COMBONIANUM – Formazione Permanente

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Palabra del II Domingo de Adviento (B)

 2º de Adviento (Ciclo B)

BUENA NOTICIA
José A. Pagola

A lo largo de este nuevo año litúrgico, los cristianos iremos leyendo los domingos el evangelio de Marcos. Su pequeño escrito arranca con este título: «Comienzo de la buena noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios». Estas palabras nos permiten evocar algo de lo que encontraremos en su relato.

Con Jesús «comienza algo nuevo». Es lo primero que quiere dejar claro Marcos. Todo lo anterior pertenece al pasado. Jesús es el comienzo de algo nuevo e inconfundible. En el relato, Jesús dirá que «el tiempo se ha cumplido». Con él llega la buena noticia de Dios.

Esto es lo que están experimentando los primeros cristianos. Quien se encuentra vitalmente con Jesús y penetra un poco en su misterio sabe que con él empieza una vida nueva, algo que nunca había experimentado anteriormente.

Lo que encuentran en Jesús es una «Buena Noticia». Algo nuevo y bueno. La palabra «evangelio» que emplea Marcos es muy frecuente entre los primeros seguidores de Jesús y expresa lo que sienten al encontrarse con él. Una sensación de liberación, alegría, seguridad y desaparición de miedos. En Jesús se encuentran con «la salvación de Dios».

Cuando alguien descubre en Jesús al Dios amigo del ser humano, el Padre de todos los pueblos, el defensor de los últimos, la esperanza de los perdidos, sabe que no encontrará una noticia mejor. Cuando conoce el proyecto de Jesús de trabajar por un mundo más humano, digno y dichoso, sabe que no podrá dedicarse a nada más grande.

Esta Buena Noticia es Jesús mismo, el protagonista del relato que va a escribir Marcos. Por eso su intención primera no es ofrecernos doctrina sobre Jesús ni aportarnos información biográfica sobre él, sino seducirnos para que nos abramos a la Buena Noticia que solo podremos encontrar en él.

Marcos le atribuye a Jesús dos títulos: uno típicamente judío; el otro, más universal. Sin embargo, reserva a los lectores algunas sorpresas. Jesús es el «Mesías» al que los judíos esperaban como liberador de su pueblo. Pero un Mesías muy diferente del líder guerrero que muchos anhelaban para destruir a los romanos. En su relato, Jesús es descrito como enviado por Dios para humanizar la vida y encauzar la historia hacia su salvación definitiva. Es la primera sorpresa.

Jesús es «Hijo de Dios», pero no dotado del poder y la gloria que algunos hubieran imaginado. Un Hijo de Dios profundamente humano, tan humano que solo Dios puede ser así. Solo cuando termine su vida de servicio a todos, ejecutado en una cruz, un centurión romano confesará: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Es la segunda sorpresa.

EL CAMINO ABIERTO POR JESÚS

Avvento (38)No pocos cristianos practicantes entienden su fe solo como una «obligación». Hay un conjunto de creencias que se «deben» aceptar, aunque uno no conozca su contenido ni sepa el interés que pueden tener para su vida; hay también un código de leyes que se «debe» observar, aunque uno no entienda bien tanta exigencia de Dios; hay, por último, unas prácticas religiosas que se «deben» cumplir, aunque sea de manera rutinaria.

Esta manera de entender y vivir la fe genera un tipo de cristiano aburrido, sin deseo de Dios y sin creatividad ni pasión alguna por contagiar su fe. Basta con «cumplir». Esta religión no tiene atractivo alguno; se convierte en un peso difícil de soportar; a no pocos les produce alergia. No andaba descaminada Simone Weil cuando escribía que «donde falta el deseo de encontrarse con Dios, allí no hay creyentes, sino pobres caricaturas de personas que se dirigen a Dios por miedo o por interés».

En las primeras comunidades cristianas se vivieron las cosas de otra manera. La fe cristiana no era entendida como un «sistema religioso». Lo llamaban «camino» y lo proponían como la vía más acertada para vivir con sentido y esperanza. Se dice que es un «camino nuevo y vivo» que «ha sido inaugurado por Jesús para nosotros», un camino que se recorre «con los ojos fijos en él» (Hebreos 10,20; 12,2).

Es de gran importancia tomar conciencia de que la fe es un recorrido y no un sistema religioso. Y en un recorrido hay de todo: marcha gozosa y momentos de búsqueda, pruebas que hay que superar y retrocesos, decisiones ineludibles, dudas e interrogantes. Todo es parte del camino: también las dudas, que pueden ser más estimulantes que no pocas certezas y seguridades poseídas de forma rutinaria y simplista.

Cada uno ha de hacer su propio recorrido. Cada uno es responsable de la «aventura» de su vida. Cada uno tiene su propio ritmo. No hay que forzar nada. En el camino cristiano hay etapas: las personas pueden vivir momentos y situaciones diferentes. Lo importante es «caminar», no detenerse, escuchar la llamada que a todos se nos hace de vivir de manera más digna y dichosa. Este puede ser el mejor modo de «preparar el camino del Señor».

LA BUENA NOTICIA

Los primeros creyentes han visto en Jesús, antes que nada, una buena noticia. Así ha titulado su pequeño escrito el primer redactor cristiano que ha recogido los dichos y la actuación de Jesús: «Buena noticia de Jesús el Cristo, el Hijo de Dios». Una buena noticia trata siempre de un acontecimiento feliz que no es todavía conocido, aunque en el fondo, el ser humano lo espera y lo busca.

Pero, ¿qué ha anunciado y ofrecido Jesús, que todavía no es conocido por los creyentes aunque éstos lo esperan y buscan? ¿Hay todavía algo que toda persona seguimos anhelando y que podemos encontrar una respuesta en Jesucristo? La mayor originalidad de Jesús consiste en anunciar de manera convencida que con él comienza ya a realizarse una utopía que estaba siempre viva en Israel y que es tan vieja como el corazón de toda persona de buena voluntad : la desaparición del mal, de la injusticia, el dolor y la muerte. Lo que Jesús llamaba el reino de Dios.

Este es el anuncio de Jesús: algo nuevo se ha puesto en marcha en la historia. La humanidad no camina sola, abandonada a sus propios recursos. Hay Alguien empeñado en la felicidad última de cada uno de sus hijos. En el fondo de la vida hay Alguien que es bondad, acogida, liberación, plenitud: Dios, nuestro Padre. Esto lo cambia todo. Comienza una situación nueva en la que se nos invita a comprender y vivir nuestra existencia de una manera nueva: construyendo el reino del Padre, es decir, construyendo una convivencia fraterna, hecha de justicia, verdad y paz.

La llamada del Bautista es clara: «Preparadle el camino al Señor». Dios comienza a ser algo real en nuestra vida cuando la vivimos de manera más humana. Empezamos a escucharle cuando escuchamos lo mejor que hay en nosotros. Es de gran importancia tomar conciencia de que la fe es un recorrido y no un sistema religioso. Y en un recorrido hay de todo: marcha gozosa y momentos de búsqueda, pruebas que hay que superar y retrocesos, decisiones ineludibles, dudas e interrogantes. Todo es parte del camino: también las dudas, que pueden ser más estimulantes que no pocas certezas y seguridades poseídas de forma rutinaria y simplista. Cada uno ha de hacer su propio recorrido. Cada uno es responsable de la «aventura» de su vida. Cada uno tiene su propio ritmo. No hay que forzar nada. En el camino cristiano hay etapas: las personas pueden vivir momentos y situaciones diferentes. Lo importante es «caminar», no detenerse, escuchar la llamada que a todos se nos hace de vivir de manera más digna y dichosa. Este puede ser el mejor modo de «preparar el camino del Señor»

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Adviento es venida y encuentro

San Juan Pablo II, papa

Adviento quiere decir “venida” y quiere decir también “encuentro”. Dios, que viene, se acerca al hombre, para que el hombre se encuentre con El y sea fiel a este encuentro. Para que permanezca en él, hasta el fin. Este importante pensamiento, proclamado por la liturgia del II domingo de Adviento, quiero meditarlo juntamente con vosotros, queridos hermanos y hermanas…

En la liturgia de hoy, como de costumbre, habla primero Isaías, Profeta del gran adviento. Su mensaje es hoy gozoso, lleno de confianza: “Consolad, consolad a mi pueblo… Hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen… Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión… Alza con fuerza la voz, no temas, di…: Aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza… Mirad: le acompaña el salario… Como un pastor apacienta su rebaño, su mano los reúne”(Is40, 1-2. 9-11).

Al mismo tiempo que este mensaje, tenemos la llamada a “preparar” y “allanar” el camino, la misma que hará suya, en las riberas del Jordán, Juan Bautista, último Profeta de la venida del Señor. En síntesis, Isaías afirma: El Señor viene… como Pastor; es preciso crear las condiciones necesarias para el encuentro con El. Es necesario prepararse.

“Mirad: Dios, el Señor, llega”, se nos ha dicho, pero, al mismo tiempo, la voz grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor…, que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo  torcido se enderece, y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor…” (Is 40, 3-5).

Aceptemos, pues, con alegría tanto la buena noticia como los deberes que ella pone ante nosotros. Dios quiere estar con nosotros; viene como dominador, “su brazo domina, pero, sobre todo, viene como Pastor, y como tal, “apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres.” (Is 40, 11).

Estamos aquí para fortalecernos en nuestra alegría y en nuestra esperanza y, a la vez, para que podamos siempre de nuevo, llevados por la convicción acerca de la presencia de Dios en nuestros caminos, prepararle el sendero, removiendo de él todo lo qué hace difícil e incluso imposible el encuentro; para que podamos retornar siempre a El.

Por esto, escuchemos con atención las palabras de la segunda lectura de la liturgia de hoy, en la que nos habla el Apóstol Pedro, es decir, uno que fue testigo de la primera venida. Su tema de adviento está orientado, sobre todo, hacia los últimos tiempos, hacia “el día del Señor”; los que han experimentado la primera venida, justamente viven en espera de la segunda, conforme a la promesa del Señor.

Para la lectura de Pedro parece característica la “dialéctica” de la eternidad y del tiempo, o mejor, la dialéctica del “tiempo de Dios” y del “tiempo del hombre”. Como se sabe, en las comunidades cristianas de los primeros siglos, era fuerte la espera de la parusía, esto es, de la segunda venida, del segundo adviento de Cristo. Algunos empezaban a dudar de la veracidad de esta promesa. El fragmento de la segunda Carta de San Pedro, que hemos escuchado hace poco, responde a estas dificultades: “No perdáis de vista una cosa, queridísimos hermanos: para el Señor un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Esto quiere decir: los hombres tenéis vuestra concepción del tiempo, la unidad de su medida, el calendario, el reloj; tenéis vuestros criterios, según los cuales juzgáis que el tiempo se prolonga demasiado o corre poco veloz. Vosotros vivís en el tiempo, lo vivís a vuestro modo, y así debe ser; pero no trasladéis esta concepción a Dios, porque ante El vuestros miles de años son como un solo día; y un día es como vuestros mil años. Por esto, no juzguéis con vuestras categorías y no digáis que Dios se ha dado prisa o que tarda.

Y luego escuchamos: “El Señor no tarda en cumplir…, sino que tiene mucha paciencia con vosotros porque no quiere que nadie perezca sino que todos se conviertan” (2 Pe 3, 9).

Así, pues, de modo inesperado se nos pone delante la imagen de Dios Pedagogo, de ese Pastor al que conocemos bien, que espera pacientemente a todos los que todavía no han cogido la pala y no han comenzado a “preparar” y “allanar” sus caminos; que han permanecido sordos al grito gozoso: “Mirad a vuestro Dios… Mirad: Dios, el Señor, viene”.

Este tiempo nuestro humano, vivido de modo humano, con su contenido y su sustancia, que nosotros realizamos, continúa gracias a la paciencia de Dios. Así, lo que a alguno puede parecer como falta de cumplimiento de la promesa por parte de Dios es, en cambio, el misericordioso don que El hace al hombre.

Sin embargo es cierto que “el día del Señor” vendrá, y vendrá inesperadamente; será una sorpresa para cada uno de los hombres. Por esto, el problema de la “conversión”, el problema del “encuentro”, y de “estar con Dios” es cuestión de cada día; porque cada día puede ser para cada hombre, para mí, “el día del Señor”. Debemos hacernos, pues, la pregunta de Pedro: ¿Cómo debemos ser nosotros en la santidad de la conducta, y en la piedad, esperando y acelerando la venida del día de Dios? (cf. 2 Pe 3, 11-12).

La perspectiva escatológica de la Carta del Apóstol: “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia” (2 Pe3, 13) habla del encuentro definitivo del Creador con la creación en el reino del siglo venidero, para el cual debe madurar cada hombre mediante el adviento interior de la fe, esperanza y caridad.

El testigo de esta verdad es Juan Bautista, que en la región del Jordán predica “que se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados” (Mc 1, 4). Se cumplen así las palabras de la primera lectura del libro de Isaías. Efectivamente, Juan predicaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero El os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

Juan distingue claramente el “adviento de preparación” del “adviento de encuentro”. El adviento de encuentro es obra del Espíritu Santo, es el bautismo con el Espíritu Santo. Es Dios mismo que va al encuentro del hombre; quiere encontrarlo en el corazón mismo de su humanidad, confirmando así esta humanidad como imagen eterna de Dios y, al mismo tiempo, haciéndola “nueva”.

Las palabras de Juan sobre el Mesías, sobre Cristo: “El os bautizará con Espíritu Santo” alcanzan la raíz misma del encuentro del hombre con Dios viviente, encuentro que se realiza en Jesucristo y se inscribe en el proceso de la espera de los nuevos cielos y de la nueva tierra, en que habite la justicia: adviento del “mundo futuro”. En El, en Cristo, Dios ha asumido la figura concreta del Pastor anunciado por los Profetas, y al mismo tiempo se ha convertido en el Cordero que quita el pecado del mundo; por esto, se mezcló con la muchedumbre que seguía a Juan, para recibir de sus manos el bautismo de penitencia y hacerse solidario con cada hombre, para transmitirle luego, a su vez, el Espíritu Santo, esa potencia divina que nos hace capaces de liberarnos de los pecados y de cooperar a la preparación y a la venida “de los nuevos cielos y de la nueva tierra”.

“La espera de una nueva tierra —enseña el Concilio Vaticano II— no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar una vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (Gaudium et spes, 39).

Escuchemos la Palabra de Dios con la convicción de que ella, cuando es escuchada por el hombre, tiene la potencia del “Adviento” y por lo tanto, la capacidad de transformar y renovar. Entonces digamos desde lo profundo del corazón las palabras del Salmista: “Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra” (Sal84 [85], 9-10).

Digamos con alegría estas palabras, porque ellas infunden en nuestros corazones la nueva esperanza y la nueva fuerza, porque anuncian que la gloria de Dios habitará en la tierra, que la salvación, está cerca de los que le buscan. Dios anuncia la paz, y hace posibles los tiempos de la fidelidad y de la justicia. “La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto” (vv. 12-13).

Queridos hermanos y hermanas: Nuestro adviento transcurre en esta perspectiva, y en ella se realiza también nuestro encuentro, tan deseado. He querido estar entre vosotros, veros, miraros a los ojos y desearos, en la presencia de Cristo, piedra angular de nuestra construcción (cf.Ef2, 20-22), que vuestra tierra, es decir, vuestra parroquia, vuestro barrio, den sus frutos. Y quiero también desear a cada uno de vosotros que la propia tierra, esto es, vosotros mismos, vuestras casas, vuestras familias, den su fruto.

Dios ha dicho: “Hablad al corazón de Jerusalén” (Is 40, 2). Yo quisiera hablar al corazón de cada uno y cada una de vosotros y, así, a todos vuestros amigos, a todos los feligreses, para que aceptéis con alegría tanto el mensaje de este do mingo de Adviento, como los deberes que él pone ante nosotros.

¡Preparad el camino al Señor! ¡Enderezad sus senderos! Que esto se realice en el sacramento de la reconciliación en la humilde y confiada confesión de Adviento, a fin de que ante el recuerdo de la primera venida de Cristo, que es Navidad, y a la vez en la perspectiva escatológica de su Adviento definitivo, el pecado quede eliminado y expiado, para que la Iglesia pueda proclamar a cada uno de vosotros que ha terminado la esclavitud, y que el Señor Dios viene con fuerza.

Preparadle el camino en vuestros corazones, en vuestras casas, en vuestra comunidad. Que en cada uno de vosotros, y entre vosotros, se encuentren la misericordia y la verdad, que la justicia y la paz se besen. ¡Que la gloria de Dios habite en esta tierra! Amén.

Visita pastoral a la Parroquia romana de San Gaspar del Búfalo 06-12-1981: II Domingo de Adviento

 

 

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Questa voce è stata pubblicata il 07/12/2017 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad, Palabra del Domingo con tag , , , , .

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