COMBONIANUM – Formazione Permanente

UNO SGUARDO MISSIONARIO SUL MONDO E LA CHIESA Missionari Comboniani – Formazione Permanente – Comboni Missionaries – Ongoing Formation

40 días con Zundel

La Cuaresma día tras día
con Maurice Zundel

fiori tra i sassi

1. La Cuaresma: dejarnos invadir del Amor de Dios
La Cuaresma nos invita a meditar sobre el sufrimiento que asumió Cristo por nosotros, identificándose con nosotros y a agotar su fuente abriéndonos a su Luz, dejándonos invadir de su Amor. Es por eso que nuestra primera preocupación debe ser lograr el silencio interior, recogernos cada día unos minutos para escuchar su llamado y aprender a vivir su vida como nuestra. Porque el Reino de Dios consiste justamente, como lo sugiere un gran poeta, en dejarlo vivir en la vida que él difunde. Si pudiéramos eclipsarnos así en él, cada día mejor, y dejarlo transparentar en nosotros, esta Cuaresma sería el más hermoso de los milagros. Según la medida de nuestro amor, Cristo, en nosotros, dejaría de ser el Señor crucificado para convertirse en el Señor resucitado. Entonces, Pascua no sería ya el simple recuerdo de un acontecimiento pasado sino la más actual realidad de nuestra vida. Así comprendía Pascal la vocación del cristiano cuando escribía esas palabras que expresan maravillosamente el sentido de nuestra Cuaresma: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo; no hay que dormir durante ese tiempo”.

2. Cuaresma y verdadera contrición
La herida del amor propio no es contrición. La verdadera contrición se da únicamente sobre esto: no he amado el amor. “Lloro, como decía Jacopone de Todi, lloro porque el amor no es amado”. – “Io piango perchè l’amore non è amato”.
Ese es el único motivo de una verdadera contrición: lloro porque no he amado al amor. Pero si lloramos realmente por no haber amado al amor, no se trata de detenernos en la mirada tornada hacia el pasado, pues no hay sino una sola manera de reparar las faltas de amor y es redoblando en el amor amando mejor hoy, pues la verdadera contrición finalmente se confunde con un acto de amor.
Es inútil gemir por haber omitido hacer el bien ayer. Se trata de devenir el bien ahora, se trata de amar hoy. Y por eso, como la Magdalena, como la mujer adúltera, como el buen ladrón, uno puede hacerse santo en un instante si la conversión va hasta la raíz del ser, y la persona entera ya no es sino impulso hacia Dios”.

3. Cuaresma: conversión a lo Humano
Si la vida humana supera todas las pruebas y todas las catástrofes, es sin duda porque la sostiene una inmensa esperanza. Y quizás en la fragilidad de la primera infancia es donde hay que buscar la fuente. En efecto, sería difícil encontrar un padre o una madre que no hayan tenido ante la cuna de su hijito el sentimiento de una grandeza infinita. Todas las posibilidades, vírgenes, que parecen respirar en la majestad de su sueño les autorizan a creer en un destino privilegiado. Todas las dependencias, producto de sus necesidades, les parecen compensadas por un poder interior cuyo misterio comunica a su ternura un aspecto de respeto y admiración.
¿Qué quedará dentro de unos años de las promesas silenciosas y los emocionantes sueños? Con frecuencia, poca cosa. Lo duro de las circunstancias y la brutalidad de los instintos habrán ahogado esos gérmenes de grandeza: el niño, hecho adulto, vivirá una existencia ordinaria y pasará sin dejar huellas, legando a otras generaciones una esperanza no realizada…
Nada es más oportuno que entrar en la Cuaresma para prepararnos a la Pascua, inspirándonos en esta consigna: Conversión a lo Humano. Así pues, el drama de Cristo no es otra cosa que la agonía del Amor eterno que nos solicita por el don infinito que es él y que toma sobre sí mismo todas las consecuencias de los rechazos que nos hacen inhumanos. Humanizarnos es precisamente responder a ese Amor mediante la ofrenda de todo nuestro ser, dejando aparecer en nosotros la Presencia que es la vida de nuestra vida: toda nuestra grandeza y toda nuestra libertad.

4. Convertirnos a la religión del hombre
¡Se trata pues de convertirnos a ese Evangelio, de convertirnos a la religión del hombre, que es lo mismo que la religión de Dios! Tenemos que aprender a discernir en el hombre esas posibilidades infinitas, a reivindicar su primacía y su protección y a ordenar toda nuestra vida, en las relaciones con los demás, a suscitar en ellos silenciosa y discretamente, ese nuevo ser, ese ser universal, ese ser irremplazable que hace de cada hombre una revelación única del rostro de Dios. Y cuando podamos decir verdaderamente desde el fondo del corazón: “¡Creo en el hombre!” podremos decir de verdad “Creo en Dios”, ya que es imposible llegar a Dios sin descubrir al hombre, pues en fin, si tú me dices “Muéstrame tu Dios”, yo te diré “Primero muéstrame tú qué hombre eres, muéstrame si los ojos de tu alma están abiertos y ven con claridad, muéstrame si los oídos de tu corazón saben escuchar, y yo te mostraré a mi Dios”.

5. La vida cristiana es vida aquí y ahora
Ustedes recuerdan probablemente el admirable poema de san Agustín, en el libro X de las Confesiones, donde el gran obispo cuenta su conversión en términos admirables: “Demasiado tarde te amé, dice, demasiado tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva, ¡demasiado tarde te amé! Sin embargo tú estabas adentro, pero yo estaba afuera, corriendo sin belleza hacia esas bellezas que sin ti no existirían. Y tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo”.
“Tú estabas adentro, pero yo estaba afuera”. ¡Eso expresa, en las palabras más perfectas, que la vida cristiana es vida aquí y ahora! Y que el más allá de que tanto se habla es algo interior, ¡algo interior! El más allá es más allá de nosotros mismos, más allá de nuestros límites, más allá de las pasiones desordenadas, pero es interior, es un espacio inmenso que se abre dentro de nosotros, donde respira la libertad en un diálogo de vida con el Dios vivo.

6. La tentación de agotar por adelantado el mañana
Una de las mayores y más peligrosas tentaciones humanas, y una de las que menos imaginamos, es justa­mente la fiebre de vivir, y como de agotar por adelantado el mañana, y esa especie de desprecio del día de hoy (como si Dios nos lo diera sin motivo y sin haberlo llenado de sus Dones). Y nosotros nos conduci­mos como los niños músicos que quieren tocar música de Chopin o de Mendelsohn, antes de haber hecho sus gamas… No es esa la actitud que nos pide la oración Perfecta: “Danos hoy nuestro pan de cada día”… Limitando, concentrando todos los esfuerzos en el día de hoy, sabremos sacarle la grandeza que le es propia y la perfección que conlleva. Y nuestro corazón estará intacto y como nuevo para acoger el mañana. Y conoceremos la grandeza oculta de las cosas pequeñas, y sabremos que el Reino de Dios pertenece a los Niños.

7. Un Dios venido del exterior es un ídolo
Un Dios venido del exterior, un Dios impuesto, es necesariamente un ídolo. Y yo sé que pueden decir: “Pero ¿no venían de fuera de la humanidad todos los profetas que nos dieron revelaciones recibidas, todos los profetas que proclamaron los mandamientos y las ordenanzas divinas, y que nos dijeron que nos sometiéramos, y querían someternos a Dios?” Claro, sin duda, pero eso era el Antiguo Testamento; ¡era un Dios mal conocido todavía, lo mismo que el hombre, era todavía un desconocido! Jesús nos introdujo en otro régimen, porque justamente Jesús nos revela el verdadero Dios, el Dios bueno, el Dios Amor que nunca se impone, el Dios que viene siempre de adentro y que está de rodillas ante la humanidad en el lavatorio de los pies. Y en efecto, ¿cómo entender el lavatorio de los pies si no vemos en el hombre una capacidad de iniciativa, una libertad tan sagrada, tan inviolable, que Dios mismo se pone de rodillas?

8. Entrar en la vida
¡No se trata entonces de despegarse de la tierra, de abandonar la vida, sino de entrar en ella! Entonces, el gran peligro para nosotros no es lo que pueda suceder después de la muerte, sino lo que sucede antes de la muerte, ¡antes de la muerte!… porque corremos el riesgo de estar muertos antes de morir, precisamente si rehusamos hacer de nuestra vida una creación continua de gracia y de belleza. Y la expresión misma “estado de gracia” que designa la vida divina en nosotros, significa que la Belleza de Dios nos es comunicada, que la vida debe ser graciosa y llevar a todas partes el resplandor de la belleza divina.

9. El Reino de Dios, aquí y ahora, dentro de nosotros
El más allá está dentro, no es después, detrás de las nubes, por encima de las estrellas. Está aquí, ahora, en un presente que dura y que puede durar, y que está normalmente destinado a durar para siempre. El Reino de Dios está aquí y ahora, dentro de nosotros. El más allá y el después son hoy, pero en el interior. ¡Y Dios está de rodillas! ¡Está de rodillas! Entonces, Dios ya no es el soberano en una majestad aplastante, que prescribe el curso de la aventura humana desde afuera, sin comprometerse y que podría con un solo gesto revolcarlo todo, es decir, instituir un orden enteramente distinto. Dios es aquí, ahora, el compañero de una aventura que no puede realizar sin nosotros. Aquí está con todo su amor, en toda su grandeza única, que es la grandeza de la generosidad.

10. En nosotros un espacio ilimitado para acoger al ser amado
En su humanidad, Jesucristo es totalmente don y su humanidad, diáfana a la Presencia divina, la revela de manera única a través de su propia pobreza; por medio de la pobreza de esa humanidad radicalmente despojada de sí misma, brilla la desapropiación infinita que es el Dios vivo.
Dios no está más en Jesucristo que en nosotros. Está en nosotros tanto como en Jesucristo, pero nosotros no estamos en Dios. En Jesucristo, justamente, la divinidad no es sino la eterna pobreza de un amor infinitamente dado, en Jesucristo, así desapropiada, la divinidad puede brillar, actualizarse en nuestra historia, como quiere hacerlo en nuestra vida. Cada uno de nosotros está llamado a ser encarnación, cada uno está llamado a dejar brillar la divinidad, cada uno de nosotros está llamado a ser transparencia y en eso consiste toda la grandeza humana. Pero en nosotros, repito, el testimonio es intermitente, esporádico, sin cesar fluctuante y rehusado.
En Jesucristo, brilla en la desapropiación infinita, que hace de la divinidad de Jesucristo la simbiosis de la pobreza, absoluta, a la vez de Dios y del hombre, pobreza de espíritu, pobreza que es el reverso del amor o mejor, su esencia. Solo podemos amar en la desapropiación, haciendo de nosotros un espacio ilimitado para acoger al ser amado.

11. Dios se hace el Dios de las personas
Pasternak, el gran escritor ruso, en un libro que ustedes conocen, “El doctor Jivago”, tiene dos páginas sorprendentes, conmovedoras, magníficas, que además conciernen la Santísima Virgen a partir del misterio de la Anunciación, y en que parece inspirado. Dice: “Hasta ese momento había imperios, se pisoteaba a los pueblos, corrían los ejércitos, habían grandes movimientos colectivos, y ahora, en el silencio de la Anunciación, ya no hay sino personas, Dios se hace el Dios de las PERSONAS, el Dios del secreto, el Dios del silencio, el Dios de la soledad, el Dios de cada uno, el Dios que habla al corazón de cada uno, sin ruido, el Dios que establece su reino en la intimidad de cada uno”. Y opone este Dios de las personas al Dios de los pueblos, al Dios de los imperios. En efecto, tocó a lo esencial. Esa es toda la novedad. En Jesucristo, ya no hay pueblo elegido, ya no hay imperio, ya no hay sino PERSONAS. Cada una espera en el más profundo secreto de sí misma, cada una es revelada a sí misma por la sangre de Cristo derramada por ella, ya que cada una pesa en la balanza de Dios tanto como la sangre del Señor.

12. Dios no tiene otro poder que el de Su Amor
El poder de Dios es el poder de amar, de amar hasta la locura de la Cruz. Dios no tiene otro poder que el de Su Amor, el poder de Amor que es Él, y por eso Dios está en nuestras manos, cada uno de nosotros puede ponerlo en duda, cada uno puede decidir su destino, el destino de Dios en la historia y en el universo: Dios será en la historia lo que nosotros hagamos de Él porque no puede entrar en la historia sino a través de las personas, a través de la libertad humana, y si la libertad humana rehúsa, Dios está en agonía hasta el fin del mundo, como dice Pascal. Dios está crucificado mientras el hombre rehúse entregarse totalmente a ese Amor…

13. No podemos dar la vida, toda la vida, sino al Amor
Hay pues que entender la crisis (postconciliar) como consecuencia de una ambigüedad que viene desde lejos, de una unión extremamente profunda y estrecha, entre un Dios omnipotente, un Dios del que dependemos radicalmente Y un Dios interior, un Dios simbolizado y revelado, si quieren, en el Sagrado Corazón.
Pero la mayoría de los teólogos o de los seudo-teólogos, quiero decir la mayoría de los clérigos, la mayoría de los sacerdotes que han hecho estudios sumarios de teología, han retenido sobre todo definiciones rigurosas de Dios que constituyen un marco en el cual hay que entrar absolutamente. No fueron entrenados para la experiencia mística de un matrimonio espiritual con Dios…
¡Es normal que en Canadá 50 jesuitas salgan al mismo tiempo de la Compañía si no han encontrado a Dios! ¡Es normal que centenares de monjes dejen los monasterios si no han encontrado a Dios! Es normal que un monje que conozco y al que quiero mucho se lamente de haber perdido 50 años de su vida en el celibato, ¡ya que no ha encontrado a Dios!
Es claro que no podemos dar la vida, toda la vida, sino al Amor, y que no podemos realizar ese don si no estamos apasionados por Dios, habiéndolo visto como puramente interior, como puramente silencioso, como escondido en el fondo de los corazones, como el que nos está esperando y que morirá por nosotros más bien que forzarnos u obligarnos.

14. Llamados a escondernos en el corazón de Dios
Jamás ha tenido la Iglesia tanta necesidad de almas contemplativas, de almas silenciosas, de almas crucificadas, de almas penitentes, de almas silenciosas, una vez más, de almas escondidas en el misterio de Jesús, de almas que asumen la humanidad y el universo, de almas que aceptan estar en agonía hasta el fin del mundo con el Amor Infinito.
Y, puesto que los ruidos les llegan, los ruidos de la crisis (postconciliar), puesto que ustedes tienen ocasión de leer los reportajes de los periódicos que día por día reportan manifestaciones de la crisis, no pueden permanecer ajenas a la situación: es un llamado inmenso, una invitación a la santidad. Una sola alma que se da a fondo, una sola alma que se da a fondo es una victoria infinita de Dios, una victoria infinita del Amor, ya que estamos en el reino de las personas y no en el de los pueblos, y, mientras más oímos los ruidos de la protesta, más llamados estamos a escondernos en el corazón de Dios, más invitados a entrar en el silencio, más invitados a hacernos pobres de nosotros mismos.
No olvidemos que en el siglo 13, el siglo de la escolástica, el siglo de la Inquisición, el siglo de las cruzadas, apareció San Francisco de Asís, un hombre en la pobreza, en el silencio, un hombre en el amor ardiente que encendió una luz que nunca se apagará. No hay razón de pensar que en nuestro siglo no pueda levantarse una luz semejante. Jamás la Historia lo ha exigido tanto, jamás los problemas han sido más vivos, jamás las controversias han sido más profundas, jamás se ha pedido a los hombres de manera más radical renunciar a la ambigüedad: hay que escoger entre un Dios poderoso y un Dios Amor, hay que escoger entre la libertad y la dependencia, hay que escoger entre el matrimonio de amor y la sumisión del esclavo.
No hay duda, Nuestro Señor nos pide lo que nos ofrece: hacer una sola vida con Él, identificarnos con Él y hacer de nuestra vida simplemente el sacramento silencioso de la Suya.

15. El mundo del mal dentro de nosotros
El mundo del mal no es para nosotros un mundo que nos imaginamos como fuera de nosotros, sino más bien como dentro de nosotros. Hay una comunión en el mal que corresponde y que es el reverso de la comunión de los Santos. ¡Y si la santidad se difunde, si atraviesa todas las fronteras, si atraviesa todas las murallas, si permanece como fuente que brota hasta el fin de la historia, no es menos verdad en lo que concierne la comunión en el mal! El mal se difunde también, el mal crea un clima y lo sentimos bien cuando circulamos en la calle, cuando vemos los afiches, cuando vemos los espectáculos a que somos invitados, cuando vemos lo que se tolera en la vía pública, cuando vemos lo que ha sido casi imposible de hacer ahí, es decir, correctamente, los actos más profundos, más dignos del hombre han desaparecido en la civilización occidental!…

16. Nuestro papel de tentadores
Hay una corriente que nos alcanza, que circula a través de nosotros y determina más o menos, es decir provoca las reacciones de los demás. Y tenemos precisamente que defendernos contra esa forma de tentación que parte de nosotros y puede ejercer un peso de tinieblas sobre los demás. Y precisamente el mejor modo de preservarnos de ese papel de tentadores, que es el más peligroso ya que es el más cotidiano y visible, y que nos es imposible no ejercer desde la mañana hasta la tarde esa imantación buena o mala sobre los que nos rodean, el mejor medio de protegernos de ser tentadores para los demás es precisamente guardar lo que Jesús llama “la sencillez del ojo”. Si cultivamos el gusto de la luz, si vamos en el sentido del sí, si no somos cómplices de los elementos oscuros que podemos encontrar en nosotros, si optamos siempre por lo que es positivo…

17. Caminar como hijos de la luz
Antes andaban ustedes en las tinieblas, pero ahora son luz. Caminen pues como hijos de la luz” (Ef. 5, 8-9). ¡Qué admirable programa, qué sencillo y cómo canta en nuestros corazones! “Caminen como hijos de la luz”. Se trata pues de deshacernos de nuestros desvíos y contorsiones, de enderezarnos alegremente, de ir al encuentro de la luz adorable que nos viene por Jesús y de considerar precisamente que somos cristianos para echar fuera las tinieblas, para iluminar la oscuridad, para restituir la alegría y para ser en el medio en que vivimos apelando continuamente a las fuerzas creadoras que son todas positivas y van en el sentido de la armonía y la belleza. Y volviéndonos hacia el gran amigo que es Newman, pidamos por su intercesión en lo secreto de nuestra oración, que tengamos como él el gusto por la luz y poder cantar con él el admirable cántico que compuso precisamente cuando luchaba contra las tinieblas con toda su aspiración a la luz: “Condúceme, oh dulce luz, en las tinieblas que me rodean, condúceme; no pido ver lejanos horizontes. Un solo paso a la vez me es suficiente. Condúceme, oh dulce luz”.

18. ¡Muéstrame primero qué hombre eres tú!
Un obispo antiguo, san Teófilo de Antioquía, nos recuerda aquí la importancia capital de considerar al hombre antes de hablar de Dios. Este viejo autor que vivió al final del siglo segundo, este obispo sirio nos dijo estas palabras capitales: “Si tú me preguntas, si me dices “Muéstrame tu Dios”, yo te diré: “¡Muéstrame primero qué hombre eres tú! ¡Muéstrame si los ojos de tu alma ven con claridad, si los oídos de tu corazón saben escuchar, y yo te mostraré mi Dios!” Imposible pues hablar de Dios sin saber a qué hombre hablamos. Una mujer pobre que decía: “¿Cómo quiere usted que yo ore y medite delante de mis ollas vacías, con 5 hijos que alimentar?” ¿Qué reclamaba? Justamente, la posibilidad de un espacio interior, porque el hombre comienza a manifestar su esencia, su naturaleza particular, su privilegio de ser racional, sobrevolando el tiempo. El hombre puede ver más allá del momento presente, y ustedes saben que si están seguros de no poder alimentarse mañana, la comida de hoy se les atraviesa en la garganta.

19. Una fuente que quiere brotar
¡Eso es creer en el hombre: justamente, creer que dentro de cada uno existe una iniciativa posible, una fuente que quiere brotar, un universo que es el bien común de todos los hombres. Porque cuando un hombre como san Francisco de Asís atraviesa la historia e imprime en ella el rastro de su luz, permanece para siempre como fermento de liberación y hasta el fin de los siglos todos los hombres podrán encontrar en la luz de su vida el sentido de su biología, para hacerse también fuente, origen, espacio y comienzo. Pero si por otra parte presentamos una Iglesia exterior, como el joven patrono que deseaba construir una capilla en su fábrica, pero que no se había planteado jamás la pregunta: ¿Les basta para vivir el salario a mis obreros? ¡Quería implantar en medio de ellos, imponerles la cruz de Jesucristo y no se había preocupado de saber si la cruz que ellos llevaban no era insoportable! Con los beneficios del trabajo, quería imponer un mensaje etiquetado de evangélico, y no comprendía que el evangelio comienza por el respeto del hombre!

20. ¿Quién soy ‘Yo’?
¿Cómo nos conocemos nosotros mismos? Es muy raro que podamos plantear la cuestión de manera suficientemente profunda como para tomar conciencia del problema mismo. Estamos acostumbrados a nosotros mismos. Vemos el mundo a través de nosotros y es muy raro que nos cuestionemos: Yo soy lo que soy. Eso es todo. Tengo tal carácter, tal temperamento, tengo tales gustos, tales simpatías, tales antipatías y no lo puedo evitar porque yo soy así. Tengo pues que aceptarme como soy. Es lo que dicen muchos: hay que aceptarse a sí mismo. Claro está, pero ¿quién es uno? ¿Quién es uno mismo? ¿Quién es ese “Yo”? Reflexionando un poco, siempre llegamos a descubrir que el “Yo” es prefabricado, que no lo hemos creado nosotros, que lo sufrimos, y que entonces no somos nosotros mismos. No tenemos razones para decir “Yo” refiriéndonos a lo que se nos impone, a lo que hemos heredado, a lo que nos impone el organismo. Y sin embargo, eso es lo que hacemos, lo que hace la inmensa mayoría de hombres y mujeres: son lo que son, y no van más lejos. Y por no lograr conocernos, por no llegar hasta el fondo nuestro, hasta la raíz de nuestro ser, todos los problemas están falseados, desequilibrados, tanto el problema de Dios como los demás.

21. Solo se llega a sí mismo a través de Dios
Se habla de Dios según la experiencia que se tiene de él, y se tiene la misma experiencia de Dios que de sí mismo. Hay que ir hasta el último fondo para que algo cambie. Y ¿cómo ir hasta el último fondo? Evidentemente, es una especie de gracia, una especie de don. Es, en todo caso, una experiencia que uno hace, o no. El que va hasta el fondo de sí mismo sabe que se encuentra solo delante de la Presencia escondida en el fondo de su ser, el Dios vivo. Es la experiencia de San Agustín que tan a menudo hemos recordado. Al menos Agustín la expresa admirablemente: solo llega a sí mismo a través de Dios y en Dios es como llega a ser realmente él mismo. Cuando se llega a este punto, cuando esta gracia nos es dada, hacemos la experiencia de encontrarnos precisamente en el momento en que ya no pensamos en nosotros, en que cesamos de mirarnos y estamos suspendidos a esa Presencia interior a nosotros. En ese momento uno siente que ha llegado al fondo. Ya no sufre la vida. Ya no sufre el “yo” prefabricado. Uno respira entonces en una especie de libertad llena de silencio y de luz, delante de Alguien que uno percibe como se percibe a sí mismo, pues no es una experiencia quimérica, no es un invento, no es un sueño. Al contrario, es la única manera real de percibirse a sí mismo estando tan seguro de la Presencia de Dios como de la propia. Las vive al mismo tiempo porque, justamente, uno se vive a sí mismo como relación, como mirada hacia Dios.

22. La verdadera contemplación
Dios es la única luz. Dios es realmente la luz de nuestra mente, tanto que no podemos vivir humanamente, en el sentido pleno de la palabra sino haciendo oración sobre la vida, haciendo oración sobre nosotros, sobre los demás, sobre la naturaleza, sobre todo el universo, haciendo oración todo el día y todo el tiempo de nuestra existencia. Creo que esa es la contemplación en su contenido más esencial. Podemos tener la tentación, y la tenemos a menudo, de ver en la contemplación una forma de especulación y de reflexión sobre un tema dado: abro un libro, leo un pasaje, y es una meditación, por ejemplo sobre el misterio de la Ascensión, y trato de dirigir mi pensamiento siguiendo las ideas desarrolladas por el autor. Eso me lleva un cuarto de hora, media hora. Saco cierta lección que favorece el desarrollo de mi vida espiritual. Y eso es todo: habré meditado, habré contemplado. Es decir que tenemos la tentación de hacer de la oración, de la contemplación, cierta forma de estudio, de estudio de un tema particular, y todo eso es perfectamente legítimo y quizás muy útil, y hasta necesario. Pero me parece que en lo esencial es la contemplación la que nos lleva a devenir, a existir, la que nos saca de la prisión, la que nos libera, la que nos vuelve a nuestras raíces, en fin, la que nos hace nacer, nacer a nuestra auténtica humanidad.

23. Nuestro cuerpo es el primer Evangelio
El cuerpo humano puede ser transfigurado y tiene también un mensaje de luz que comunicar […]. Nuestro cuerpo tiene una vocación espiritual, una vocación divina. Nuestro cuerpo es el primer Evangelio porque el testimonio de la presencia divina en nosotros debe pasar a través de la expresión de nuestro rostro, a través de nuestra apertura, nuestra benevolencia, nuestra sonrisa. Aquel son interior que es la gloria de Jesucristo está en nosotros. Lo más sublime del hombre es que puede aún más, está llamado a revelar a Dios. Hay en nosotros una belleza secreta, maravillosa, inagotable. Cristo no ha venido sólo a salvar nuestras almas; Cristo ha venido a revelar Dios al hombre, a revelar el hombre al hombre; ha venido para que el hombre se realice en toda su grandeza, su dignidad, su belleza. Estamos llamados a la grandeza, al gozo, a la juventud, a la dignidad, a la belleza, a irradiar a Dios, a la transfiguración de todo nuestro ser comunicando con la luz divina.

24. En nosotros el tesoro de la vida eterna
Llevamos en nosotros el tesoro de la vida eterna, la realidad de la presencia infinita que es el Dios viviente. Hoy y en todos los instantes de nuestra vida estamos llamados a manifestar a Dios. Olvidemos toda nuestra negatividad, nuestra pesadez, nuestras fatigas, nuestras limitaciones y las de los demás. ¿Qué importa todo eso desde el momento en que Dios está en nosotros, en que Dios vive, en que nos ha regalado su canto, su gracia y su belleza; desde el momento en que hoy debemos penetrar en la nube de la transfiguración para salir revestidos de Dios, llevando en nuestro rostro el gozo de su amor y la sonrisa de su eterna bondad?

25. Simple mirada hacia El
Si comienzo por vivir en el silencio, si encuentro dentro de mí la Presencia única, si escucho la música silenciosa de que habla San Juan de la Cruz, en fin, si estoy suspendido al corazón del Señor, ya estoy en lo eterno, vivo la eternidad, triunfo sobre la muerte, todo mi ser está recogido en esa luz. Ya no siento el cuerpo, ya no siento mis necesidades físicas. Ahí estoy como simple mirada hacia él. En cierto modo, el problema de la muerte ha desaparecido pues vivo la eternidad. Que esté físicamente en el mundo o no, eso finalmente no cambia nada, ya que estoy enraizado en la fuente de vida infinita.

26. Dios es pobre, Dios no tiene nada
Dios es pobre, Dios no tiene nada, Dios está desarmado, Dios no puede nada en nosotros sin nosotros, Dios sólo puede ser realidad en la historia encarnándose y sólo puede encarnarse través de nosotros. Si no nos prestamos a su encarnación no pasará nada. Dios estará cada vez más ausente, será cada vez más irreal, más ilusorio, y no son los razonamientos sobre la causa primera los que volverán a poner en la humanidad la nostalgia de Dios. Para que la humanidad vuelva a encontrar a Dios tenemos que crear al hombre en nosotros – el hombre que está delante de nosotros, convirtiéndonos en el espacio en que el Dios vivo pueda expresarse, y respirar, y que nosotros podamos unirnos a los demás en la justicia y el amor, pero en ese centro donde se sitúa su dignidad y la nuestra como en un depósito común que nos está confiado a todos y que es la vida del Dios vivo.

27. La Cruz durará mientras dure nuestro endurecimiento
La Cruz no debe durar siempre, pero durará mientras dure nuestro endurecimiento, durará mientras no seamos Presencia real, durará mientras Dios no se encuentre totalmente en nosotros, mientras nosotros no estemos todos reunidos en el punto único que nos saca de la duración y del espacio, el punto de eternidad que es ya y ahora la vida eterna, pues, justamente, la verdadera vida, la vida de la persona, no es del tiempo sideral sino de antes o después, cuando se trata de la vida de la persona.

28. No hay religión sin pasión por Dios
No hay verdadera religión si uno no está apasionado por Dios. Los santos son apasionados de Dios, y lo son justamente porque Dios los cogió por el fondo y que todo su ser es sólo un grito y un impulso hacia Dios. Se trata pues de encontrar en nosotros el terreno donde se enraíce una religión personal y de ver cuáles son nuestros gustos más profundos, cuáles son nuestras pasiones más nobles, más elevadas y duraderas, qué cosas nos encantan y nos entusiasman, pues evidentemente lo que nos entusiasma será el primer contacto con una religión personal. Ustedes saben además que la palabra entusiasmo quiere decir posesión por Dios. El que se entusiasma, el que se encanta, está en camino hacia grandes descubrimientos. A veces doy esta penitencia: haga lo que más le guste y ofrézcalo a Dios, precisamente porque lo que nos gusta lo hacemos con más entusiasmo, comprometiéndonos a fondo y más personalmente, y esa es la ofrenda más armoniosa y perfecta.

29. ¿Dios es aburridor?
Uno se aburre en las iglesias: yo me aburro, me aburro con tanta frecuencia, me aburro porque todo me parece gris, se repiten palabras, y se repiten sin cesar… Mientras para el místico Dios es candente, para el místico, lo mismo que para Pascal en la famosa noche de su conversión, Dios es un fuego inextinguible, en lo más íntimo de su corazón…, en nuestras parroquias, se tiene la impresión de que Dios es aburridor, es un deber, una especie de personaje lejano, terrible, emocionante a veces, pero aburridor la mayoría del tiempo.
¿De dónde viene que la vida cristiana, salida del Evangelio, palabra que significa Buena Nueva, es tan sin relieve, tan gris, tan ordinaria, y que la mayoría de los cristianos se parecen a todos los que no son cristianos, viven escrúpulos superficiales, lo mismo que los demás? ¿De dónde viene eso? ¿De dónde viene ese fracaso, ese aburrimiento?

30. Se aburre por no estar en una aventura
La ciencia es una aventura. Si leen un libro o una revista de ciencias de cierto nivel, a cada página lanzan gritos de admiración, a cada página hay algo nuevo, a cada página encuentran una dimensión desconocida del universo… El arte es una aventura… Y el alpinismo también es una aventura, y hay hombres, armados de coraje magnífico, que aman ese riesgo; se exponen, se arriesgan, porque quieren conocer a la vez la grandeza del peligro y el esplendor de la vida.
¿Y nosotros, qué hacemos? ¿Qué hacemos nosotros mientras esos miles de personas van a helarse durante horas asistiendo a una competencia deportiva? Fuera de la misa obligatoria de los domingos, las iglesias son tan difíciles de llenar porque allí uno se aburre, se aburre por no estar en una aventura, por no comprender que si el hombre crea la ciencia, y el arte, y el deporte, es que hay en él un valor infinitamente mayor que todas las creaciones en que se expresa – tan admirables por demás. Y es justamente la aventura, al final de la cual debe crearse a sí mismo, debe hacer de todo su ser una fuente, un origen, un espacio ilimitado, donde debe marcar la historia con su huella y cambiar su curso y elevar toda la humanidad, soliviar el universo, y realizar el gesto eterno de Dios, el gesto del amor que da.
¿Es que somos ciegos? Sí, es cierto. ¿No vemos pues que la cruz que brilla sobre las iglesias, la cruz que extiende sus brazos hacia nosotros, la cruz que es nuestra única esperanza, es que no vemos que la cruz mide con medida infinita la grandeza de nuestra vida? Pues, en fin, esa cruz quiere decir que Dios muere, que muere para conquistarnos, que hay en nosotros algo tan formidable que para hacerlo surgir se necesita nada menos que la muerte de Dios, nada menos que ponerse de Rodillas el Señor para el Lavatorio de los pies.

31. ¡El cielo es ahora!
Porque, en fin, como dice admirablemente el papa San Gregorio: “El cielo, el cielo es el alma, el alma del justo! ¡El cielo es el alma del justo!” ¡Ah! ¡No se trata pues de evadirse de la vida, no se trata de volver la espalda a la existencia, no se trata de pensar en más allá de la muerte!… ¡El cielo es ahora! ¡El cielo es aquí! Y dentro justamente tenemos una aventura infinitamente más apasionante que la conquista de una montaña, que la de ordenar un universo, más que la del arte que canta. Se trata de nosotros, de nosotros que debemos devenir algo tan precioso, tan grande, tan hermoso, que parezca en efecto que el cielo está dentro de nosotros y que a través de nuestro rostro se revela y se comunica la Presencia infinita de Dios. Pues finalmente, la aventura que tenemos que correr es nada menos que revelar a Dios, hacerlo entrar en la historia, inscribir su Presencia, su Presencia de luz y amor en todos los gestos de la vida.

32. Una aventura inmensa es la vida cristiana
Una aventura inmensa es la vida cristiana que compromete a Dios, pues Dios no tiene otra manera de entrar en la historia sino por nosotros. ¿Cómo quieren que Dios aparezca, que Dios sea realidad de la vida, que sea Presencia que se impone a todos, alegremente, como la Presencia más real, que vivifica todas las demás, si no somos capaces de transmitir y de vivir esa Presencia? Hoy tenemos pues que volver a aprender a descubrir a Dios como Alguien, no como programa o tarea, no como ley, no como obligación, sino como la respiración misma de la vida, como el secreto que aparece en la mirada del pequeñito, y se percibe en su respiración mientras duerme, y que permite a veces a los padres sentir a Dios en el pequeño ser que ha sido confiado a su amor.

33. Dios muere si no lo amamos
¿Qué significa la Cruz sino que Dios muere si no lo acogemos? Dios muere si no lo amamos. Pues siendo todo amor, Dios solo puede fijarse en nosotros por Amor, sólo podemos recibirlo por medio del Amor. Y sin amor ya no tenemos punto de contacto con Él, ya no tenemos modo de conocerlo e inmediatamente, al mismo tiempo que nos hacemos esclavos, Él se convierte para nosotros en un ídolo incomprensible e inasimilable.
El Bien es Alguien a quien amar. Cuando poseemos, matamos lo que poseemos, nos privamos de ello, limitamos la vida, la hacemos absurda, cesamos de ser creadores, fuente y origen. Renunciamos a ser persona, renunciamos a ser alguien para convertirnos en algo. Pero si el bien es Alguien a quien amar, ese Alguien nos es confiado, ese Alguien solo tiene contacto con nosotros por su Amor, y si lo rechazamos, solo puede morir por nosotros, morir de amor por aquellos que rehúsan amarlo. Ese es todo el sentido de la Cruz y la medida de nuestra grandeza y de nuestra libertad.

34. A cada segundo nacer de nuevo
La moral evangélica, que es exigencia nupcial, que nos introduce a un matrimonio místico con Dios que es todo Amor, la moral evangélica supone de parte nuestra una conversión permanente. Es imposible permanecer en la luz, imposible ser fiel a todo, imposible no ser esclavo de nada, imposible ser espacio de libertad en todo, si no nos volvemos continuamente hacia el rostro impreso en nuestros corazones, el rostro del Dios vivo. A cada segundo es necesario nacer de nuevo, a cada segundo volver a comenzar, liberarnos de nosotros mismos a cada segundo, proteger de nosotros mismos la fragilidad divina…

35. A cada instante una nueva conversión
La moral evangélica nos pone ante un Corazón. Nos pone ante Alguien que nos está confiado, que quiere vivir en nosotros, que solo puede revelarse a través de nosotros, que tiene absolutamente necesidad de nosotros para ser Presencia real en la Historia. Y por eso, una vez más, la moral evangélica supone, a cada instante, un nuevo nacimiento, a cada instante un nuevo volverse hacia Dios, a cada instante una nueva conversión. Es lo que constituye toda su belleza y toda su grandeza. Es siempre nueva. Como es fuente de novedad, no es ni puede ser jamás ley, obligación, prohibición. Es siempre ese rostro amado, ese rostro frágil, ese rostro inefable que nos llama, que quiere transparentar a través de nuestro rostro y comunicarse a los demás a través de nuestra generosidad.

36. Dios, Alguien que sufre, Alguien que muere
La fragilidad de un Dios desarmado que no puede sino amar ¡y al que todo rechazo de amar lo arroja a la Cruz!… ¡Y precisamente porque el bien es Alguien a quien amar, el mal es también Alguien que sufre, Alguien que muere! Por eso en la moral evangélica hay un fermento permanente de generosidad. ¿Cómo podría yo limitar el espacio, cómo podría yo hacerme esclavo de mí mismo, cómo encerrar algo, cualquier cosa, en mis límites si Dios es el que paga finalmente, si Dios es la víctima, si Dios es crucificado, si es Dios el que muere?
Y es verdad, Dios muere. Basta con que nos repleguemos sobre nosotros mismos para que la luz deje de circular, para que resurjan nuestros antagonismos, para que todas las oposiciones aparezcan, y se enciendan todos los conflictos, y todas las guerras estallen, y exploten todos los odios. Y ¿cómo encontrar a Dios en todos los conflictos, cómo encontrarlo en medio del odio, cómo hallarlo en los masacres, cómo encontrar a Dios en la oposición y el fanatismo?

37. ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana!
Un sacerdote al que vi una sola vez en mi vida, vino a mi pieza un día en Neuilly y me dijo: Por favor, dígame algo, algo que pueda llevar en mi viaje. Yo le dije: ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana! Y él se fue, de prisa, a coger su tren. Ya murió, y me emociona pensar que el único lazo entre nosotros fue esa frase: ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana!
En efecto, es imposible concebir una religión viva si Dios no es para nosotros nuevo cada mañana. Nos cansamos de lo que ya hemos visto, sentimos constantemente la necesidad de novedad. Y un amor que no descubre cada día en el rostro amado un rasgo que aun no había percibido está condenado a morir pronto.
La vida espiritual es un descubrimiento inagotable y, para que Dios sea objeto de amor apasionado, es indispensable que sea para nosotros cada día un nuevo descubrimiento. Estamos acostumbrados a hablar de Dios con palabras de catecismo, y nos parece estar en un circuito cerrado. En realidad, las palabras del catecismo, bien entendidas, son palabras sacramentos, son palabras abiertas, son palabras que nos invitan a entrar en una aventura inagotable y maravillosa.

38. Lo esencial es maravillarse
Para nosotros, para cada uno, lo esencial no es tanto seguir tal o cual proceso conocido, sino mucho más, darnos cada día la posibilidad de maravillarnos. Si cada día durante cinco a diez minutos respiramos el silencio en que encuentra su origen nuestra vida, si cada día Dios se nos presenta bajo rasgos absolutamente nuevos, si, como dice un gran poeta, cada día somos promovidos a la dignidad de admiradores, entonces Dios ya no tendrá para nosotros ese rostro conocido que nos cansa y nos aburre.
Como cada uno es diferente, como cada uno es irremplazable y único, como Dios no se repite jamás al crear un alma sino que, justamente, le da, le confía un rayo de su propia luz y la llama a expresar su belleza en su propio lenguaje que es único, a fin de que todas las almas juntas constituyan una inmensa sinfonía en que no cesa jamás de cantarse la belleza de Dios.
También para nosotros la santidad, es decir la plenitud de adhesión que hace de la vida divina, como decía san Agustín, la vida de nuestra vida, para nosotros también, la santidad debe amoldarse al interior de ese impulso, de esa atracción que constituye nuestro gusto esencial, nuestra pasión dominante, y a través de la cual alcanzamos nuestro entusiasmo más total y profundo. Es, pues, necesario que cada uno, saliendo de los caminos trillados, no se sienta atado a fórmulas ni piense que para orar por la mañana o por la noche sea necesario decir cualquier cosa. Lo esencial es recogerse. Lo esencial es escuchar. Lo esencial es maravillarse. Porque cuando nos maravillamos, cuando admiramos, salimos necesariamente de nosotros, quedamos suspendidos de la belleza de Dios, gozamos de su Presencia, nos perdemos en su amor.

39. Para un edificio más alto, fundaciones más profundas
Para un edificio más alto, las fundaciones han de ser más profundas.
La plenitud de la caridad supone la plenitud de la humildad. La una está en lo alto, la otra en lo profundo.
El único Altísimo, Jesucristo, se puso de rodilla para lavar los pies de Judas. Conocía el precio de un alma.
Y nosotros, en la medida de nuestra unión con Jesús, hemos de salvar el mundo e iluminar a todo hombre que viene a este mundo. Y no tendremos más éxito que él con meras palabras. Tenemos que dar la vida…
Se habla mucho de sobrenatural, pero lo sobrenatural es un escándalo para todos los que no lo han encontrado vivo en el ser que pretende convencerlos.
“Muéstranos al Padre, y eso nos basta” (Jn.14:8). Eso es lo que se necesita y sin eso el mundo perecerá. Si lo sobrenatural no es lo real para nosotros, ¿cómo lo será para quienes nunca han oído hablar de ello?
Y ¿qué es lo sobrenatural sino el misterio de la vida divina convertido en el misterio de nuestra vida? Y ¿cómo ponerlo al alcance de los demás sino tratándolos como a quienes tienen derecho a esa vida, con el respeto indecible que preside a todas nuestras relaciones con Dios?
No un respeto convencional, revestido de fórmulas y compuesto de actitudes sino un respeto que es propiamente un acto de fe, un acto de caridad para con todos y a propósito de todo.

40. Lo más pequeño y oculto hace parte de nuestro apostolado
No se trata de saber lo que recibimos de los demás y de la atención que nos otorgan, sino de saber cómo salvarlos, qué hacer para que ninguno de los valores que tienen se pierda y para que sean Santos.
Entonces veremos más claramente el deber que tenemos de santificarnos, y que para dar testimonio de Jesús en los encuentros con los hermanos, él tiene que ser continuamente la clave suprema de nuestro pensar, actuar y amar.
Lo más pequeño y oculto hace parte de nuestro apostolado. Y si nunca estamos fuera de la Presencia de Dios, tampoco estamos nunca fuera de la presencia de los hermanos.
Pues aunque no nos vean, nosotros ganamos su vida – su vida eterna – lo mismo que un Padre jamás deja a los suyos sino para ganar su pan, sin cesar de llevarlos en el corazón.
Y nosotros hemos de trabajar para ganar el alimento imperecedero del mundo, el Pan vivo bajado del Cielo, pues Él nos dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra. Y la luz del mundo.” (Mt. 5,13-14)
El único temor que podemos tener en adelante es el de haber estado en presencia de un Alma si haberle dado la vida.
Y como nada se pierde respecto del Amor, nos faltará ofrecer a Dios, con un corazón de niño, la humillación de haber sido servidores inútiles, redoblando de celo en el cumplimiento de nuestros deberes, para que nuestros actos sean Palabras en el Verbo y expresen humildemente nuestra alegría de amarlo.

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