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10. La impotencia del amor

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10. La impotencia del amor

(…) La mentalidad de lo que yo llamo «los falsos dilemas» o la «apuesta por un presunto mal menor» considera ineficaces ciertas formas antiguas de supuesto amor, y en lugar de tratar de curar y mejorarlo, optan por pensar que en el futuro deberemos poner la agresividad donde ayer poníamos la caridad.

Recuerdo ahora, por ejemplo, aquel cura hispanoamericano que, en una novela de Graham Greene, justifica así la violencia: «La Iglesia -dice- condena la violencia, pero condena la indiferencia con más energía. La violencia puede ser la expresión del amor. La indiferencia jamás. La violencia es la imperfección de la caridad. La indiferencia es la perfección del egoísmo.»

He aquí un brillante juego de medias verdades y sofismas. He aquí un ejemplo de los falsos dilemas. Es cierto que la Iglesia condena la indiferencia ante el dolor, la tolerancia de la injusticia, con tanta o más fuerza que la violencia, porque sabe que el que tolera un mal que podría evitar está siendo coautor de ese mal y, por tanto, está ejerciendo una violencia silenciosa. Es cierto que la indiferencia es la perfección del egoísmo o, como decía Bernanos, «el verdadero odio». Pero, en cambio, no es cierto que la violencia sea la «imperfección» de la caridad; es el pudridero de la caridad, la inversión, la falsificación y la violación de la caridad. Quizá algún violento haya comenzado a ejercer su violencia por motivos subjetivos de amor, pero de hecho, al hacer violencia se ha convertido en el mayor enemigo del amor. Ya que con la violencia se puede entrar en todas partes, menos en el corazón.

Mas, sobre todo, ¿por qué nos obligarían a elegir entre la indiferencia y la violencia? ¿Por qué no podríamos excluir a las dos y optar por el trabajo, por el amor, por el colocarnos al lado del que sufre?

Otro personaje de la misma novela plantea aún más claramente uno de esos falsos dilemas cuando dice: «Prefiero tener sangre en las manos antes que agua de la palangana de Pilato.» ¡Precioso tópico! ¡Preciosa falsedad! Elegir entre la sangre del asesinato y el agua de la falsa sentencia es tan absurdo como optar entre la muerte por fusilamiento o por guillotina. Porque entre las manos lavadas de Pilato y las ensangrentadas del asesino o del guerrillero están las manos tercas y humildes de Ghandi, las manos piadosas y caritativas de la madre Teresa, las manos firmes y exigentes de Martin Luther King, las manos ensangrentadas -pero de la propia sangre- de monseñor Romero, las manos orantes de una Carmelita desconocida, las manos de una madre, las manos de un obrero.

¿Quién no preferiría cualquiera de éstas? ¿Quién no aceptaría que las manos de un cristiano son las que trabajan o mueren y no las que duermen, las que hacen violencia de cualquier forma o las que asesinan? Entre los dormidos y los que avasallan están los que caminan. Entre las cruzadas de izquierda o de derecha están los que, humildemente, hacen cada día su trabajo y ayudan a ser felices a cuatro o cinco vecinos.

Este es el gran problema: volver a creer en la eficacia del amor. En la l-e-n-t-a eficacia del amor. Una eficacia que tiene poco que ver con todas las de este mundo, sean del signo que sean. Una eficacia que con frecuencia es absolutamente invisible.

Jesús conoció en su vida esa tristeza de la aparente inutilidad del amor. Nadie ha entendido esto tan bien como Endo Shusaku, el primer biógrafo de Jesús en japonés: «Jesús -dice- se daba cuenta de una cosa: de la impotencia del amor en la realidad actual. El amaba a aquella gente infortunada, pero sabía que ellos le traicionarían en cuanto se dieran cuenta de la impotencia del amor.

Porque, a fin de cuentas, lo que los hombres buscaban eran los resultados concretos. Y el amor no es inmediatamente útil en la realidad concreta. Los enfermos querían ser curados, los paralíticos querían caminar, los ciegos ver, ellos querían milagros y no amor. De ahí nacía el tormento de Jesús. El sabía bien hasta qué punto era incomprendido, porque él no tenía por meta la eficacia o el triunfo; él no tenía otro pensamiento que el de demostrar el amor de Dios en la concreta realidad.»

Tal vez los ilustres le mataron porque les estorbaba. La multitud dejó que le mataran porque ya se habían convencido de que era un hombre bueno, pero «ineficaz». Arreglaba algunas cosillas, pero el mundo seguía con sus problemas y vacíos. No servía.

Veinte siglos después van aumentando los hombres que están empezando a sospechar que la picardía, los codos, las zancadillas son más útiles que el corazón. Cientos de miles de cristianos buscan otras armas más eficaces que el amor. En el amor hoy ya sólo creen los santos y unas cuantas docenas de niños, de ingenuos o de locos. Pero si un día también éstos dejaran de creer en ello habríamos entrado en la edad glaciar.


Martin DescalzoJosé Luis Martín Descalzo (1930 – 1991), sacerdote y escritor español. Periodista, poeta, autor dramático y novelista, obtuvo numerosos premios de Literatura. Su obra está impregnada de optimismo y esperanza evangélica. Ha sido, quizás, una de las personas más queridas e influyentes de España en los últimos años. Padecía una grave enfermedad cardiaca y renal, que le obligó a estar sometido a diálisis muchos años. Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza


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Questa voce è stata pubblicata il 10/11/2018 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , , .

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