COMBONIANUM – Spiritualità e Missione

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FP.esp 4/2019 Grito de vida


Grito de Vida

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¡Que todo en nosotros se convierta en grito de vida!
Maurice Zundel

El secreto del cuerpo

El Apóstol San Pablo nos ordena tratar el cuerpo como templo del Espíritu Santo, como custodia de una Presencia divina. Quiere que comuniquemos la vida divina a todas las fibras de nuestro cuerpo, que lo hagamos vivir espiritualmente a fin de que no solamente sea dado, sino que se dé como una persona.

Ese es el fin de todas las cosas: la vida de Dios es toda entera un don, un acto eterno de caridad, una vocación de amor, y la vocación de toda criatura es abrirse y llegar a la libertad del espíritu, y habiéndose encontrado, ofrecerse y darse. Y el secreto del cuerpo no puede sernos revelado de otra manera, se nos escapa cuando lo tratamos materialmente en vez de abordarlo con caridad, con respeto, como persona. Y por situarse en ese nivel, el cuerpo está investido de fecundidad divina, virginal, a fin de engendrar la luz y hacer nacer la vida de Dios en nosotros, porque todo lo que Dios toca se hace fecundo. No se trata de llegar a una castidad estéril sino, al contrario, a una castidad que sea una fecundidad virginal que haga nacer en nosotros la luz y el reino de Dios.

Así es como Dios asume todas las criaturas, les comunica Su Vida y las asocia a Su potencia creadora no solamente para que vivan Su Vida, sino para que La difundan en las demás criaturas, para que difundan Su propia Vida. Ésa es la Buena Nueva del Evangelio, del evangelio que se dirige al espíritu, al cuerpo, a todo nuestro ser y a toda criatura. Y así es como toda criatura debe acoger la buena nueva del evangelio por la que se la llama a vivir de la vida misma de Dios y comunicarla en la medida en que es capaz. Y he aquí que la materia se hace Verbo en los sacramentos, he aquí que la materia recibe la Luz divina en Persona y que la materia nos comunica la Palabra por la que todo fue hecho.

El universo no es una cosa sino una Persona. Donde nuestros ojos materiales ven cosas, el corazón distingue el corazón del primer Amor. El universo no es una cosa que podríamos conocer por un abrazo material, el universo es un secreto tan profundo e inaccesible, un misterio que sólo podemos encontrar yendo hasta dentro del Corazón de nuestro Dios. La materia se hace Verbo en los sacramentos, el universo es una Persona, la materia estalla, y, en el corazón de la materia Dios nos dice: “Aquí estoy”, y Jesús se da a nosotros en el misterio de la hostia. El arte del Padre se ha derramado en todas las cosas: Palabra viva que es Jesús. El arte del Padre es el secreto de toda cosa, secreto escondido, secreto que se ignora y que de repente brilla y se hace signo vivo de una vida personal que dice: “Yo, en la Hostia”.

Todo eso permanece oculto para todos los que no se han dado todavía, para todos los que no escuchan el silencio de Dios y no percibe su resonancia en toda criatura. Todo eso permanece oculto porque Dios no puede aparecer a los ojos de la carne, es imposible que Dios se haga vivo en nosotros antes de que Su Presencia sea asimilada por nosotros, imposible si no vamos a Su encuentro, si la mente no Lo descubre en Su humildad, si el corazón no va a captarlo al último rango de la creación para hacerlo subir al primero de nuestra ternura.

Dios es Espíritu, y, si es verdad que está presente en el corazón de toda cosa, que el arte del Padre es infundido a toda criatura, si es verdad que Él no deja de golpear a nuestra puerta, también es verdad que sólo podemos percibir la Presencia invitándolo a entrar en lo más profundo de nuestro ser, pidiéndole que invada todas las fibras de nuestro ser, a fin de que no seamos nosotros los que vivimos sino Él en nosotros. El Verbo, la Palabra eterna está siempre presente en el mundo, pero el mundo no está presente y sólo puede llegar a estarlo en nosotros.

Hay en la Trinidad la misteriosa “dicción” del Verbo por el Padre: Dios Padre enuncia la Palabra que surge de Su Corazón, que Lo expresa perfectamente, y que es Su Hijo Único. Esa conversación misteriosa es el gran secreto eternamente intercambiado, el Verbo, el Hijo único, Jesús. Pues bien, es necesario que en nosotros haya esa “dicción” del Verbo, ese enunciado de la Palabra única, es necesario que la Palabra oculta en el corazón de las cosas surja en nuestro corazón y se manifieste realmente en nosotros y en toda criatura.

Eructavit cor meum”, de mi corazón brotó un hermoso canto, la Palabra eterna, el Verbo, la Persona misma de Jesús. Ésa es nuestra vocación, dejar brillar en nuestro corazón el secreto de Dios, dejar que la palabra oculta y silenciosa se haga en nosotros canto de alegría y canto de amor.

Y así es como entraremos en el universo como creadores de Dios, así crearemos el mundo en Dios y, en cierto modo, creamos a Dios en el universo. Ésa es una doctrina de dulzura, grandeza y belleza infinitas, que exige de nosotros el don total de nosotros mismos, de la mente, del cuerpo, de nuestra ternura, porque no hay nada en nosotros que no deba darse, nada que no pueda llegar a ser creador de una vida divina.

Dios no nos condenó a reprimir, a negar la vida sino que quiso que todo en nosotros sea SÍ como es SÍ todo en Él, que todo en nosotros se convierta en un grito de vida, lleve la Vida y suscite la Luz. Esta tarea es sin duda formidable y a cada instante sentimos lo urgente que es.

No hay que olvidar que si ésa es la Verdad misma, el don de Dios, si eso es el cristianismo, la asunción de toda la vida, la transfiguración, la dicción del Verbo en el corazón de las cosas, si eso es la Verdad, sabemos bien que es imposible realizarla totalmente en un solo instante. Puesto que nuestra vida se desarrolla en la duración, el progreso está en la naturaleza de las cosas. La fidelidad misma de nuestra vocación está en realizar el programa paso a paso y no de un solo golpe. Se nos pide ser fieles hoy, a cada instante. “No pido ver horizontes lejanos, un paso a la vez es suficiente para mí”.

Sería una falta contra la realidad misma de nuestra vida, contra la naturaleza, una falta contra la obediencia que debemos a Dios el querer vivir nuestra vida de una vez. No hay que vivir lo que ya pasó, sino para que toda esa experiencia lleve fruto en el presente. Pero tampoco debemos cargarnos con lo que aún no podemos vivir, no debemos prevenir la vida ni querer vivir mañana cuando estamos hoy. No tenemos la capacidad de vivir mañana lo que es hoy, eso sería absurdo. La vida sólo puede ser maduración. Sería locura querer cosechar antes de que el grano haya germinado. Debemos vivir en el llamado del instante mismo, en la gracia del instante; es lo que se nos pide y es todo lo que podemos dar.

La vida cristiana consiste en “decir” el Verbo de Dios, en darlo a toda criatura, en dar al que nació de nosotros. ¡Yo sé que miles de tentaciones las están esperando a la puerta de la capilla! Tendremos aún fallas, pero mientras las faltas sean lo que son, faltas de fragilidad, de desánimo, que no son faltas de mala voluntad y que no canonizamos el egoísmo, no nos separarán de Dios. Tan pronto como tomamos conciencia de una falta, miremos hacia Él y volvamos a Él con toda nuestra capacidad de amor.

Sabemos que nos espera como una madre, y que una sola mirada de nuestro espíritu hacia Él basta para devolvernos la inocencia. No hay sino una impureza, la mirada hacia nosotros, la mirada posesiva, y basta con que nos volvamos hacia Dios, que adhiramos a Él, para ser fundamentalmente puros, para que Él se apodere de nosotros y haga irradiar en todas las fibras de nuestro ser la Luz que es su Presencia en nosotros.

Todo está bien si estamos apegados a Él, si nos integramos cada mañana a Su Vida mediante la divina liturgia, y si a lo largo del día vivimos el “Dominus vobiscum” por el cual el sacerdote, abriendo los brazos y el corazón, da, más que a sí mismo, el Señor.

¡Qué maravilla poder dar el Señor como si naciera de nosotros, si verdaderamente nació de nosotros! Pues bien, guarden el saludo de la divina liturgia como la luz de estos días. Ustedes también entran en su misa, entran en la casa, diciendo a toda criatura: “Dominus vobiscum”. Abran el corazón y los brazos, den lo que nació de ustedes: el Señor, que quiere darse a través de ustedes.

¡Qué maravilla! Ustedes ya no aguantan, están aplastadas por sus propias dificultades, por las tentaciones, por las inquietudes, abren los brazos y el corazón sobre la criatura que encuentran y dicen: “El Señor está contigo”. Ya que están rebasadas infinitamente, ya que todo lo que las concierne pasa al segundo plano, comprende que no hay más que hacer, en efecto, sino abrir los brazos y el corazón y decir: “Dominus vobiscum”.

No lo dirán con palabras, sino con todo el encanto de su sonrisa, toda la ternura de su mirada. Ustedes lo dirán porque creen, porque están llenas y que en el fondo sólo quieren una cosa, y es que Él sea, que Él sea recibido, que Él reine.

Cuando canten el cántico del Verbo olvidarán su propia miseria, olvidarán en el don todo lo que les parece doloroso, sentirán en el don que su vida no es estéril sino infinitamente fecunda con la fecundidad virginal.

Pues bien, que su único deseo ahora sea conservar en ustedes la “dicción” del Verbo, cantar con los labios el Cántico del Verbo, cantar este Canto del Verbo: “Al principio era el Verbo y el verbo estaba en Dios, y vino a los suyos y los suyos lo reciben”.

Maurice Zundel
Última conferencia de Bourdigny en agosto de 1937
http://www.mauricezundel.com

La disciplina del corazón Mirar dentro del corazón

La primera y más esencial práctica espiritual que un director espiritual debe recomendar es la Disciplina del corazón. La introspección y la oración contemplativa es la antigua disciplina por la que empezamos a ver a Dios en nuestro corazón. La oración interior es atención cuidadosa a Aquel que habita en el centro mismo de nuestro ser. Mediante la oración, nos despertamos al Dios que está en nosotros. Con práctica, permitimos a Dios entrar en nuestros latidos y nuestra respiración, en nuestros pensamientos y emociones, en nuestro oído, nuestra vista, nuestro tacto y nuestro gusto, y en cada partícula de nuestro cuerpo. Permaneciendo despiertos a Dios, podemos verlo cada vez mejor en el mundo que nos rodea.

La disciplina del corazón nos hace conscientes de que orar no consiste simplemente en escuchar, sino en escuchar con el corazón. La oración nos ayuda a estar en presencia de Dios con cuanto somos y tenemos: nuestros miedos y ansiedades, nuestra culpa y nuestra vergüenza; nuestras fantasías sexuales; nuestra avaricia y nuestra ira; nuestras alegrías, éxitos, aspiraciones y esperanzas; nuestras reflexiones, sueños y vagabundeos mentales; y, sobre todo, nuestra familia, nuestros amigos y nuestros enemigos; en suma, todo cuanto hace de nosotros lo que somos. Con todo esto tenemos que escuchar la voz de Dios y permitirle hablarnos en cada rincón de nuestro ser.

Cada rincón de nuestro ser” incluye, obviamente, el cuerpo físico. De hecho, el corazón no es un simple órgano espiritual, sino el lugar secreto de nuestro interior donde nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo se reúnen en la unidad del yo. El corazón espiritual desencarnado no existe. Estamos llamados a amar a Dios y al prójimo con todo nuestro corazón, toda nuestra alma, toda nuestra mente y todas nuestras fuerzas (Lucas 10, 27).

Esto es difícil de hacer, dado lo temerosos e inseguros que somos. Nos ocultamos de Dios y de los demás. Tendemos a presentar a Dios y a los demás únicamente aquellos aspectos de nosotros con los que nos sentimos relativamente cómodos y que pensamos que suscitan una respuesta positiva. Por tanto, nuestra vida de oración se hace selectiva y limitada. Está claro que la disciplina del Corazón reclama una dirección que nos permita superar los temores, profundizar nuestra fe y comprender mejor quién es Dios para nosotros.

Henri Nouwen, Dirección espiritual.

Ser elegidos
Henri Nouwen

Cuando sé que he sido elegido, soy consciente de que se me ha visto como a una persona especial. Alguien se ha fijado en mí en mi calidad de persona única, y ha expresado el deseo de conocerme, de amarme. Cuando te escribo esto de que, como amados, somos los elegidos de Dios, quiero decir que hemos sido vistos por Dios desde toda la eternidad, y vistos como únicos, especiales, unos seres valiosísimos. Desde toda la eternidad, antes de haber nacido y de haberte convertido en parte de la historia, existías en el corazón de Dios. Mucho antes de que tus padres te admiraran, y de que tus amigos reconocieran tus dones, o tus maestros, o tus compañeros de trabajo y empleados te animaran, ya eras un elegido. Los ojos del amor te habían visto como muy valioso, de una belleza infinita, de un valor eterno. Cuando el amor elige, lo hace con un perfecto conocimiento de la bondad única del elegido, y lo hace, consiguiendo al mismo tiempo que nadie se sienta excluido.

Nos enfrentamos aquí a un gran misterio de orden espiritual: ser el elegido no significa que los otros sean rechazados. Es muy difícil pensar así en un mundo tan competitivo como el nuestro. En este mundo, ser elegido significa simplemente ser colocado aparte, en contraste con otros. Sabes hasta qué punto en nuestra sociedad competitiva los elegidos son mirados con una atención especial.

Ser elegido como amado de Dios es algo radicalmente distinto. En vez de excluir a los demás, los incluye. En vez de rechazar a los demás como menos valiosos, los acepta en su realidad única. No se trata de una elección competitiva, sino compartida.

¿Cómo concienciarnos de nuestra condición de elegidos cuando estamos rodeados de rechazos? Este hecho conlleva una fuerte lucha espiritual. ¿Hay algo que nos pueda ayudar en esta lucha? Voy a formular unos pocos medios.

Primero, tienes que desenmascarar al mundo que te rodea; hacerle patente en su condición de manipulador, dominador, ansioso de poder, y, a la larga, destructor. El mundo te dice muchas mentiras sobre quién eres. Sé realista y no pierdas de vista nunca esto. Siempre que te sientas herido, ofendido, o rechazado, tienes que atreverte a decirte a ti mismo: «Estos sentimientos, aunque sean fuertes, no me dicen la verdad sobre mí mismo. La verdad, aunque en estos momentos no la sienta, es que soy un hijo elegido de Dios, precioso a sus ojos, llamado el amado desde toda la eternidad y a salvo en su abrazo eterno».

En segundo lugar, debes buscar personas y lugares en los que tu verdad sea dicha, y donde se te recuerde tu identidad más profunda como elegido de Dios. Sí, debemos optar conscientemente por nuestra condición de elegidos, y no permitir que nuestras emociones, sentimientos o pasiones nos seduzcan y nos lleven al auto-menosprecio. Las sinagogas, las iglesias, muchas comunidades de fe, los diferentes grupos de apoyo que nos ayudan en nuestros momentos de debilidad, como son la familia, los amigos, los profesores, los estudiantes, todos ellos pueden convertirse en personas que nos recuerden nuestra verdad. El amor limitado, a veces roto, de los que comparten nuestra condición humana, es capaz, a menudo, de orientarnos hacía la verdad de lo que somos: preciosos a los ojos de Dios. Esta verdad no brota simplemente del centro de nuestro ser. Ha sido revelada también por el Uno que nos ha elegido. Por eso debemos estar atentos y a la escucha de muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia. A través de sus palabras y de sus vidas nos invitan a volver al corazón de esa verdad.

En tercer lugar, debemos celebrar nuestra condición de elegidos constantemente. Eso significa decir gracias a Dios incansablemente por habernos elegido, y gracias por recordarnos su elección. La gratitud es el camino más fructífero para profundizar en tu convicción de que no has sido un accidente, sino una elección divina. Es importante que nos demos cuenta de con cuánta frecuencia hemos tenido posibilidades de ser agradecidos y no las hemos aprovechado. Cuando alguien es amable con nosotros, cuando algo nos sale bien, cuando se nos resuelve un problema, cuando se restablece una amistad, se cura una herida, hay razones muy concretas para dar las gracias, ya sea con palabras, con flores, con una carta, con una llamada telefónica, con un gesto de cariño. Donde hay motivos para ser agradecido, siempre los hay también para la amargura. Aquí nos enfrentamos con la libertad de tomar una decisión. Podemos decidir ser agradecidos o amargados, reconocer nuestra condición de elegidos, o enfocar nuestra mirada hacia nuestro lado sombrío.

Cuando afirmamos constantemente la verdad de ser los elegidos, pronto descubrimos dentro de nosotros un vivo deseo de revelar a los demás su propia condición de elegidos. En vez de hacernos sentir que somos mejores, más preciosos o más valiosos que los otros, nuestra conciencia de ser elegidos abre nuestros ojos a la realidad de la elección compartida con los demás.

Este es el gran gozo de ser elegido: descubrir que los demás lo han sido también. En la casa de Dios hay muchas moradas. Hay sitio para todos, un sitio único, especial. Una vez que hemos profundizado en nuestra condición de seres valiosísimos a los ojos de Dios, somos capaces de reconocer esa misma cualidad en los demás, y su sitio único en el corazón de Dios.

Henri Nouwen, “Tú eres el amado”

LA VICTORIA DEL AMOR

Oh Dios, somos uno contigo.
Tú nos has hecho uno contigo.
Tú nos has enseñado que si nos abrimos el uno al otro,
moras en nuestro interior.
Ayúdanos a preservar esta apertura
y a luchar por ella con todo nuestro corazón.
Ayúdanos a darnos cuenta de que no puede haber entendimiento
allí donde hay rechazo mutuo.
Oh Dios, al aceptarnos los unos a los otros de todo corazón,
completamente, plenamente, te aceptamos a ti,
y te damos gracias, y te adoramos, y te amamos con todo nuestro ser,
porque nuestro ser está en tu ser, y nuestro espíritu está arraigado en tu Espíritu.
Llénanos pues de amor y que el amor nos una
cuando emprendamos nuestros diversos caminos,
unidos en este único Espíritu
que te hace presente en el mundo
y que te permite testimoniar la realidad última que es el amor.
El amor ha vencido. El amor es victorioso.
Amén.

Thomas Merton

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Questa voce è stata pubblicata il 24/11/2019 da in Artículo mensual, ESPAÑOL, Fé y Espiritualidad.

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Combonianum è stata una pubblicazione interna nata tra gli studenti comboniani nel 1935. Ho voluto far rivivere questo titolo, ricco di storia e di patrimonio carismatico.
Sono un comboniano affetto da Sla. Ho aperto e continuo a curare questo blog (tramite il puntatore oculare), animato dal desiderio di rimanere in contatto con la vita del mondo e della Chiesa, e di proseguire così il mio piccolo servizio alla missione.
Pereira Manuel João (MJ)
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