COMBONIANUM – Spiritualità e Missione

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Las claves para meditar, de Pablo d’Ors


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Pablo d’Ors, el autor de “Biografía del silencio”, un bestseller sobre la meditación. Desde que “Biografía del silencio” salió a la venta en 2012, este sacerdote católico zen y asesor cultural del Vaticano no ha dejado de hablar sobre cómo medita. Al tema le dio tanto de sí que algunos lo llaman el “Woody Allen de la espiritualidad”. Se ríe a carcajadas cuando se lo recuerdo. “No me molesta que me llamen así, me encanta Woody Allen”, confiesa. “Lo que ocurre es que hace un par de años empezaron a invitarme para que diera charlas. Por eso desde que escribí un libro sobre el silencio no paro de hablar”. “Es una contradicción aparente porque asociamos el silencio con la parálisis, con el mutismo, y no es exactamente así. El silencio es fecundo”.
Sin duda, su libro tiene fecundidad literaria. Llama la atención 
la franqueza de la escritura -“esa vulnerabilidad que nos caracteriza a los humanos y que yo tanto me esforcé por esconder al mundo antes de empezar a meditar…”- y la fluidez narrativa de un sacerdote que no teme hablar de sexualidad o de egocentrismo.

Las preguntas autorreflexivas son inevitables al recorrer sus páginas.
“Empiezas a vivir cuando dejas de soñar contigo mismo, cuando dejas de construir castillos en el aire, cuando te familiarizas con la realidad, sea cual sea”, escribe d’Ors.
Pero no todos aplauden su trabajo. Ha recibido críticas, sobre todo desde el ala más conservadora del catolicismo. De hecho, unos obispos españoles le llamaron “hereje” por hablar de misas “rutinarias” y por escribir lo que consideran“dislates” y “errores doctrinales” sobre la religión católica.
Él defiende su punto de vista: que el discurso eclesiástico tiene que cambiar.

En esta entrevista con BBC Mundo previa a su participación en el Hay Festival de Arequipa, Perú, habló sobre esa y otras cuestiones. Cuando le contactamos acababa de regresar de un retiro de silencio: “Hago varios al año”, nos contó el escritor. “Retirarse a meditar es fundamental para poder hablar del silencio”.

34 ediciones en varios idiomas, más de 170.000 ejemplares vendidos…”Biografía del silencio” es un fenómeno literario. ¿Lo esperaba?

Evidentemente no, aunque es cierto que cuando uno desea ser escritor y realmente responde a esta vocación y se pone con el oficio de escribir todos los días, lo hace porque piensa que lo que tiene que decir puede tocar el corazón de muchos lectores.

¿A qué cree que se debe su éxito?

Yo creo que la clave del éxito y de la popularidad de este pequeño ensayo sobre meditación fue la oportunidad. Llegó en un momento en el que realmente había mucho interés en el mundo de la meditación. Hay pocos libros sobre meditación que no sean de autoayuda o que tengan que ver con la literatura occidental, y no tanto con el orientalismo. Y hay también un despertar espiritual. 

¿Espiritual o religioso? 

Es fácil confundirse porque, en realidad, la meditación nace y se desarrolla siempre en un contexto religioso. Lo que pasa es que hoy, gracias fundamentalmente al mindfulness (la atención plena), se ha desvinculado de ese contexto religioso, pero realmente siempre existió esa vinculación. Lo que en términos seculares o laicos podríamos llamar meditación es lo que en términos religiosos -o al menos cristianos- se podría llamar contemplación u oración contemplativa. El vínculo es comprensible y legítimo.

Usted es un sacerdote católico y zen. ¿No hay contradicción?

En absoluto. El zen llegó a Europa gracias a los jesuitas y, por tanto, promovido por gente de confesión cristiana. El catolicismo está abierto a las semillas de verdad, como dice el Concilio Vaticano II, y en ese sentido realmente hay maestros zen que son sacerdotes e incluso religiosas. Hay una apertura muy clara y evidente por parte del cristianismo hacia otras tradiciones.

Habla de apertura, pero ha criticado más de una vez el discurso eclesiástico. ¿En qué cree que falla?

Desde la modernidad en adelante, y sobre todo en los últimos 50 años, la propuesta eclesial no suscita el interés de las masas, y menos aún de los jóvenes. Eso es un dato incontestable. Las raíces de esta situación son muy profundas y tienen que ver, yo creo, con la modernidad, que no es otra cosa que el subrayado del sujeto. El cristianismo propone la incorporación a un cuerpo, a una comunidad, a una iglesia.
Ahí está el binomio entre individuo y comunidad. El Occidente es profundamente individualista, y por eso una propuesta más comunitaria resulta anacrónica hoy en día.
En alguna parte he escrito no hace tanto algo así como que la mentalidad del europeo medio -y es probable que América Latina siga el mismo rumbo que Europa, aunque de forma más lenta y menos radical- es hoy más budista que cristiana, sin que eso signifique que sea mínimamente budista ni que haya sido nunca realmente cristiana.

Disculpe, creo que me he perdido.

Jajaja. Me refiero a que no hay referentes espirituales en la sociedad y que no se nos ha enseñado a cultivar la interioridad. La tradición cristiana parece que hoy no responde a la sensibilidad contemporánea y más o menos la desechamos. Ese es precisamente el drama. Sentarse a meditar no es solo cuestión de tiempo.

Pero el discurso eclesiástico ha cambiado con los años…

Es evidente que la Iglesia católica está cambiando, desde luego no al ritmo que nos gustaría a algunos. Y si no cambiara se anquilosaría y quedaría como una cosa arqueológica. Que está cambiando es un hecho y que tiene que cambiar más también lo es y que lo va a hacer… pues no le queda otra. Yo creo que el cambio tiene que ser por la vía de la espiritualidad. Y tengo la esperanza de que es un camino de unidad, de fraternidad universal: más allá de los credos, las razas, las religiones, la ideología…
De hecho, si lees los textos místicos del sufismo, del budismo, del cristianismo, de distintas tradiciones, verás que hay una afinidad, una hermandad profundísima.
Se necesita la unidad manteniendo las diferencias, y no acabando con ellas. Eso ya no sería unidad, sino uniformidad. Y ese es el peligro de las dictaduras y de los sistemas totalitarios. No se trata de que todos hagamos lo mismo o tengamos la misma religión. La diversidad cultural, religiosa, ideológica, étnica, es buena. Por eso digo que el cristianismo se ha articulado desde la palabra, pero se puede articular, sin negar la palabra, desde el silencio.

¿Por qué buscamos tanto el silencio?

La búsqueda del silencio se debe, en primer lugar, a una razón metafísica, de orden más antropológico: los seres humanos tenemos instintos y deseos, una sed, un anhelo profundo. Tú puedes tener tus instintos corporales y psicológicos cubiertos, pero siempre queda un fondo de búsqueda de plenitud. A eso intenta dar respuesta la religión, a ese anhelo de fondo, que es la espiritualidad. El ser humano está hecho para el encuentro con lo profundo.
La segunda razón es que, en este contexto contemporáneo, es evidente que hay mucho ruido, mucha dispersión, y el problema fundamental es la falta de atención y también de amor, porque amamos a lo que estamos atentos, como decía mi venerada Simone Weils. Estamos en un momento de mirar mucho hacia afuera, y hace falta volver a casa, volver al interior.

¿Lo necesitamos más ahora que nunca?

Es una constante en el ser humano, pero hoy es más urgente, hay más estímulos externos y más dificultad. Hemos hecho el mito de la movilidad, del cambio, y meditar, al fin y al cabo, no es otra cosa que sentarse. En un mundo en el que todo se mueve, sentarse a meditar es una provocación. El Occidente tiene este mito del pensamiento y de la acción: pensar las cosas y hacer, incluso hacer sin pensar, pero hacer.
La propuesta que yo modestamente hago es: frente al pensamiento, la contemplación -no puede ser todo pensamiento, también hay silencio- y frente a la acción, la pasión. Con la pasión dejamos que las cosas nos afecten, nos toquen. Estamos muy acostumbrados a entregar, a dar, a actuar, a hacer… pero no tanto a recibir. La meditación es una excusa para aprender a recibir.

Usted dice que lleva desde los 15 años meditando. ¿Cómo ha cambiado su técnica en todo este tiempo?

Ha cambiado muchísimo, la verdad. Ahora soy más formalista porque le doy más importancia a las formas -a la postura, a encender una vela, a lograr la penumbra adecuada…- me doy cuenta de que el silencio requiere también una exterioridad, las formas son las guías de acceso al fondo. También diría que ya no soy tan kamikaze. No tengo tanto pudor en, por ejemplo, recitar un texto antes de comenzar o al finalizar, en dar más espacio a lo afectivo, no solo a la desnudez de la nada.
Soy menos rígido y más flexible, que no quiere decir laxo. Cuando empecé, como buen discípulo, tenía una disciplina muy estricta, en eso me ayudó mucho el zen. Pero ahora no medito al estilo zen. El propio zen me devolvió a la tradición cristiana a la que pertenezco y en donde también existe esta vía contemplativa, mística, casi más bien marginal o subterránea, pero no por eso menos importante.

¿Medita a diario?

Me siento todos los días una hora por la mañana y media por la noche.

¿Y qué le diría a alguien que nunca haya meditado y quiera probar por primera vez?

Para empezar, le diría que probara cinco minutos, que realmente si no has hecho nunca meditación puede ser duro. Le diría que se pusiera con la espalda erguida, no le daría más consignas corporales. Y que pusiera la atención en una parte del cuerpo, por ejemplo, en el corazón o en las palmas de manos, y luego que simplemente prestara atención a su respiración, sin forzarla. Esas serían las claves para una pequeña práctica.
No soy muy partidario las meditaciones guiadas. Si uno empieza con el silencio, tiene que estar en silencio. 

¿Le tenemos miedo al silencio?

Yo creo que nos aterroriza. Primero descubrimos que estamos muy inquietos, que tenemos un cierto desasosiego corporal, nos cuesta estar quietos. Luego descubrimos que tenemos un desasosiego mental, que tenemos muchas cosas en la cabeza, que nuestra mente es una jaula de grillos y que es muy difícil poner orden en ese caos. Pero después, si logras dominar en alguna medida esa inquietud corporal y ese desasosiego mental practicando la meditación, te encuentras con tus sombras, que es el inconsciente. El inconsciente sale a la luz en el sueño y en la meditación, y allí está todo aquello que es oscuro, que hemos desterrado porque no nos agrada. Si sale es para que tú lo mires y lo sanes, pero al hacerlo te fastidia. Y lo más normal es huir.

¿Es difícil meditar?

Yo suelo decir que meditar no es fácil, pero es sencillo. Las consignas son muy claras y son inequívocas. Si te dicen “atiende tu respiración” quiere decir simplemente que te fijes en tu respiración. Realmente es sencillo. Pero no es fácil porque tenemos una gran resistencia a entrar en nuestro interior, no estamos habituados.
En general, hay una idea bastante mítica o idílica de la meditación como un paraíso, como algo muy plácido y agradable, y es verdad que hay gente que lo vive así, pero no es la experiencia más común. Por lo menos la mía y la de otros muchos es que hay mucha turbulencia, y afrontar esa turbulencia es toda una aventura.
En realidad, la meditación es un espejo de la vida; así como tú eres, así meditas. Si te pones muy nervioso meditando es que en general te pones muy nervioso ante la vida. Se trata de ver si somos capaces de mirar al espejo.

¿De que sirve realmente mirarse en ese espejo? 

Es importante porque si no nos miramos no nos conocemos. Y si no nos conocemos, no podemos amarnos. Y si no nos amamos, no podemos amar a los demás porque nadie puede dar lo que no tiene. Y si no amamos a los demás, pues no nos enteramos de qué va la vida. Hemos asociado el conocimiento con la palabra, pero realmente la otra cara de la palabra es el silencio. Hay cosas que solamente se entienden cuando se crea ese espacio y ese tiempo sin sonido, sin imágenes. El silencio te ayuda a descubrir que lo importante no es lo que tú haces, sino lo que se hace por medio tuyo, y eso es algo muy distinto. Puedes conocerte de mil maneras -leyendo libros, haciendo viajes, conversando, con psicoanálisis….- el autoconocimiento no tiene fronteras. Pero no hay un conocimiento más rotundo, directo o salvaje que el del silencio.

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“Biografía del silencio” forma parte de la “trilogía del silencio” de Pablo d’Ors, a la que también pertenecen los títulos “El amigo del desierto” (2009) y “El olvido de sí” (2013). No es la única aventura literaria del sacerdote madrileño. Ha publicado trilogías sobre el fracaso, la ilusión y, más recientemente, en 2017, el entusiasmo. Pablo d’Ors es doctor en Teología. Ha sido profesor de Fenomenología de la religión, Mística y Revelación en distintas universidades eclesiásticas, y de Dramaturgia en la Universidad Complutense de Madrid.

*Esta entrevista es parte de la versión digital del Hay Festival Arequipa 2019, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad peruana entre el 7 y el 10 de noviembre.

https://www.bbc.com/

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Questa voce è stata pubblicata il 09/11/2019 da in ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad con tag , .

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