamos solos en nuestro trabajo,

y haz que en nuestra Comunidad

todo sea santificado en la caridad,

en la paciencia, en la justicia,

en el servicio misionero

y en la búsqueda del bien. Amén.

[De: La Famiglia Comboniana in preghiera, p. 426s].

  1. Carmelo Casile, Casavatore (NA), Marzo 2012
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Questa voce è stata pubblicata il 16/03/2017 da in Artigo mensual, ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , .

San Daniele Comboni (1831-1881)

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