COMBONIANUM – Formazione e Missione

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El ocaso de la conversación

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20. El ocaso de la conversación

¿Se acuerdan ustedes de Clarisse, la niña que pinta Ray Bradbury en una de sus novelas, que vivía en el año dos mil nosecuantos y que, al dedicarse a observar a la gente de su siglo superperfectísimo, hacía un horripilante descubrimiento? Clarisse había llegado a descubrir que los «hombres, cuando hablan, no hablan de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas y dicen ¡qué bien! Pero siempre repiten lo mismo y nadie dice nada diferente.

A veces temo que en el mundo hacia el que vamos pasen esas cosas. Lo temo… porque ya están pasando, porque hemos entrado en el siglo del ocaso de la conversación.

Yo debo de ser un bicho raro porque, entre mis muchos vicios, tengo el de escuchar conversaciones en los bares. Sé que no está bien, sé que no es correcto. Pero sé también que ninguno dirá nada de lo que yo no debiera enterarme, por la simple razón de que nadie dirá nada en absoluto, nada que merezca ser oído, quiero decir.

A veces me paso horas oyendo el giro de millones de palabras y todas están vacías, nadie saca trozos de su alma al decirlas, no son el escaparate de su corazón, son sólo palabras, sonidos que quizá tampoco signifiquen nada. Y compruebo que, es verdad, «citan» automóviles, marcas, nombres de jugadores de fútbol, aluden al tiempo que hace, maldicen de algo o de alguien, amontonan sílabas, pero, cuando las dicen, ellos no están allí, su alma no está allí, no se vuelcan en sus palabras, charlotean como podrían hacer gárgaras. Luego terminan corriendo, se van a otro charloteo o a otro sitio enhebran cáscaras de sí mismos, pero nadie se juega su destino en lo que está diciendo.

Yo salgo, entonces, triste de las cafeterías, que son como el cementerio mayor de las palabras, y encima tengo la crueldad de ir y preguntarme a mí mismo: José Luis, ¿cuánto tiempo hace que no tienes una conversación, una que merezca con razón ese maravilloso nombre? Y descubro que yo soy uno más: que tengo diez mil charloteos por cada conversación que mantengo, que raramente llego a dos verdaderas conversaciones cada mes. Me cruzo con las gentes en los ascensores, en las calles, en los autobuses y mascullo esas cuatrocientas palabras que siempre son las mismas, y tras las que nos separamos sin que nuestras almas hayan entrado en absoluto en un intercambio de jugo espiritual.

Sólo a veces, muy pocas veces, se produce el milagro. Este mes ha ocurrido dos veces y voy a poner en mi calendario una cruz roja para señalarlo como un mes especialmente feliz. Ha sucedido en dos cenas con dos grupos de amigos. Ni yo mismo esperaba que se produjese. De pronto, comenzamos a hablar de nuestras vidas, del sentido de nuestra existencia en este mundo, nos confesamos, sacamos las almas y las pusimos encima del mantel, cada uno ayudó a su vecino con su ración de alegría y esperanza y salimos del restaurante infinitamente más felices del manjar de la conversación que de los digeridos. ¡Con decirles que ni nos molestó la cuenta!

Hablamos mucho, conversamos poco. «Conversar», dice el Diccionario de Corominas, es «vivir en compañía». ¡Qué doble milagro: vivir y hacerlo en compañía! Santa Teresa -ese milagro que una vez tuvimos los españoles- decía a sus monjas que fueran «cuanto más santas, más conversables». Y recuerdo que pensé: «Ya está Teresa inventando palabras.» Pero fui al diccionario y allí estaba: «conversable: tratable, sociable, comunicable”. Sí, un santo es eso: uno con quien da gusto hablar. Por eso hay tan pocos santos en el mundo, porque todos nos hemos vuelto desconversables.

Ahora busquen ustedes también en el diccionario esta otra palabra. Existe. La hemos olvidado precisamente porque es el adjetivo que mejor define al hombre del siglo xx: desconversable. El Corominas lo traduce como «retiradizo y desapacible”. El Diccionario de la Real Academia, como «de genio vivo; que huye de la conversacíón y trato de las gentes; que ama el retiro y la soledad». En esto no, en esto último no somos desconversables: porque ni amamos la soledad ni el verdadero diálogo.

Vuelvo a añadir el adjetivo «verdadero» a la palabra diálogo, porque ahora la gente llama diálogo a cualquier cosa: a los charlataneos de tertulia, a los insultos de hincha contra hincha, a la polémica de vinagre y aguijón, al cruce de frivolidades con superficialidades. Yo prefiero llamar diálogo al encuentro sereno en el que dos almas se desnudan y se encuentran. Es decir, a eso que ya no existe.

Se lo tragó la prisa. Lo devoró el exceso de trabajo. Lo enterró la televisión. (…)


Martin DescalzoJosé Luis Martín Descalzo (1930 – 1991), sacerdote y escritor español. Periodista, poeta, autor dramático y novelista, obtuvo numerosos premios de Literatura. Su obra está impregnada de optimismo y esperanza evangélica. Ha sido, quizás, una de las personas más queridas e influyentes de España en los últimos años. Padecía una grave enfermedad cardiaca y renal, que le obligó a estar sometido a diálisis muchos años. Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza


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Questa voce è stata pubblicata il 20/11/2018 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , , .

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