COMBONIANUM – Formazione e Missione

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Alcanzar las estrellas

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21. Alcanzar las estrellas

Recibo con frecuencia cartas de muchachos que viven hambreando el éxito. Son adolescentes que me envían poemas, cuentos, novelas incluso, con los que esperan tocar, de un día para otro, las estrellas con la mano. Mendigan elogios, piden ayudas, sueñan triunfos, ansían aplauso y fama, temen que no podrán seguir viviendo si el laurel se retrasa.

Y esas cartas me llenan, a la vez, de alegría y angustia. De alegría porque nada hay más bello que encontrarse con un joven ardiendo. Y de angustia porque yo sé que, desgraciadamente, la llama del éxito no es tan sólo reluciente, sino con demasiada frecuencia devoradora y destructora.

Lo diré sin rodeos: no conozco cosa más peligrosa que esa moral del éxito que se ha impuesto en nuestra sociedad y según la cual el nivel de una vida humana se mide por el triunfo externo conseguido. Y obsérvese que no hablo sólo de los triunfos económicos, de los éxitos sociales. Quiero aludir al peligro enorme de poner como objetivos centrales de la vida el brillo, la apariencia, la misma eficacia, el aplauso, ese viento vacío de la popularidad o la fama. Porque no creo que ni siquiera merezca la pena hablar de esas visiones idiotas del éxito que presentan los anuncios y en los que triunfar es poseer el mejor automóvil o lucir a la esposa más enjoyada.

Por eso escribo a veces a estos muchachos palabras que supongo que les desconciertan. Les digo, por ejemplo, que si escriben «para» triunfar, mejor es que no escriban. Que escriban sólo si lo hacen porque les estalla lo que tienen dentro, porque no podrían ni sabrían vivir sin escribirlo. Que escribir «para» el éxito y sólo para el éxito es una forma de prostitución de la pluma. Y, además, una prostitución estéril, cuya inutilidad sólo se descubre cuando el éxito se ha alcanzado, mientras que va dejando una siembra de amargura cuando no se consigue o su logro se retrasa.

Lo malo del asunto es que yo sé que los jóvenes difícilmente pueden entenderme. Hace falta haber cumplido los cincuenta años y haber tenido ya algún éxito, o haberse vuelto lo suficientemente cínico, para descubrir que ese tipo de triunfos no pueden llenar a un alma medianamente noble. Es un vino demasiado agradable y tiene demasiados cómplices (en la vanidad, en los que nos adulan, en la misma santa y limpia ambición) como para que no se convierta en sed incluso de las almas mejores.

Pero habrá que repetirlo aunque resulte inútil: el verdadero objetivo de la vida no puede estar en algo tan pasajero como la opinión ajena, el brillo o las aplausos.

«El éxito -decía Víctor Hugo- es una cosa bastante repugnante: su falsa semejanza con el mérito engaña a los hombres.» Esta es la primera de las grandes claves: el éxito en el mundo raramente tiene correspondencia con el mérito. Muchas veces llega en proporción inversa a él.

Es demasiado evidente que en el mundo no triunfan ni brillan los mejores, ni los más listos, ni quienes mayormente lo merecían. ¡Sería espantoso que lo mejor del mundo fuera lo que en él vemos brillar! Son, en cambio, tales y tantas la carambolas que conducen al éxito o al fracaso, que sólo con una abierta sonrisa pueden ser valorados el uno y el otro. Cualquiera puede comprobar, al cabo de algunos años, que ha conseguido los más fuertes aplausos con sus obras o acciones más débiles y que, en cambio, sus frutos inmaduros y verdaderos pasaron, con frecuencia, inadvertidas. Dos de cada tres escritores certifican que, desde su punto de vista, la calidad de sus libros es inversa al dinero que les han producido.

¿Tal vez porque es cierto aquello que con tanto pesimismo decía Baroja de que «el éxito rápido sólo puede conseguirse adulando al público o mintiendo»? Es muy probable. Puede que el tiempo haga justicia a la calidad. De momento se imponen siempre la moda, el capricho, la ventolera.

Tenía razón Camus cuando aseguraba que «no es difícil obtener éxito. Lo difícil es merecerlo”. No, no es demasiado difícil: hasta ponerse, con un poco de inteligencia y una cierta dosis de audacia, en la longitud de onda que impera en un determinado momento. Lo difícil es que el viento del éxito no te atrape. Lo peliagudo es que la sombra del laurel –como temían los antiguos griegos- no te embriague o adormezca. Lo casi imposible es que una persona seria viva toda su vida de los aplausos de un día (porque ¿qué son los aplausos sino viento, ruido y fruta de estación?).

Y si no puede vivirse de cara al éxito, ¿hacia dónde encarrilar la vida? ¿Hacia qué estrellas tender las manos?

No parece difícil descubrir que las estrellas empiezan por estar dentro, que mejor que servir a la veleta de las opiniones ajenas es trazarse una meta más alta y más grande que nuestra propia alma y tensarse hacia ella corno un arco. ¿Qué pueden significar todos los aplausos del mundo frente a la alegría de estar luchando por algo que nos llena y saber que uno está haciendo una tarea que le multiplica el alma?

Otras estrellas están fuera; pero no en el aplauso «de» los que nos rodean, sino en el servicio «a» todos ellos. Si se me permite aquí una confesión, yo podía decir que recibo con una sonrisa pasajera las cartas en las que se me piropea, pero con una alegría interminable aquellas en las que alguien me dice que una palabra mía le fue útil. Eso sí que es un milagro: estar viviendo de algún modo en los demás, tener esa misteriosa forma de fecundidad que hace que uno pueda engendrar alegrías, ideas o ganas de vivir en un alma diferente de la nuestra. ¡Qué prodigiosa paternidad ésa por la que todos terminamos por ser hijos de todos! Yo cambiaría todos los aplausos del mundo por el cariño de una sola persona, porque no hay éxito como el ser querido y no hay mayor desgracia que haber alcanzado el éxito a costa de que nadie nos quiera.

¡Qué maravilla poder morirse sabiendo que nuestro paso por el mundo no ha sido inútil, que gracias a nosotros ha mejorado un rinconcito del planeta, el corazón de una sola persona! ¡Y qué espantosa esterilidad la de descubrir, a la llegada de la muerte, que hemos sido el bufón de muchos, pero que los más nos despreciaban a la misma hora en que nos admiraban, aplaudían o rociaban de incienso!

Hay todavía un tercer éxito verdadero. ser útiles en la eternidad, habiendo aportado una brizna de felicidad al gran Padre, con mayúscula. Pero éste es un gozo tan grande que yo no me atrevo a hablar de él y casi ni a soñarlo.

Haber caminado -incluso haber intentado caminar- hacia esa triple meta me parece infinitamente mejor que alcanzar las estrellas de lo que solemos llamar éxito. Ese éxito que, cuando llega, es tan agradable como un refresco en verano. Pero nadie vive para tomar naranjada en los días de calor.


Martin DescalzoJosé Luis Martín Descalzo (1930 – 1991), sacerdote y escritor español. Periodista, poeta, autor dramático y novelista, obtuvo numerosos premios de Literatura. Su obra está impregnada de optimismo y esperanza evangélica. Ha sido, quizás, una de las personas más queridas e influyentes de España en los últimos años. Padecía una grave enfermedad cardiaca y renal, que le obligó a estar sometido a diálisis muchos años. Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza


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Questa voce è stata pubblicata il 21/11/2018 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , , .

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