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Xabier Pikaza: “El reto de la Inmaculada es descolonizar a las mujeres en la Iglesia”

“SU FIGURA DEBE SER REPLANTEADA, PARA OFRECER UN MENSAJE DE VIDA Y ESPERANZA A LAS NUEVAS GENERACIONES”
“Este dogma se ha utilizado para elevar a una mujer distinta, pero manteniendo sometidas a las otras”

Teologia feminista1Xabier Pikaza, teólogo
08 de diciembre de 2018

https://www.periodistadigital.com

La advocación y fiesta de la Inmaculada ha cumplido funciones distintas a lo largo de la historia cristiana y posiblemente debe ser replanteada, para así ofrecer un mensaje de vida y esperanza a las nuevas generación.

– (1) La figura “semi-divina” de María Inmaculada ha servido para romper el círculo asfixiante de un tipo de pecado original que muchos eclesiásticos habían impuesto sobre los creyentes: Hay una,María, que no tiene pecado, de forma que no tiene que someterse a los varones de la Iglesia.

(2) Siguiendo en esa línea, esta figura ha servido también para contrapesar el “dominio” patriarcal y masculino de un tipo de catolicismo, situándose en el centro de la vida de la iglesia, dominada por hombres, al lado de Jesús, como signo de la verdadera humanidad, querida por Dios en sí misma.

(3) Pero esta mujer Inmaculada que es María ha sido en gran medida una mujer colonizada por (al servicio de) los varones, un tipo de mujer ideal (des-humanizada, des-sexualizada), mientras las mujeres concretas han seguido estando dominadas por varones.

En esa línea, este dogma se ha podido utilizar para elevar a una mujer distinta, pero manteniendo sometidas a las otras, como primera posesión y colonia de los hombres, y en especial de los sacerdotes.

Pues bien, reinterpretando el dogma de la Inmaculada, ha llegado el momento de “descolonizar” a las mujeres no sólo en la sociedad en general, sino, de un modo especial, en la iglesia, . En esa línea puede y debe actualizarse la fiesta de la Inmaculada:

1. Conforme al evangelio de esta fiesta (Lc 1, 26-38), María actúa como mujer libre, que decide por sí misma. No depende de un padre, ni tampoco de un marido, ni de una “tribu” de pretendidos hermanos o protectores, sino que dialoga con Dios y responde por sí misma. Ella aparece así como “tipo” y signo de mujeres autónomas, que no dependen de varones, sino que dialogan y deciden “con su espíritu” (el Espíritu de Dios), en libertad, ante sí mismas y ante sus posibles hijos). No pide permiso a nadie, quiere tener un hijo porque quiere.

2. María no es sólo una mujer “descolonizada” (no actúa como servidora de nadie), sino también descolonizadora, conforme al relato de la visitación (va a compartir su experiencia con otra mujer, sin someterse a padre o marido o hermanos), que culmina en el canto de la libertad suprema del evangelio, que es el Magnificat (Lc 2,46-55), en el que proclama, por sí misma que “Dios” derriba del trono a los poderosos y eleva a los oprimidos, que llena de bienes a los pobres y despide vacíos a los ricos…

Según eso, María es “Inmaculada” porque es libre ante Dios (por sí misma) y porque inicia un camino de liberación para todos los pobres y hambrientos, un himno de liberación de la mujeres, a servicio no sólo de ellas, sino de todos los seres humanos.

Desde este fondo quiero presentar unas reflexiones sobre María Inmaculada, desde la perspectiva de “descolonizar” a mujeres y a varones, para que todos podamos vivir en libertad el proyecto de vida que (según el cristianismo) nos ha ofrecido el mismo Dios.

AMIGA DE DIOS, MUJER LIBRE: INMACULADA

En la línea de Abraham, el amigo de Dios (cf. Is 41, 4), el evangelio de Lucas presenta a María también como amiga de Dios con quien dialoga y comparte un tarea (Lc 1, 26‒38), siendo madre de Jesús, de manera que la Iglesia le ha llamado Inmaculada, no en sentido negativo (sin pecado), sino muy positivo de cooperadora de Dios.

Ella aparece así como mujer de fe (bienaventurada tú porque has creído, Lc 1, 45), y como portadora de amor, conforme a la palabra de Jesús, no os llamo siervos sino amigos (cf. Jn 15, 15), y en esa línea el ángel de Dios le ha llamado kekharitômenê, llena de gracia, esto es amada (Lc 1, 28). En esa fe y amor se centra el dogma de la Inmaculada, que consiste en decirle a Dios “hágase y hagamos”, de tal forma que tu Palabra se haga carne en la historia de los hombres.

La madre de Emmanuel. Dios en busca de los hombres

Dios no ha querido trazar a solas el camino de la historia hombres (desde arriba, desde fuera), sino que lo ha hecho por ellos y con ellos, de manera que su Hijo, nacido en plena guerra de judíos, israelíes y sirios, se llamará Emmanuel, Dios con nosotros (Is 7, 14), como ratifica Mt 1, 23.

Dios había creado cielo y tierra, estrellas y mares, pero no había recibido una respuesta de amor, pues esos elementos no sabían decir lo que él quería, en diálogo de amor. Sólo al crear al ser humano, capaz de responderle, él ha quedado satisfecho, dialogando en amor con la madre de Emmanuel, una joven fiel a la Palabra y a la verdadera humanidad, en medio de guerra general de los reinos de oriente, entre Egipto y Asiria.

Y de esa manera, la madre de Emmanuel, aparece en la Biblia como la primera Inmaculada, signo de la Madre de Jesús, como dice el ángel de Mateo 1, 18‒25, pidiendo a José y a todos los creyentes que la acojan (la acojamos) en la casa de nuestro corazón y nuestra vida, como sigue indicando el evangelio de Juan 19, 25‒27, cuando afirma que el Discípulo Amado la recibió entre sus bienes.

Dios aparece así, en busca de amor, en el centro de la Biblia, desde el tiempo busca de Abraham (Gen 12, 1‒3) y de David (encontré a David, mi siervo: Sal 89, 20‒22), como si necesitara un pueblo amigo, un hombre fiel en el que reposar (Eclo 24). Pero en general los hombres no quisieron responderle, o lo hicieron a medias, de un modo parcial, egoísta, o poniendo siempre condiciones, como sabe la Biblia, desde el mismo “paraíso”. (Gen 2-3), hasta la encarnación de su amor hecho Palabra y Vida huma (vino a los suyos, y los suyos no le recibieron: Jn 1, 12)

Este ha sido y sigue siendo el pecado: La falta de comunicación con Dios, un diálogo roto, de forma que los hombres, en general, han caído en manos de su propia violencia de muerte. Pues bien, a pesar de ello, Dios ha seguido teniendo fe en los hombres que le han escuchado (Abraham, David, Isaías, el buen pueblo israelita…),  no ha querido dejarles morir en su pecado. Por eso, a pesar de las negaciones de los hombres, Dios ha vuelto a dirigirles siempre la Palabra, ofreciéndoles su amor, a través de los profetas, en un diálogo que él siempre ha renovado.

Israel, morada y casa de Dios

En esa línea, la historia mundial puede entenderse como intento repetido de Dios por dialogar con los hombres, por compartir vida con ellos, como dice el comienzo de hebreos (Hbr 1, 1‒3) y el prólogo de Juan (Jn 1, 9‒14). Grande ha sido el rechazo, fuerte el olvido y violencia de los hombres por siglos; pero más grande ha sido la fe y la gracia de Dios que ha seguido confiando en ellos.

En esta línea ha sido privilegiado el pueblo de Israel, al que Dios ha seguido llamando a pesar de sus pecados, en una experiencia y camino que se abre a todos los pueblos de la tierra Dios. Israel aparece así en la Biblia como pueblo pecador por excelencia (de dura cerviz…), pero también abierto al Dios ha preparado en ese pueblo su morada.

Así han ido surgiendo en Israel amigos de Dios y profetas, entre los que destacan figuras especiales, como los patriarcas o transmisores de fe (Abraham), los profetas o mensajeros de la Palabra (Isaías, Jeremías), una gran serie (como una “nube”: cf. Hbr 12, 1) de testigos de la vida, con muchas mujeres escogidas, como Sara y Agar, Rebeca, Raquel y Lía, Rut y la Sunamita, Judit y la madre de los macabeos…

Pues bien, al final de esa línea encontramos a María, Hija de Sion, de Nazaret de Galilea a quien el ángel de la anunciación ha saludado llamándole Amada o Agraciada (kekharitômenê: Lc 1, 28), en palabra la liturgia traduce como llena de gracia. Ella aparece así como Hija de Sion (Hija‒Sion, Mujer-Sion), Nueva Jerusalén, expresión de la gracia y santidad de Dios, es sede y presencia de la divinidad, alianza encarnada, verdadero Israel, pues en ella ha encontrado Dios aquello que estaba buscando y preparando por Abraham y Sara, por Moisés y los profetas (como dice, en otra perspectiva, Eclo 24).

María no ha tenido más dotes o saberes especiales, no ha destacado en la guerra o la política, ni ha sido representante de un tipo de religiosidad de sacerdotes o rabinos (a pesar de que ciertas tradiciones posteriores, de poco fondo histórico, del llamado Proto‒evangelio de Santiago) la hayan hecho vivir en el templo. Lo que dice el Evangelio de Lucas, lo que en verdad nos interesa, es que Dios buscaba en ella amor, y ella se ha dejado amar, escuchando su palabra, creyendo, y respondiendo de un modo generoso fiat (Lc 1, 45), que en griego es genoito (y en hebreo yehy, palabra emparentada con Yahvé), que puede traducirse como hagamos.

Diálogo transparente, amoroso de vida

En nombre de Israel ha escuchado María; en nombre de todos ha respondido a Dios, en diálogo total, de cuerpo y alma, voluntad y sentimiento. Por eso, lo que ella ha concebido y aquello que ha nacido de su diálogo con Dios no ha sido un simple y bello pensamiento, ni un deseo incorporal, sino el mismo Hijo divino, Palabra encarnada, que ella ha debido acoger y cuidar con José, su esposo, siendo ambos a la vez agentes de Dios sobre la tierra.

El Dios de la Escritura de Israel es diálogo y para dialogar con ellos ha creado a los hombres, y se ha introducido en su historia, viviendo y dialogando de esa forma dentro de ella. Siendo como es, gracia, Dios no se ha podido imponer su voluntad sobre los hombres (en contra de aquel verso famoso de A. Machado: tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía), ni ha podido actuar con violencia, como hacían otros dioses, Baal en Palestina, Zeus en Grecia, Indra y Varuna en la India, que tomaban (se decía) forma humana para así violar a las mujeres.

El verdadero Dios de la Biblia no ha querido ni ha podido imponer su voluntad ni su poder sobre los hombres, ni en un plano sexual y/o de maternidad, ni de ninguna otra manera, porque él es libertad de amor, y sólo en pura y plena libertad de amor se manifiesta, cuando alguien ama en plenitud como María Inmaculada.

Por misteriosos y largos caminos, Dios ha suscitado vida personal sobre la tierra, hombres y mujeres, para dialogar con ellos. Libres les ha creado, capaces de escuchar y responder en libertad, sin imponerse sobre ellos, pues sería un pecado de Dios si Dios quisiera obligarles por la fuerza y no unirse con ellos en transparencia de amor sin mancha. Pues bien, cuando ha llegado el momento culminante (cf. Gal 4, 4), Dios ha querido ha querido conversar del todo con los hombres, dialogando de un modo especial con aquella que representa en amor y libertad a todos los seres humanos, suscitando, escogiendo y amando así de un modo especial con María, su amiga

Y de esa forma, Dios ha dialogado con ella, que es Hija‒Sion, ciudad de Dios, representante del pueblo de la Biblia, siendo al mismo tiempo una mujer concreta, signo de la humanidad entera, en la línea de Eva, a quien Gen 3, 20 presenta como en hebreo Hawwa (la Viviente, expresión femenina de Yahvé, el que es) y en griego como Zôê (la Vida), en el sentido intenso de Viviente, que se da en amor y engendra vida.

Mujer fuerte, “gebira”.

En esa línea, conforme a la interpretación más antigua de los Padres de la Iglesia (desde Justino e Ireneo, siglo II d.C.), el mismo Dios que no pudo dialogar en el principio con Eva, pues ella quiso comer, con Adán, para provecho propio, el fruto de la vida, dialoga ahora con María, de manera que ambos dan/regalan en amor el fruto de su Vida, que es el Cristo.

Dios ha querido darse y amar del todo, en forma humana, y para ello ha debido encontrar y escoger la colaboración a una persona que, siendo individual y muy concreta, represente a todos los seres humanos. Pues bien, esa persona en concreto ha sido María y, en ese sentido, decimos que ella ha sido “inmaculada” (no en un plano negativo de ausencia de sexo o de pecado original), sino de apertura y diálogo fundante/original con Dios, como viene diciendo desde el siglo XIII la gran tradición mariológica de los franciscanos.

Este es el centro bíblico y teológico de la advocación de la Inmaculada, que el pueblo cristiano en general ha entendido mejor que algunos teólogos, empeñados en buscar pecados de tipo sexual y maneras de superarlos, en una línea poco acorde a la figura bíblica de María de Nazaret, Madre Fuerte de Jesús, cantora apasionada a del Magníficat (Lc 1, 46‒55), el himno de la liberación total de los hombres y mujeres, en un plano económico, político e ideológico.

Para dialogar con el Dios‒Fuerte (El Gibbôr: Is 9), nacido de María, ella ha sido “mujer fuerte”, Gebira, como dice implícitamente Lc 1, 43 (¡la Madre de mi Señor!). Recordemos que la madre de un “hombre de valor”, recibía en la Biblia el nombre de Gebira o Señora, indicando así que el valor del hijo viene de ella (como he puesto de relieve en Gran Diccionario de la Biblia, Verbo Divino, Estella 2015, 500‒501).

Esto es algo que algunas imágenes pietistas de la Inmaculada han olvidado, idealizándola de un modo poco human, como si ella fuera una especie de eterno femenino espiritual, sin carne, sin historia. Pues bien, en contra de eso, la Inmaculada real del evangelio, tal como aparece en Lc 1, 26‒56, es una mujer libre y fuerte, comprometida con la causa de liberación de su pueblo:

‒ Ha sido una mujer libre, dueña de sí misma, capaz de escuchar y responder a Dios de un modo claro, sin inhibiciones, mentiras o pecados, ella, con autonomía, en comunión con José, pero sin dependencia, sin tener que pedirle permiso. Para ello ha debido ser una mujer intensa (con la ayuda de Dios): saber lo que quiere y quererlo de verdad, expresando así la hondura fascinante de lo humano, el deseo de Dios, que la liberación de los hombres, como aparece en el Magníficat.

‒ Ha sido una mujer de comunidad. No habla con Dios y le responde únicamente por si misma (diciendo sólo ¡mi Dios y mi Todo!), sino en nombre de su pueblo israelita y de todos los seres humanos. Ella sabe lo que quieren sus hermanos; en su vida abierta a Dios se ha expresado el anhelo de los pueblos, diciendo a Dios lo que todos queremos decirle.

‒ Finalmente, ella comparte un mismo deseo con Dios. Ambos quieren lo mismo, ambos recorren un mismo camino y anhelan un mismo futuro de vida, la vida y presencia de un hijo o mejor dicho, del Hijo. Sólo en este lugar donde el deseo humano y divino se identifica puede hablarse de María. Asumiendo el deseo del conjunto de la humanidad, ella ha podido compartir y comparte un mismo deseo con Dios, de tal manera que ambos se vinculan en su realización.

Historia humana, deseo y diálogo de Dios

Este deseo compartido de María y Dios se puede expresar de muchas formas: es amor, despliegue dual de la vida, comunicación y encuentro mutuo; es camino de futuro, total liberación. Éste es un deseo Inmaculado, en el sentido radical de la palabra, tal como culmina y se despliega en Jesucristo, hijo de Dios y de los hombres, realizada de hecho, en su plenitud, por María.

Ya habían dialogado en tiempo antiguo Dios y los patriarcas (cf. Gen 12 ss.), en términos de fecundidad compartida, como en el caso de Abraham. Pero ese diálogo paterno de Dios con Abraham nunca ha sido completo, pues ni Dios se ha expresado del todo (no ha engendrado en el tiempo a su Hijo eterno) ni Abraham ha ofrecido a Dios todo lo que puede ofrecerle un ser humano. Ahora, en cambio, el diálogo del Padre Dios y de la madre María es ya pleno, en amor fecundo Ambos se distinguen como lo infinito y lo finito y, sin embargo coinciden en el mismo gran deseo de dar vida, ofrecer el propio ser al Cristo Mesías, que es Hijo de Dios siendo hijo de María.

La incitativa parte de Dios, cuyo deseo más hondo es engendrar (hacer que nazca en el tiempo) a su Hijo eterno. Por su parte, María responde a Dios con plena libertad, como mujer que ama, como madre que desea un hijo, como hermana que se pone al servicio del conjunto de la humanidad. Ella es distinta de Dios (sólo en cuanto diferentes pueden dialogar y amarse) y sin embargo los deseos de ambos se vinculan y coinciden, de manera que queriendo cada uno lo que quieren el otro engendran así al Hijo.

De esa forma, la paternidad de Dios se expresa a través de la libre respuesta de María y la maternidad de María culmina allí donde expresa y traduce en forma humana el amor eterno de Dios Padre. Así lo ha mostrado en belleza insuperable el texto de la Anunciación (Lc 1, 26-38), en el que Gabriel (Dios Fuerte, Gibbor), como buen hermeneuta, va interpretando el misterio, de forma que se unen la voluntad amorosa de Dios (Espíritu Santo) y voluntad amante de María (fiat).

Ellos ya no son ya dos barcos separados, cada uno por su rumbo, sin jamás juntar sus rutas, ni unir su camino. Pero ahora, por vez primera en los inmensos siglos de la historia, una mujer (un ser humano) yDios han unido del todo sus deseos. Se han juntado así dos voluntades, de tal forma que la Palabra de Dios se ha hecho Carne en la historia de los hombres por María(Jn 1, 14).

En esa línea, en un sentido, el dogma de la Inmaculada implica la superación de un tipo de pecado original (que era el deseo de los hombres, contra Dios: Gen 2‒3), de tal forma que surge y se expresa por María la gracia original que es Cristo. Dios y el ser humano han dialogado en libertad, se han unido los dos en un mismo deseo, poniendo su vida en la vida del otro.

Dios se expresa plenamente como divino (Padre) sobre el mundo y María viene a realizarse en plenitud como persona humana en gracia. Por eso confesamos, con el dogma católico, que ella es Inmaculada. Éste es el misterio, es el enigma: que Dios puede querer, con su propio ser divino e infinito, lo que quiere una mujer; y que una Mujer (una persona humana, en nombre de todos los hombres y mujeres) pueda desear en cuerpo y alma (en carne y sangre) aquello que Dios quiere.

No estamos condenados a luchar y esclavizarnos, en violencia siempre repetida y aumentada, a responder siempre con lucha a la lucha de los otros, sino que podemos compartir en amor la vida. Se ha dicho a veces que María era Inmaculada por ser huerto cerrado, fuente bien guardada donde sólo Dios puede deleitarse o beber agua. En contra de eso, desde el mismo despliegue de la Biblia, debemos afirmar que ella es inmaculada como signo y presencia de la vida abierta de Dios, Huerto universal de Gracia, Fuente de agua abundante, de manera que puede decir y dice, con su Hijo: “Quien tenga sed que venga a mí y que beba” (cf. Jn 7, 37).

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Questa voce è stata pubblicata il 08/12/2018 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , .

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