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FP.esp 6/2017 Zundel: Dios‑Amor mendiga nuestro amor

Formación Permanente – español 6/2017
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Dios‑Amor mendiga nuestro amor
Maurice Zundel

1.           Dios‑Amor mendiga nuestro amor

A la base de todos los problemas está también el de Dios. ¿Por qué hay disensiones en el mundo, por qué la cuestión social, por qué las guerras?

La causa está en que los hombres se buscan a sí mismos y no se elevan hasta Dios. Ven a los demás como cantidades sin importancia, engranajes de un mecanismo, y no como almas con destino eterno, como hijos de Dios. El egoísmo humano ha desvalorizado la idea de Dios hasta convertirlo en un ídolo muy diferente del verdadero Dios.

El mayor drama de la Historia de la humanidad es precisamente ese conflicto entre dos concepciones del verdadero Dios: un Dios como lo imaginan los hombres egoístas y malos, y otro concebido como Dios de Amor, infinitamente superior al hombre.

Ese terrible conflicto fue el que causó la muerte de Jesucristo. Jesús guardó silencio ante su condena porque sabía que solo el corazón puede conocer al Dios de toda bondad. Jesús fue condenado en nombre de la religión, y Caifás, el Sumo Sacerdote de los judíos, se mostró aún menos digno de Dios que Pilatos, el cual, siendo ateo, reconoció la inocencia de Jesús.

El gran mal es que todos no le damos al nombre de Dios el mismo significado. La mayoría de los creyentes conciben un Dios abstracto, lejano, que nos pide sacrificios y castiga a quienes transgreden sus leyes. No es extraño entonces que los no creyentes ataquen nuestra religión. Lo que critican es una caricatura de Dios, una caricatura de la verdadera religión.

¿Para qué definir a Dios? No lo busquemos, está muy cerca de nosotros. Todos llevamos dentro un ideal de amor. Los que atacan a Dios, atacan solo un Dios que no corresponde a su deseo.

El bolchevismo, la descristianización de Francia, no habrían tenido lugar si nosotros hubiéramos mostrado a los demás lo que era realmente el Dios que adoramos, que es la Encarnación de la Belleza, del Bien y de la Verdad.

Preguntemos al artista qué es la belleza, y no nos lo dirá porque no lo sabe, pero sabe muy bien lo que lleva dentro de sí y busca realizarla, expresarla en sus obras lo mejor que puede. Igualmente el sabio, busca la verdad, encuentra partecitas, pero está dispuesto a sacrificar por ella su vida.

Así pues, Dios está en nosotros. Es el Amor, la belleza, el desinterés. Jesús reveló a una humilde mujer de Samaría, a una pecadora, el secreto de la vida eterna, secreto que había escondido a los sabios y a los teólogos:

El que beba del agua que yo le daré no tendrá más sed y el agua que yo le daré será en él una fuente que fluye para la vida eterna”. (Jn. 4, 14)

El Reino de Dios no está aquí o allá, sino dentro de vosotros” – “Dios es espíritu y los que lo adoren deben adorarlo en espíritu.” (Jn. 4,23)

Ése es el secreto de la religión. Es ante todo Amor y caridad.

Desgraciadamente, muchos católicos lo olvidan. Durante años de catecismo enseñamos a los niños fórmulas abstractas; después, seguimos con enseñanzas teóricas. Todo eso constituye una religión muerta. Como una moneda cuya efigie se ha borrado a fuerza de circular, las palabras que expresan las maravillas de nuestra religión han perdido su valor. Conocemos la enseñanza religiosa pero no captamos toda su belleza inefable.

La verdadera religión es un grito del corazón, brota de un alma recogida que ha sabido escuchar al Dios vivo que habla en el fondo de su corazón. San Pablo decía a los corintios: “Os he desposado con Cristo como virgen pura.” (2 Co. 11, 2)

Si a los futuros esposos les presentaran el matrimonio bajo la forma de código civil, a nadie le gustaría abrazar ese estado. Pues bien, la religión no es otra cosa que un matrimonio de Amor, es el encuentro del alma con Dios. La criatura humana entusiasmada de amor por su creador, pronuncia el a la petición del Dios Todopoderoso, y ese le abre las puertas de la eternidad. Todos nuestros esfuerzos deben tender a eclipsarnos, a olvidarnos para dejar transparentar a Dios a través de nosotros. Es necesario que el mundo sepa que Dios no es un tirano sino un amigo que nos ama con amor filial, y que el Reino de Dios está dentro de nosotros, que es necesario adorarlo no con gestos meramente exteriores sino en espíritu y en verdad.

Y entonces, si hacemos eso, el mundo vendrá a Dios ya que en el fondo lo está buscando y tiene inmensa necesidad de él. Lo está buscando y no sabe que Dios le está más íntimo que él mismo y está mendigando su amor.

2.           Descubrimiento siempre nuevo de Dios más allá del ver

La fuente de la fe está dentro de nosotros. La religión es la confidencia que hace un Dios de amor a su criatura.

La enseñanza de la Iglesia se compone de una serie de fórmulas que, tomadas del exterior no significan nada, pero que se animan y se trasfiguran cuando ponemos todo el corazón para comprender su inaccesible hermosura.

Hay que leer el Evangelio con todo el ardor de un corazón enamorado que debe vivir al amado a través de esas líneas. Como un vitral que permanece sin brillo durante la noche, pero que resplandece cuando lo ilumina el sol, así también las verdades de la fe resplandecen de grandeza y belleza cuando el Amor de Dios las vivifica delante de mis ojos.

No nos aferremos a algunos detalles de las Escrituras que podrían ser chocantes; las imperfecciones de estilo son obra de los hombres que pudieron deformar un poco la obra sublime de Dios. Dios dibujó en el fondo de nuestro corazón la noción de lo que es la belleza, la bondad, la santidad. Las verdades de la fe están depositadas dentro de nosotros. No es la razón la que las comprende sino el corazón el que las descubre en el silencio y el recogimiento, en el despojamiento de su yo.

Santo Tomás de Aquino dijo: “Nadie puede decir lo que Dios es, solo podemos decir lo que no es.” Trató de describirlo, de definirlo: su obra quedó inconclusa. Dios está tan mucho más allá de nosotros que es necesario renunciar a hablar de él. Solo hablan de él los que lo conocen menos; quienes lo hayan entrevisto no se atreven a abordar el tema, tan infinitamente superior es a lo que es posible decir. Sólo más allá del ver se puede esperar comenzar a conocer a Dios. Él es el Dios siempre nuevo, del cual jamás nos cansamos.

3.           Solo se peca por falta de amor

Dios no quiere que nos torturemos la mente a causa de nuestros pecados. Pide que pensemos en ellos, no después de haberlos cometido sino antes. Los muchos exámenes de conciencia están a veces al servicio de nuestro orgullo. El centro de todo y de nosotros mismos debe ser Dios.

El examen debe ser una mirada hacia Dios, pues en el fondo el único pecado es no amar bastante a Dios, es el “no” que le oponemos a su llamado divino de Amor, es una distracción de la Presencia de Dios.

Para remediar a nuestras miserias, hay que colocarlas bajo la luz de Dios. Hay que lograr que el yo ceda, creer en el Amor de Dios y abandonarse a él en total confianza. Hay que dejar vivir a Dios dentro de nosotros, volver a él si nos hemos separado de su Amor. No temamos nada, Dios es perdón como es Amor. Si damos un paso hacia él, él se precipitará hacia nosotros y nos abrirá los brazos como lo haría la más tierna de las madres.

El único pecado es la falta de amor por Dios y también la falta de amor por los hermanos, pues es una ofensa para Dios el no amar a sus hijos como él los ama.

Preguntarse: ¿Qué soy yo para los hermanos? ¿Les he presentado el rostro de fiesta de Cristo? ¿Les he dado la paz, la alegría, la felicidad?

Lo sabemos, el misterio del alma es incomprensible y con mayor razón el del alma del prójimo. Somos ciegos para juzgar a los hermanos. No podemos rodear al prójimo con suficiente humildad y respeto. Cada alma contiene el misterio de Dios, encierra una posibilidad de nacimiento divino. Seamos pues fuente de luz, de vida, de alegría y llevemos a los demás la sonrisa de Cristo.

Llevemos en el corazón delante de Dios todas las almas, las almas de nuestros hermanos, las que hayamos herido, las que nos hayan ofendido, oremos por ellas y volvamos a ellas con mayor amor y mayor deseo de hacerles bien.

4.           Ser es darse

Uno de los primeros misterios que enseñamos a los niños es el de la Santísima Trinidad, el misterio del Amor de Dios.

Tenemos un bosquejo de ese misterio en la vida del corazón, que aspira a darse y a identificarse con lo amado. El Amor significa altruismo en la identidad. El Amor de Dios significa altruismo eterno en la perfecta identidad.

A menudo representamos a Dios como un egoísmo formidable. Es un error profundo. En Dios no hay egoísmo porque no es un solo yo. Tiende a la difusión, hacia la eterna comunicación. En Dios hay un triple foco de altruismo: el Padre solo puede expresarse en el Hijo, el Hijo solo puede expresarse en su Padre, el Espíritu Santo es el lazo de fuego entre el Padre y el Hijo. Cada una de las tres Personas es solo don. Para Dios, ser es dar. Dios no es sino Amor.

Nosotros, dice san Juan, nosotros hemos conocido el Amor que Dios ha tenido por nosotros y hemos creído” (I Jn. 4,16).

Dios está por encima de toda palabra. Jamás podremos conocer aquí abajo todo lo que es él. Para comprender los misterios de Dios, tenemos que desposeernos, tenemos que ser impulso vivo de amor hacia Dios.

Dios quisiera que no vayamos a él los unos sin los demás: “Padre, que todos sean UNO en NOSOTROS, como Tú y Yo somos UNO”.

Todas las almas son un solo ser en Jesús. El verdadero cielo de las almas es el corazón de Dios. “Dios no es el Dios de los muertos sino de los vivos“. Todos están vivos en él, y por consiguiente lo están en nuestro corazón ya que Dios es UNO en nosotros.

Nosotros todos que participamos en un solo pan, dice san Pablo, somos un solo ser en Cristo Jesús. ¡Qué inaudito programa! ¡Qué vocación la del cristiano! ¡Considerar a los demás como hijos propios, engendrarlos para Dios!

La vida solo tiene sentido porque los seres no son sino bosquejos y nosotros debemos terminarlos. Entramos en un mundo nuevo donde aparece el rostro de Jesús, su inmensa ternura para con los hombres. A nuestro turno, debemos despojarnos, desposeernos, y luego ir hacia los hermanos con todo el amor de que seamos capaces, arrodillarnos delante de ellos y llevarles las riquezas del don de Pobreza.

¡Qué hermosa misión la del cristiano, si mira el mundo con una mirada redentora y purificadora! Si tuviéramos mucha indulgencia y amor, los hombres adivinarían la Caridad de Cristo a través de nosotros.

5.           La creación: consumación de un matrimonio de amor por nuestro “sí” después del de Dios.

La Creación responde a la naturaleza misma de Dios: Dios es Amor, la creación es un acto de Amor de Dios. Ser criatura es ser amado de Dios. Hay ahí una nobleza infinita. La creación no fue hecha en el pasado. Es un don continuo e infinito de un Amor que no se agota jamás.

Dios creó el universo por Amor y para el Amor. Dios no puede ser sino Amor. ¡Eso parece extraño sin embargo, en un mundo donde encontramos tanto sufrimiento, tantos males, tanta impureza! ¿Cómo explicar el problema del mundo?

Pues bien, hay que hacer un acto de fe. Puesto que Dios es Amor, todo debe resolverse en el Amor. Dios sólo podía dejar libres las criaturas. Obligarlas a responder a su Amor habría sido un acto de tiranía. La creación no habría tenido sentido si hubiera sido solo beatitud. Era necesaria la prueba que permitiera a la criatura decir “” o “no” a la petición de Dios. Era necesario que el Universo colaborara para terminar la obra de Dios. Entonces, somos los árbitros de nuestro destino. La suerte de la creación se juega en nuestras manos. Dios no quiso terminar nada sin nuestro amor.

Dios se dio, fue generoso hasta ponerse bajo la dependencia de la criatura Esa es la perfección del Amor, el misterio de la pobreza de Dios.

Se despojó por nosotros. Sin esa prueba, nuestro amor es facticio; con la posibilidad de responder libremente al Amor de Dios, al verdadero Amor, entró en la creación el Amor recíproco. Dios prefirió así correr un riesgo, el de no ser amado, el de ver fracasar su obra magnífica de la creación, más bien que violentar nuestra libertad.

La criatura que consiente y responde a ese Amor, en darse a su turno, en desposeerse, se convierte en la cuna de la natividad de Jesús. Somos nosotros los que respondemos a los deseos de Dios, y no Dios el que nos responde. La oración es una apertura de nuestro corazón al Amor de Dios: es la ofrenda de nuestro amor. La verdadera oración es la aceptación del Amor de Dios y esa oración no puede no ser respondida.

Los sufrimientos son consecuencias de nuestro mal uso de la libertad. No puede haber milagros siempre: Dios no puede violar las leyes del universo y suprimir el dolor. Es necesario que el dolor purifique. Es útil y a veces provechoso. Todo viene del Amor, todo existe por el Amor.

Hay una religión escandalosa, que consiste en ofrecer el cielo a cambio de buenas obras. Es un negocio que nosotros no queremos. En El Juicio final de la Capilla Sixtina, Miguel Ángel representó un Dios iracundo que arroja a los condenados al fuego eterno. La Virgen misma está horrorizada, ¿verdad? ¡Pues no! ¡Esa no es nuestra religión, nuestra religión es infinitamente más hermosa! El hombre no es juzgado por Dios, es exactamente lo contrario: Dios es juzgado por el hombre. Dios se deja crucificar por el hombre. Su emblema es la Cruz.

Dios no envió su Hijo al mundo para que lo juzgara, sino para que el mundo fuera salvado por él. La Luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Pero Dios, condenado por los hombres, los perdonó porque él es Perdón, como es Amor.

La Revelación no nos da información sobre el más allá sino que nos prepara solamente. El problema religioso consiste en saber si salvamos a Dios o si lo condenamos eternamente, si él reina en nuestros corazones o si debe quedar desterrado de nosotros para siempre.

Al mundo lo han alejado de ese rostro de Amor. Los hombres se rebelaron contra ese Dios que creían ser un tirano. Si todo se va al suelo a nuestro derredor, si el estado del mundo es abominable, es que la creación no es el canto de amor que debería ser.

Dios no quiso todos esos sufrimientos, todos esos crímenes, todas esas impurezas. El mundo está creado por parte de Dios. Por parte nuestra, debe ser creado. La tragedia de Dios se juega en nuestra vida. Cuando todos los hombres hayan dicho “” al Amor de Dios, entonces comprenderemos lo que es la creación, será consumado el matrimonio de Amor.

Como Juana de Arco, tenemos que realizar una magnífica cabalgata. Hay que liberar el Reino de Jesús cautivo y hacer reinar a Dios. Si leemos el Evangelio en este espíritu, bajo esta luz, comprendemos verdaderamente cuál debe ser nuestra acción, nuestro apostolado.

Dios es un niño que está buscando su cuna en nuestros corazones. Él mismo nos lo dice: “El que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos, ése es Mi hermano, Mi hermana y Mi madre” (Mt. 12, 50). Ser la madre de un Dios de Amor, he ahí nuestra vocación.

6.           La Humanidad de Cristo, misterio de Pobreza

El cristianismo no es un sistema sino una Persona, la Persona de Jesús. El misterio de Jesús es un misterio de santidad, de vida interior, de amor y de pobreza. Es un escándalo para la inteligencia.

Se ha buscado explicación en la filosofía, en la metafísica; se ha querido encontrar correspondencias entre la humanidad y la divinidad… ¡vana ilusión! Es algo muy diferente. Hay que acercarse por caminos espirituales. La razón no sirve de nada para entrar en las verdades del Amor.

La vida religiosa tiende a transferir el “yo” a Dios, hacia el despojo total de sí mismo, de modo que Dios tome el lugar del yo. “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí” (Ga. 2,20). Los místicos, los santos se han esforzado en efecto por salir de sí mismos, por superarse para unirse con Dios. En Jesús se realiza la perfecta desposesión del hombre.

Las palabras no pueden expresar ese misterio. Dios no está en un trono por encima de las nubes. Es una Presencia por doquiera difundida, es don perfecto, Su Amor es la fuente de todo lo que existe. Dios no tenía pues que hacerse presente a su criatura, sino la criatura debía hacerse presente a Dios.

La Humanidad de Jesús es solo un impulso hacia Dios; enteramente trasparente a la luz de Dios, es un sacramento dado por todas las fibras de su ser. Por la Encarnación, Dios no cambió; sólo unió la criatura consigo mismo. En Jesús no hay que considerar solo la divinidad; en él hay verdadera humanidad.

La Encarnación no es apariencia sino la realidad más magnífica que se pueda concebir. Es Dios comunicándose a los hombres por la humanidad de Jesús, una humanidad que no tiene ego. El yo que se escucha a través de ella es el mismo yo de Dios. Esa humanidad se abre a Dios por todo lo que es, ella rinde testimonio a Dios. ¿Quién comprenderá jamás el don infinito hecho a los hombres en la santa humanidad de Jesús? En Jesús se encuentra un corazón humano, una inteligencia humana, una libertad humana que acepta.

Jesús sabía muy bien que sus milagros no convertirían a nadie, que no abrirían los ojos. Él no quiere que vayamos a Dios a causa de signos externos. Quiere tocar los corazones. Así quiere realizar un gesto de ternura divina que se dirige al amor.

Se esfuerza por hacer atentas las almas de buena voluntad, por hacer adivinar su Amor, tal es su objetivo. En su conversación con Nicodemo, Jesús le dice: “Tanto amó Dios al mundo que le ha dado su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga la vida eterna”. Dice también: “Nadie puede venir a mí si mi Padre que me envió no lo atrae”. El encuentro entre Dios y el alma no se puede consumar sino en el Reino del espíritu. Jesús proclamó bienaventurados a los que creyeran, por un movimiento de Amor, sin haber visto.

Para Jesús era importante que se guardara silencio respecto de sus milagros: “No lo digan a nadie”, decía. Los milagros llevan la marca de la inefable humildad de Jesús. Habría podido probar que era el Hijo de Dios, y no quiso, porque el Reino de Dios solo puede realizarse por el don de nosotros mismos.

Por eso los milagros son puestos en el último plano en el Evangelio. El Reino de Dios es un Reino de Amor, de Caridad y de Pobreza. En Jesús vemos confluir las dos pobrezas: la de Dios y la de la santa humanidad de Cristo.

¡Qué bien se siente que estamos en el centro de un misterio de santidad que jamás podremos agotar! Ese misterio está escrito con letras de sangre en la Pasión de Cristo. Jesús llevó el peso de nuestros rechazos: se hizo pecado por nosotros. La noche de la Pasión, conoció la ausencia de Dios, pero sin dejar de contemplar el rostro del Padre. Tuvo entonces realmente una sensación de culpabilidad infinita. Lo invadió un sentimiento de tinieblas.

La identidad con el pecado era tan viva y la angustia tan inimaginable que gritó: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mat. 27, 45). Ni siquiera se atreve a decir: “¡Padre mío! por lo culpable que se siente. Entonces brota el grito: “¡Perdónalos porque no saben lo que hacen!” Jesús, en medio de su abandono, implora el perdón de la humanidad que representa.

Estamos en la cumbre de la Pobreza de la santa humanidad de Cristo. Todavía no estamos en la cumbre de la de Dios. La pobreza suprema es la traducción humana de la pobreza de Dios, infinitamente más grande. Está por encima de todos los despojos de todos los sacrificios. La crucifixión de Jesús es un eco lejano del don eterno de Dios. La Pobreza divina está más allá de toda palabra humana. La humanidad de Jesús nos aspira, por decirlo así, para conducirnos a la divinidad, en la eterna caridad de Dios. Creemos sin duda de todo corazón en la divinidad de Cristo, pero este misterio está tan por encima de la razón humana que jamás lograremos profundizarlo. A medida que lo vivamos con más intensidad, llegaremos a adorar mejor a Dios, a amar mejor a nuestro hermano en el misterio de una eterna Pobreza.

7.           Abandonarse a la Presencia amorosa de Dios

Un día dijo Dios a san Francisco de Sales: “Yo no me llamo “el que condena”. Mi nombre es Jesús, Salvador.” Dios no puede condenar, sólo puede amar. El perdón de Dios está dado al que lo pida.

¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como una gallina reúne sus polluelos bajo sus alas y tú no quisiste!” (Mat. 23, 37). Ésa es la inagotable bondad de Jesús.

Tenemos un poder formidable: nuestro papel es engendrar a Dios con nuestro amor.

No es posible que un hombre que ha crecido toda su vida en el amor pueda temer morir en estado de pecado mortal. No hay que detenerse en los pequeños accidentes de la ruta. Cuidémonos también de juzgar a los demás. Hay quienes caen después de años de lucha: no tenemos derecho de condenarlos. Siempre es tiempo de salvarlos. Un solo acto de amor, un sí final al llamado de Jesús basta para reparar, para purificarnos de todas las faltas y hacernos más blancos que la nieve.

Nuestros pecados son a veces provocados por el surmenaje y la fatiga; seamos pacientes con nosotros mismos. Recordar la parábola del hombre acostado que, cansado de la petición de su amigo, termina por levantarse y darle 3 panes. Tampoco será perdido el día si al final terminamos diciendo a Dios.

Recordemos la parábola de los obreros de la última hora. No nos lamentemos de no haber hecho nada: ¡comencemos! La vida cristiana es una fuente inagotable de juventud. Qué importa la hora en que se pronuncie el , a condición que se realice el matrimonio de amor. Abandonémonos a la Presencia de Dios. ¡Démonos! Tengamos confianza. Adhiramos a todo lo que es Dios, a todo lo que él quiere realizar en nosotros. San Agustín decía: “Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que me das”.

El primer movimiento después de la falta debe ser un impulso de amor hacia Dios, nuestro Padre: ¡refúgiense en sus brazos! No es necesario confesarse inmediatamente. Recibamos primero el perdón de un Padre muy amoroso, y después humillémonos ante el representante de Dios por la falta cometida contra la humanidad, pues ella también fue ofendida.

Tengamos una inmensa confianza en Dios: hay que sonreír en la prueba, a los deberes, a los hermanos.

Dios no nos pide siempre dar nuestra vida de una vez sino lo que es más difícil además, darla gota a gota, a pesar de las dificultades, las ofensas y las contradicciones. Realizar la realeza del Amor, volvernos hacia Dios, en un impulso de juventud. Que nuestro lema sea “¡El Señor es!”

8.           La Iglesia, una misión: mostrar el verdadero rostro de Cristo

Dios no es el Dios de los muertos sino el Dios de los vivos. Tampoco es el autor de la muerte: la muerte vino del pecado, porque el Hombre se alejó de Dios. Pero Dios no se ha alejado del Hombre. Mirando quién era Jesús, Cristo no tenía que morir. En él, la muerte fue una muerte de Amor. El verdadero milagro no es la resurrección de Jesucristo sino más bien su muerte. Pasó por la muerte a causa de nosotros.

Después de la muerte, comienza una nueva fase; el corazón de los discípulos está lleno de estupor. Ellos no entendieron nada. No cesaban de esperar el restablecimiento del reino de Israel y están decepcionados. Los apóstoles no estaban convencidos de la Resurrección. El cristianismo nació el día de Pentecostés.

Entonces reconocieron el verdadero rostro de Cristo. La Iglesia nació en su corazón, cuando se sintieron identificados con la Presencia de Jesús. Ahí estaba él, como un fuego de Amor, como un acto de caridad. Lo que toca los corazones es la santidad de Jesús. El misterio de la Iglesia es tan profundo como el de la Encarnación o el de la Santa Trinidad: es un misterio de Amor. El testimonio de Cristo y de la Iglesia son uno solo.

Después de Pentecostés, los apóstoles comprendieron que el Evangelio que iban a difundir en el mundo entero no era la palabra de ellos sino la de Jesús, era su vida, era su Santidad, era su Amor.

Obtuvieron entonces la certeza invencible de que en adelante están en Dios y Dios está en ellos. Ya no actúan en nombre propio, ya no son sino sacramentos vivos. La Iglesia no es una institución humana. Hay, por una parte, identidad entre Cristo y la Iglesia, y por otra, entre Cristo y Dios. Por eso pudo decir Jesús a Pablo que perseguía la comunidades cristianas: “Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Ac. 9, 5).

El dogma es la Palabra de Dios que resuena en nosotros, el testimonio que la santidad se rinde continuamente entre nosotros. Alimentarse del dogma es acercarse a la Palabra viva que es Cristo mismo. No hay que buscar afuera la comprensión del dogma. Conviene arrodillarse y escuchar en silencio porque es la expresión de la eterna caridad.

El sacerdocio es un estado de abandono, de despojamiento. El hombre que abraza este sublime estado no es más que signo de otro. Ya no es él, es Jesús el que habla por sus labios, por su corazón, por su vida.

Si la Iglesia es inmaculada e infalible es porque ella es Dios, Dios en los dogmas, Dios a través de los hombres. Ser católico es estar con Jesús. Estamos unidos a todos los hermanos. La fraternidad divina salió de la paternidad divina. Dios quiere que toda la creación participe en la nueva creación… Lo bendijo todo, lo consagró y lo trasfiguró. Por doquiera reconocemos el inmenso Amor de Dios. Con la hermana agua, cuna de nuestro nacimiento a la vida divina y nuestro hermano fuego, instrumento de nuestra purificación, vamos todos juntos hacia Dios, cantando el Cántico del Amor. Estamos juntos en el Corazón de Jesús. Cada oración hace brotar de nosotros algo personal.

Solo con el Amor se pueden abrir las almas. Si a veces la Iglesia es desconocida, es que sus representantes se han mostrado demasiado duros, demasiado severos en ciertos casos. ¿Entonces? ¿Por qué escandalizarse d eso? Los sacerdotes no son solamente hombres: el sacerdocio no los santifica automáticamente. Son hombres pecadores, en camino hacia su perfección. Dios comunica su gracia por medio de los sacerdotes. Pero la Iglesia no es solamente los sacerdotes sino también los fieles. Todos llevamos también el honor de Cristo, la vida de Cristo, la santidad y el corazón de Cristo.

Debemos ser instrumentos de santificación de los sacerdotes, sacramento de la oración de la bondad de Cristo. Tenemos la misión de mostrar a los hermanos el verdadero rostro de Cristo.

Hay una multitud de gente que no conoce ese rostro. Antes de combatirlos, reconozcamos que somos los primeros culpables. Nosotros que llevamos el Evangelio, ¿les hemos llevado siempre ese mensaje de Amor? Entonces, ¿Por qué culparlos si, deteniéndose a las malas apariencias, no pudieron reconocer el Corazón de Jesús?

Nuestra misión es llevar la luz de Cristo a los hermanos, hacer brillar a Jesús a través de nosotros. Nosotros seremos embajadores del Corazón de Jesús, no con palabras que son vanas, sino con la mirada, la sonrisa, la paciencia y la bondad para con todos.

Solo pertenecemos verdaderamente a la Iglesia si nos arrodillamos ante la Palabra de Dios. Si la Palabra condena nuestra conducta, es nuestro deber someternos. La obediencia heroica no nos rebaja, nos libera, no nos hace esclavos sino discípulos de la Palabra de Dios. La Iglesia es un misterio de Pobreza. Hay que morir una muerte de amor.

9.           Comulgar es despojarse de sí mismo para revestirse de Jesús y trasfigurar el universo

La vida de Jesús termina en un fracaso. No convirtió a nadie, ni siquiera a sus apóstoles. El misterioso triunfo de la Resurrección no consagra el éxito de su misión. Él mismo dijo: “Os conviene que yo me vaya, pues si no me voy no recibiréis el Espíritu Santo” (Jn. 16, 7). Cuando hubo desaparecido, se les apareció en lo más íntimo de sus corazones, el día de Pentecostés. Sobre la Cruz, la divinidad estaba escondida pero aquí, es la humanidad misma la que está oculta. Jesús ya no tiene rostro humano, sino rostro de cosa. No se puede ir más lejos en la Pobreza. Dios es el doctor del silencio, silencio que es el refugio de las almas. Él corrige las flaquezas de nuestras palabras.

Hay que ir a comulgar no a causa de nosotros sino a causa del gran deseo de Dios de recibirnos. Nuestro Dios nos espera en los abismos de su Pobreza. Se ha querido demostrar la Presencia real. Hay un número infinito de maneras de estar presente en algo. Para entrar en este misterio, hay que estar también en estado de pobreza porque el misterio de la Cruz está encastrado en el de la Eucaristía.

Comulgar es levantar la Cruz en el corazón para morir de amor, es despojarse de sí mismo para revestirse de Jesús-comunión. Los dos actos están infinitamente unidos. Hay que ofrecerse como víctima para que Jesús pueda decir sobre nosotros: “Esto es mi cuerpo, esto es mi Sangre”. Cada criatura se hace hostia en las manos de Dios.

Pero ¡ay! Muchas personas comulgan materialmente y no se trasforman. ¿Cómo extrañarse? Se acercaron al sacramento de Amor, es verdad, pero sin despojarse de sí mismas, sin ir hasta la expropiación del ego. El acto es exterior y no toca las fibras del corazón.

La liturgia debe ser el principio de nuestra vida. La misa es un misterio de Amor. La muerte de Jesús debe penetrar hasta lo más profundo de nuestros corazones para enraizarse en ellos y establecer en nosotros el reino de Amor de nuestro Señor. La hostia es el fermento de la fraternidad cristiana. Todos somos un solo pan. Todos somos sacerdotes, pues solo hay un sacerdote, Cristo.

Ser cristiano es vivir la Persona de Jesucristo, expresar todo el día el Sacerdocio de Jesucristo, el sacerdocio universal, es hacer descender sobre las almas la caridad de Jesús.

Entonces, el misterio de la Iglesia será lo más apasionantemente hermoso. Nuestra vida será trasformada. Todo toma significado. El trabajo se orienta en vista de operar la salvación del mundo, los gestos, las palabras, las acciones, tienen importancia divina. Nos eclipsamos ante la Presencia de Jesús, miramos a los seres como hostias puestas en nuestras manos para ser consagradas. Todo el día estamos en la sociedad de Cristo.

Iremos por el mundo cubriendo las almas de respeto, de amor, haciéndoles adivinar a Jesús a través de nosotros, para que se den a Dios. Las procesiones, ay, ya no pasan por las calles de la capital. A nosotros nos toca hacer brillar a Jesús a través de nuestro rostro.

Hacer del universo un universo de belleza, de alegría y amor, trabajar por la trasformación del mundo, tal es la misión de todo cristiano.

En un retiro de Pentecostés Entre 8 y 10 de junio de 1935, en Francia,


 

 

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Questa voce è stata pubblicata il 27/05/2017 da in Artigo mensual, ESPAÑOL con tag , , .

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