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Mientras cae la nieve…

Mientras cae la nieve…

Natal (1)

Ser cura es algo magnífico. Y aterrador. Porque tendría que vivirse -¿y quién es capaz?- con el alma en carne viva. Hace unos cuantos días la tuve yo, aunque sólo fuera durante unas horas. Me habían invitado a decir una misa en un hospital oncológico y allí, arte setenta enfermos, me tocó -¡nada menos!- comentarles el Evangelio del día, aquel en el que María dice el «hágase tu voluntad». ¿Cómo, con qué derecho podía yo pedirles, precisamente a ellos, que tuvieran el coraje de repetirlas? ¿Cómo podrían ellos asumir esa voluntad de Dios que parecía traslucirse en aquel trozo de espanto que les carcomía en su interior? ¡Era fácil decirlo! Pero ¿habría sabido repetirlo yo, de estar en uno de aquellos lechos, en aquellos sillones de ruedas, viniendo tal vez de una sesión de quimioterapia, olfateando ya el espectro de la muerte? ¿Cómo animarles a la esperanza sin mentir? ¡Ah!, sí, todos somos capaces de soportar de maravilla -imaginativamente- el dolor que sufren los prójimos. Todos somos magníficos «consoladores».

Y recuerdo que, mientras avanzaba en la misa -temblando ante la idea de tener que decir palabras de las que me sentía indigno-, me saltó a los ojos y a la conciencia la frase del salmo 119, que por la bondad de Dios se rezaba aquel mismo día: «La misericordia del Señor llena la Tierra.» Y, como un relámpago, entendí algo que muchas veces había olfateado y nunca comprendido del todo: que lo mismo que en la Naturaleza oímos claramente el estallar de la tormenta y llegamos a oír, afinando el oído, la caída de la lluvia, pero nadie logra escuchar la caída de la nieve, así también, en el campo de las almas, sentimos al detalle el estallar de la tormenta del dolor que retumba sobre nuestras cabezas y hace crujir nuestros huesos y el alma; Regamos a percibir el chirrido del tiempo que, como una lluvia, va limando nuestra vida; pero nadie logra escuchar cómo, al lado mismo del tabique de nuestro corazón, nieva incesantemente la misericordia de Dios, nos rodea, nos cubre, transformaría nuestras almas -¡si se dejaran!- como convierte la nevada en un paraíso sin estrenar los más ariscos paisajes.

Sí, es cierto, la misericordia de Dios llena la Tierra. Y nadie se entera de ello. Incluso hemos devaluado la palabra «misericordia», que es una de las que con más frecuencia y vigor usa la Biblia para hablar del amor de Dios a sus hijos. Pero así como sólo asomándose a la ventana se logra descubrir que está nevando, los más de los hombres, tabicados en su propio egoísmo, no llegan ni a sospechar hasta qué punto son amados.

Se lo dije así -y ahora sabía que no estaba engañándoles- a mis amigos cancerosos. Y lo quiero repetir hoy, en estas vísperas de Navidad, en las que parecería que la misericordia de Dios se multiplicase sobre los hombres como las nevadas. Somos amados a todas horas, pero nunca tanto. Nunca tan descaradamente como en esta estación de la ternura que son las Navidades, una especie de quinta estación de esperanza que habría que añadir a las cuatro del año.

Y yo no sé si en estos días nosotros nos sentimos más niños porque Dios es más Padre, o si Dios es más Padre porque nosotros nos sentimos más pequeños; pero sí sé que son días para abrir las ventanas del alma, para asomarse a ellas, pegar nuestras narices al cristal y ver, asombrados, cómo Dios, vuelto nieve caliente, cae sobre nosotros en forma de ternura. En el Sinaí tronaba entre relámpagos. En Belén se hace nieve silenciosa. ¡Y qué bien han entendido esto quienes -aun sabiendo que en Belén no nevaba prácticamente nunca- no imaginan que se pueda construir un nacimiento que no esté cubierto por nieve-harina! ¿Quién no ha soñado nunca que una mañana amaneceremos y el mundo estará cambiado, trasladado a un nuevo paraíso, cubiertas por la nieve la injusticia y el llanto, vueltos todos los hombres pastores y lavanderas junto al gran río de la misericordia?

Belén es, ciertamente, la más hermosa e inverosímil de las utopías. Y, sin embargo, los hombres podríamos, si no construirla, sí al menos acelerar su llegada. Porque probablemente los hombres no se sienten amados porque no les parece posible que eso sea verdad, no ven porque no esperan. Y quizá el mundo va tan mal porque todos nos hemos puesto de acuerdo en que nunca mejorará. Nos agarramos entonces a las más idiotas esperanzas. Compramos un décimo de lotería y, aunque sabemos que no nos tocará, nos engolfamos durante unas horas en los sueños de lo que vamos a hacer con ese premio que sabemos imposible.

Pero ¿quién puede creer que va a tocarle Dios, que es la única lotería que toca en todos sus números?

¿Recuerdan ustedes aquella escena de Milagro en Milán en la que se sortea un pollo entre un batallón de hambrientos y en la que el afortunado cuando lo tiene ya entre las manos, no se atreve a hincarle el diente porque está seguro de que no puede ser verdad, de que tiene que tratarse de un espejismo o una ilusión? Así le ocurre al hombre contemporáneo: prefiere creer que la Navidad es una fábula, porque no le cabe en la cabeza -acostumbrado como está a tanto desamor- que alguien haya podido quererle tanto como para hacerse un semejante suyo.

Y luego están los otros, los creyentes, los que esperan sin saber esperar, los que confunden la esperanza (que es una hoguera ardiente) con una espera (que es una de esas salas frías en las que nos adormilamos mientras llegan los trenes). Hay, sí, muchos cristianos que esperan a Dios como se aguarda la primavera durante el invierno: sabiendo que, por mucho que se la espere, no llegará ni un día antes de lo establecido. Y no se les ocurre que habría que esperar a Dios como una madre espera a un hijo: engendrándole, alimentándolo dentro, haciéndole crecer en nuestra sangre, nuestra leche y nuestra vida.

Sí, esperar es engendrar. Porque el amor de Dios es una nieve que cae dentro de las almas y, en las más, se derrite antes de cuajar, porque la Tierra no está preparada para ella. Para que Dios «cuaje» en el mundo, como para engendrar, hace falta poner mucha pasión, hay que hacer fuerza como las mujeres en el parto, hay que «tirar» de él como el ginecólogo y las comadronas hacen con un recién nacido.

No podemos anticipar la primavera, pero sí podemos, entre todos, tirar -eso es el adviento- de la primavera de Dios. Si hubiéramos hecho un mundo más vividero, la nieve de Dios no se desharía al caer en él y la gente vería el amor de Dios a través de nuestro amor. Y todos los días serían Navidades. Y marcharíamos sobre la nieve de Dios dejando en ella nuestras huellas de hombres, las pisadas del alma. Y, al morir nosotros, quienes vinieran detrás pondrían sus pies en nuestras huellas y sentirían aún nuestro calor. Y nadie se sentiría huérfano.

Ahora, en esta víspera de Navidad, pienso en María. Y me gustaría esperar el Belén como ella, temblorosa y fecunda, asombrada y ciertísima, engendradora y virgen, invadida por la oscuridad de la fe y por la luz de la esperanza.

Abro la ventana y sigue nevando, mansa y calladamente. Sí, la misericordia de Dios cubre la Tierra. Aleluya.

José Luis Martín Descalzo



 

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Questa voce è stata pubblicata il 26/12/2017 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , .

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